Los cines de la calle Fuencarral

La calle Fuencarral cerrará sus cines. A todos nos ha de tocar en algún momento ver caer algún símbolo, alguna referencia fundacional, algún mito. Con la caída de los cines de barrio termina una época de —pongamos— setenta años, setenta años no es nada pero ver la bofetada de Gilda a veinticuatro fotogramas por segundo lo significó todo para una generación. Eso ha terminado. Ha terminado el cine como expresión artística para dejar paso al cine no ya como negocio o industria, sino como producto de consumo; lo vimos llegar poco a poco con las salas multicines, esos espacios monstruosos donde nada parece real, ni siquiera la película. Hacer cosas que resulten cada vez más increíbles y al tiempo más verosímiles parece el leitmotiv del hombre: mira, le salen alas al vampiro, pero está tan bien hecho que parece real. Lo que luego haga el vampiro con las alas o la razón por la que le crecieron es lo de menos, lo importante es que aquello que no es real lo parezca. Otra vez Baudrillard.

Los cines de la calle Fuencarral representaban la imbricación de la cultura en la vida cotidiana, uno podía salir del instituto (cuando tenía horario de tarde) y pasear por el barrio para ver pisar la alfombra roja a alguna celebrity. O simplemente salir del cine y estar en el centro, caminar mientras la película se reposaba y se pensaba, paladear esa deliciosa diferencia entre ficción y realidad; ahora, cuando uno sale del cine, no sabe muy bien si ha terminado la película o si acaba de empezar, todo es artificio. Sartre se equivocó en su diagnóstico: el infierno no son los otros, el infierno es un centro comercial.

Sustituirán el Roxy B por un centro comercial. Yo no sé si es peor tener un cine vacío o tener un montón de tiendas donde nadie compra porque nadie tiene dinero para comprar. Impulsar el consumo particular mediante políticas erráticas es la medicina para este enfermo. La crisis no es tal, la crisis es una metástasis del sistema que devora todo lo que encuentra a su paso, un monstruo que nadie se atreve a derribar.

Resulta curioso contrastar las austeras políticas recetadas desde Alemania mientras vemos nacer casinos en páramos y centros comerciales en edificios abandonados; esa parece ser la apuesta: más madera para alimentar el incendio. Que el modelo de cines de barrio y economía local haya dado en vía muerta no parece revolver a nadie de su silla. No es el modo en el que gastamos nuestro dinero, es el propio dinero el que agoniza, el dinero fiduciario, el acuerdo tácito y de buen rollo entre el Estado y el ciudadano. Ya no nos fiamos del papelito y la firma del BCE no es suficiente garantía. Con la caída de los cines de barrio (primero los Renoir, ahora estos de la egregia calle Fuencarral) caen todos los sueños imposibles de imaginarnos durante unas horas que somos otros o que espiamos la vida de los otros. Avanzamos a pasos agigantados a una estandarización, a una normalización del mundo que nos hará a todos igual de bobos.

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