Déjeme intentarlo

La carrera de Rodrigo Rato es un asunto que se acabará estudiando en las facultades de sociología para comprender el funcionamiento del poder. Hay muchas formas de posicionarse frente al éxito, dicen que en Estados Unidos los deportistas de élite empiezan a acudir a clases de economía para que no sucumban a la bancarrota una vez que terminan su carrera deportiva, de igual forma en España vamos a tener que impartir clases de ética para políticos a ver si aprenden a manejarse fuera del ámbito público.

Lo de Rodrigo Rato con el erario público recuerda que la honorabilidad no es un eslogan, no basta con repetirlo incansablemente, además hay que practicarlo. El fraude fiscal, tan de moda, se está convirtiendo en el octavo pecado capital, una especie de traición para con el resto de tipos vulgares que no defraudamos porque no tenemos la oportunidad de hacerlo. Ese es el mensaje que se escucha en sordina cada vez que un nuevo caso de corrupción o de delito fiscal aparece en la prensa. Bien: los demás no tenemos oportunidad de pecar y por eso no pecamos. El fraude fiscal es como el caviar de Beluga: a todos nos gusta pero solo unos pocos se lo pueden permitir.

No sé muy bien de dónde viene el prestigio de Rodrigo Rato. Bajo su mandato en lo económico diseñó el déficit de tarifa del sector eléctrico, una broma que todavía hoy (casi veinte años después) alcanza la escalofriante cifra de 20.000 millones de euros en negativo para el Estado. Su paso por el FMI tampoco destaca por el virtuosismo financiero, más bien al contrario, su gestión fue criticada duramente años después; en cuanto a Bankia, esa fiesta de la Bolsa con campanada y sonrisa ladina, la cosa es muy reciente y no necesita mas comentarios. Todas las incomprensibles alabanzas que recibió Rato en su día me llevan a pensar que en realidad nadie ha juzgado nunca a Rato por su trabajo, sino por ser quien es. Rodrigo Rato nunca hizo nada por llegar allí donde llegó, apenas nacer en el lugar adecuado. Su bisabuelo fue abogado, ministro, diputado y alcalde de Madrid; su madre y su padre poderosos empresarios asturianos. Con un linaje así ¿quién necesita demostrar su valía? Rodrigo Rato está por encima del bien y del mal y haya defraudado a hacienda o no, su prestigio no corre ningún peligro, su prestigio es un asunto sanguíneo que no se puede demostrar pero tampoco se puede rebatir. Una cuestión de fe.

Nos tratan de convencer de la corruptibilidad del hombre, de su falta de principios y de que todo es únicamente una cuestión circunstancial, esto es, todos haríamos lo mismo si tuviéramos la oportunidad de hacerlo. Tal estrategia solo puede responder a un principio o una amenaza: no te mezcles con el poder porque te acabará corrompiendo. Pareciera que solo alejado del poder uno puede ser honesto, leal, sublime. O sea que el poder debe ser detentado únicamente por aquellos que nacieron en la familia adecuada. Dan ganas de contestar: déjeme intentarlo, déjeme llegar ahí arriba sólo para darme el gusto de decir que no.