Último round

La historia es eso que sucede mientras pensamos en lo que nuestros nietos dirán de nosotros. Lo que sucede es siempre otra cosa, y nuestros nietos no recogerán el legado afanado y pomposo que tratamos de dejar, recogerán algún detalle anecdótico. Por ejemplo, cómo nos atábamos los zapatos.

Nos esforzamos por dar la talla frente a la posteridad para que luego la historia nos borre con su apabullante verdad todas nuestras expectativas, a cuál más esperanzadora. Correr tras la siguiente expectativa parece ser el motor deontológico que ha de mover nuestra biografía.

Después de una copiosa comida hago sobremesa con un par de amigos. Hablamos de la crisis, hablamos de este país. Los tres estamos de acuerdo en algo: la cosa está muy jodida; también estamos de acuerdo en un hecho inquietante: ¿en qué se concretarán tantos titulares apocalípticos? ¿Realmente debemos preocuparnos por la prima de riesgo? ¿Acabaremos todos pidiendo en la calle? Parece que la indiferencia está descartada, nadie puede hacer como si no escuchara. El ruido es ensordecedor. Me atrevo a buscar consuelo en el pasado: ¿Y la crisis de los ochenta? ¿Y la crisis de los noventa?; si salimos de aquellas ¿por qué ahora va a ser distinto? Mi moraleja es la siguiente: ahora somos más conscientes de la crisis porque tenemos algún conocido o algún familiar en paro, porque somos mayores y estamos en el límite de las prerrogativas: ya es demasiado tarde para empezar de cero, ya hemos empezado de cero demasiadas veces y, como dice Rafael Reig, solo podemos descartarnos una vez y tiene que ser antes de los cuarenta, ahora debemos aprender a jugar sin cartas. Mi amigo H afina más aún: sí, hubo crisis tremendas, la de los años treinta terminó con una guerra mundial, pero no se trata de eso, de lo que se trata, de lo que estamos hablando aquí, es de nuestra crisis: esta es nuestra crisis. Mi amiga C pone el corolario haciendo un guiño a mi colaboración en este periódico: nuestro último round. Exacto, este es nuestro último round.

Esperamos que los grandes momentos sean decisivos y vengan anunciados con fanfarria, pero ya nos contó Hipólito G Navarro, en uno de sus enormes relatos, que las desgracias y los grandes momentos se presentan sin signos que los anuncien. Así que hemos llegado a nuestro gran momento y no sentimos nada especial, no sabemos qué es esto de la crisis porque tenemos el listón de la historia por las nubes, tenemos el listón de las expectativas demasiado alto, y nos desconcierta que en realidad, no pase nada.

Es posible que después de todo volvamos a creer en el milagro del ladrillo, y que esto que llamamos crisis se desvanezca como el puro denso de un habano. En ese caso no habremos aprendido nada. Dudo que estemos capacitados para aprender algo radicalmente nuevo, así que como Sísifo, estamos condenados a repetir las mismas ceremonias ad infinitum.

La historia es el consuelo y la coartada para un mundo en el que no podemos oponer ninguna resistencia: todo se sucede sin nuestro consentimiento; todo es hermético. En realidad hablamos de esta crisis como si le estuviera sucediendo a otro, de ahí que personalizarla (esta es nuestra crisis) nos ayude al menos a ubicar el desconcierto, a ponerle nombre al adversario, a invitar al contrincante a un último round.

Porque de eso se trata, de saber quién es nuestro enemigo. Todas las generaciones han tenido un enemigo claro o un conflicto concreto; nosotros no, a nosotros se nos ha entregado el paraíso del estado del bienestar pero no nos han preguntado si estamos dispuestos a pagar su precio, no nos han dicho cuánto cuesta. Nuestro enemigo está elidido, ya no sabemos contra quién dirigir los golpes, así que echarle la culpa “al sistema” termina resultando engañoso: ¿qué o quién es el sistema? ¿Podemos luchar contra la crisis de deuda soberana? ¿Contra los mercados?

Estamos en guardia sin saber por dónde nos llegarán los golpes; no importa, aceptamos el reto, plantaremos batalla aún sabiendo que la pelea es desigual o que está amañada.

Existe en la mitología urbana un episodio fabuloso: la historia de un boxeador que no ganó jamás una pelea, pero nunca besó la lona.

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Teatro, lo tuyo es puro teatro

He oído en la radio una ponderación desmesurada acerca del teatro y su utilidad para el ciudadano. El comentario en cuestión ha sido más o menos así: “el teatro es imprescindible para la ciudadanía”. Creo que la persona que lo ha dicho es Ángeles González Sinde. Antes de continuar quiero dejar claro mi posicionamiento en cuanto a la ley sinde: estoy a favor, así, sin ambages, sin que se me caiga la careta. También tengo que decir que me parece sonrojante que ―por poner un ejemplo― Alejandro Sanz publicite el derecho de cualquier autor a recibir dinero por su obra; son otros los que deberían aparecer ahí, son los autores que no pueden vivir de lo que hacen a los que hay que defender. Por eso estoy a favor de la ley sinde. Volvamos a la necesidad del teatro.

Santo Tomás nos habló con paciencia de lo contingente y lo necesario; Dios es necesario y el hombre contingente. Así hemos venido funcionando durante setecientos años, pero el siglo XXI nos está acercando peligrosamente al abismo de la contingencia absoluta, y estamos empezando a sospechar que si la Tierra no girara obstinadamente alrededor del Sol, tampoco pasaría nada. Visto todo desde ciento cuarenta millones de kilómetros, parece menos importante. No pequemos de vehementes, no nos alejemos tanto.

Creo que la pregunta inmediata cuando alcanzamos la categoría de “imprescindible” es ¿para qué? Entiendo que González Sinde (o quien lo haya dicho) a lo que se refería es a que el teatro nos hace mejores personas. La frase completa sería así: “el teatro es imprescindible porque nos hace mejores ciudadanos”. Imagino que cualquier apasionado de lo que sea puede pensar de igual modo. Pongamos ejemplos: “la petanca nos hace mejores personas” o “el pilates nos hace mejores personas”. Pero nadie se atreve a hacer aseveraciones como las anteriores, de la misma manera que nadie se atreve a decir “voy al teatro porque me sienta bien”; y sin embargo esa es la única verdad. Leemos libros, vemos películas, vemos obras de teatro, acudimos a exposiciones y escuchamos música, porque nos gusta hacerlo y nos reconforta; de la misma manera que a otros les gusta jugar al póker o hacer yoga.

Hay un aroma de gran perfume en todo lo que está relacionado con la cultura, y un aroma de colonia barata en todo lo que se circunscribe al (digamos) ocio menor, sin embargo ambas opciones se encuadran dentro del mismo ámbito: la industria del entretenimiento. Para pasar la tarde podemos elegir la Xbox o el último libro de Javier Marías. Las interpretaciones que vengan a raíz de una u otra opción son solo eso: interpretaciones. El hecho es inamovible.

Hacernos creer que algo es imprescindible es el primer paso para obligarnos a aceptarlo. Todos lo estáis pensando, yo lo voy a decir: imprescindible es el agua, el oxígeno, la comida y el abrigo. Todo lo demás es prescindible. Hacernos creer que algo es imprescindible es la misma treta que utiliza el comercial de enciclopedias. Pero ¿cómo no tiene usted en su salón la Larousse? La Larousse le hará mejor persona, así sabrá quién mató a Kennedy.

La ex ministra Sinde trata de vendernos el teatro. Empezamos a comprender la verdadera naturaleza de un verdadero ministro: el comercio, son comerciales de una empresa llamada estado. También nos intentan vender la inevitabilidad de los recortes. Todo es inevitable en el mundo de los accesorios imprescindibles.

La cultura ha sido, hasta la segunda mitad del siglo XX, un bien exclusivo, incluso me atrevería a decir que la cultura escapaba a la noción de bien de consumo; se trataba de algo realmente secreto, realmente misterioso y realmente revelador. Hoy disponemos de muchos bienes que nos marcan con el aroma de la exclusividad, por ejemplo, Porsche, por ejemplo, Armani.

Quizá la ex ministra quería decir algo mucho más mundano, algo más humilde, algo como, por ejemplo, que el teatro nos hace llorar y nos hace sentirnos vivos, algo contra lo que ninguna Xbox ni ningún Porsche podrán nunca competir.

Narciso

Entre escribir y publicar media la misma distancia que entre hablar de política y hacer política. A todos nos gusta escribir y a todos nos gusta hablar de política en el bar, pero dar la cara es otra cosa. Desde la barrera todos somos José Tomás, en el ruedo saldríamos corriendo para mezclarnos de nuevo con la multitud.

Tengo un amigo que siempre apunta al narcisismo como motor inicial de toda acción que consista en exponerse ante el resto. Estoy totalmente de acuerdo con él. Para darse a conocer primero hay que gustarse.

Hay un gran componente de egocentrismo en todas las caras públicas, sean escritores, políticos o futbolistas. En el mundo del deporte este hecho se traduce en la diferencia que hay entre jugar y competir. Un profesional no juega, compite. Nunca gana el mejor; gana el que mejor sabe competir. El genio es aquel que compitiendo es capaz de enmascarar la competición y darnos el juego: Messi, Cortázar, Havel.

Hablamos mucho pero no nos gustamos, o no nos gustamos lo suficiente como para figurar. El mundo está dirigido por narcisos para los que su espejito es siempre más importante que el cristal de lo ajeno.

Conviene recordar lo que Ovidio nos contó en su metamorfosis: vivirá hasta viejo si no se contempla a sí mismo. De esta forma estigmatizó Tiresias al niño Narciso. La profecía no pudo cumplirse; después de una jornada de caza y distracción, el maravilloso adolescente se inclinó sobre un río para beber agua y, al contemplar su propio rostro, quedó prendado de su belleza. El final todo el mundo lo conoce.

Sabemos que mirarse en exceso puede provocar daños en la salud mental, y que además, de tanto mirarnos, se nos puede escapar eso que sucede en los aledaños de nuestro cuerpo: la vida.

Síndrome de Diógenes

En la relación que tenemos con los objetos está cifrado el secreto del mundo; Cortázar escribió un micro relato sublime explicando que cuando nos regalan un reloj nos condenan a darle cuerda de por vida, a limpiarlo, a cuidarlo, a mantenerlo, a mirar constantemente la hora; al final resulta que nosotros somos el regalo del reloj y no al revés.

Hay, en la obsesión del coleccionista, un principio totalizador, un hambre de abarcarlo todo; pero hay también una carencia, un agujero por donde se desangra la herida del mundo. Ya no sabemos si las cosas nos sirven o les servimos nosotros a ellas.

Con el dinero sucede lo mismo. Alguien debe tenerlo todo, alguien debe hacerse cargo, si no lo hago yo, ¿quién lo hará?

El yin y el yang

Existen dos únicos puntos de partida para interpretar al hombre: verlo como un lobo o verlo como un ángel, desconfiar o confiar en él. Digamos que hay dos polos; uno representado por Hobbes y otro por Rousseau. El primero establece la condición perversa y falsaria del hombre, el segundo pondera la bondad como impronta del ser humano. Para el primero somos malos, para el segundo, buenos.
Esta visión de la condición humana va a determinar irreversiblemente el posicionamiento político. Si creo en el hombre, manga ancha, libertad absoluta, condescendencia. Si no creo, vigilancia, recelo, cadenas.
Cuando el hombre es bueno por naturaleza debemos despreocuparnos de su respuesta, siempre será positiva; cuando el hombre es un lobo para el hombre debemos estar siempre vigilantes, debemos esperar siempre lo peor.
Adoptar una postura u otra supone construir en función de ella un sistema que nos devolverá en resultados la veracidad del experimento. Veamos:
Tengo un amigo que siempre pone el mismo ejemplo: durante un viaje que realizó por Europa, comprobó con estupor cómo algunas gasolineras tenían un pequeño contenedor con un paquete de periódicos, y junto a él, una hucha para dejar un euro al retirar un ejemplar. El contenedor no tenía ningún sistema que garantizara que aquel que se llevaba un periódico depositaba el correspondiente euro. No se trataba de una donación, era el PRECIO del periódico. Después de explicarme esto me dice que aquí en España eso no puede funcionar. La gente ―dice― se llevaría el periódico gratis, incluso la hucha, de paso.
Pensar de esta manera supone estigmatizar casi cualquier iniciativa, porque de entrada no creemos en su viabilidad.
¿Qué diferencia hay entre Europa y España? ¿Por qué los españoles siempre nos hemos sentido acomplejados ante la urbanidad ejemplar de los europeos? ¿Es realmente ejemplar la urbanidad del resto de Europa?
Empiezo a pensar que arrastramos una leyenda negra desde los siglos XVI y XVII, fruto de la envidia ajena, pero fruto también de la propia ambición. Todo imperio nace con el signo que acabará dinamitándolo (que los norteamericanos tomen nota, serán los españoles del siglo XXV). Fuimos grandes y ahora somos cerdos. En cualquier caso resulta muy sintomático que dos de los pilares de la narrativa en español sean un pícaro y un loco (Lazarillo y Quijote). Teniendo estos dos modelos universales, no es de extrañar que, a ojos del mundo, el español sea un tipo básicamente soñador o básicamente maleducado. Pero volvamos al yin y el yang de la condición humana.
Suponer que mi semejante tratará siempre de poner sus intereses por delante de los intereses comunes, nos lleva a fabricar un sistema que garantice la seguridad del grupo frente a la seguridad del individuo; de esta forma, el otro siempre es el culpable del desmoronamiento del sueño, el sueño no podemos llevarlo a cabo porque antes de intentarlo contamos con que alguien lo derribará, alguien se llevará el periódico sin pagar el euro. Para evitar esto hay que cercenar la oportunidad, hay que disuadir a ese alguien antes incluso de que pueda pensar en el acto deshonesto: hay que vigilar. Hay que crear el mecanismo de defensa antes de que surja la amenaza.
Hemos heredado un mundo plagado de ceremonias incomprensibles y premisas caducas, quizá debamos reconsiderar al otro y tratarlo bajo el prisma de nuestra propia piel, es decir que, antes de acusar al posible infractor sería conveniente preguntarnos qué haríamos en su lugar. ¿Tú te llevarías el periódico sin pagar?

Investidura

Empiezo a dejarme llevar por el resbaladizo terreno de la ambigüedad política; empieza a traerme sin cuidado la izquierda y la derecha. Tengo un problema: me gusta Rajoy. El problema no consiste en que me guste el líder de los populares; también me gustaba Zapatero, ahí está el problema. En contra del sentir común, siento simpatía o una especie de piedad hacia todos los presidentes que he ido viendo desfilar por nuestra democracia. A todos parece asistirles un aplomo que está más cerca del fatalismo que de la determinación, es decir, todos parecen ser presidentes a su pesar, como si en realidad no quisieran serlo.

Todo el mundo entiende que aquel que se presenta a unas elecciones generales lo hace por voluntad propia. Yo sostengo lo contrario: lo hace porque se ve obligado a ello, porque su biografía le empujó al final a ese callejón sin salida, a ese ―digámoslo ya― último round.

No sé hasta qué punto Mariano Rajoy ha pensado en la responsabilidad que supone dirigir una nación; creo que ningún presidente es consciente de ello, creo además que cualquier persona normal renunciaría a la posibilidad siquiera de presentarse como candidato. Los políticos son los mártires laicos de esta nave a la deriva que llamamos historia.

Un político profesional es aquel que nació y creció al margen de la realidad mayoritaria, está, por lo tanto, incapacitado para comprender qué es lo que le conviene al común de los mortales. Pero sabe hacer como si lo supiera.

Bajo mi razonamiento, un presidente electo es una persona que no desea ser la responsable, pero decide interpretar el papel y aceptar su destino. Aquí es a donde quería llegar. Todo presidente cumple su destino mediante la votación de la mayoría, pero la elección no es la voz del pueblo, la elección es el trámite necesario para que el político alcance su destino.

Todos los presidentes que hemos tenido carecían de un rostro humano, en el mapa íntimo de sus arrugas hemos podido atisbar los signos de la indiferencia, como si se dijeran a ellos mismos: así que esto es ser presidente de un gobierno. Yo no veo cansancio, yo veo un aburrimiento cósmico en la trasformación de sus cuerpos.

Alguien que no sabe lo que es no llegar a fin de mes, no tener plaza en una guardería pública, ganar mil euros y pagar una hipoteca de setecientos, quedarse en el paro, quedarse sin el paro, notar, en definitiva, que se es parte activa del conglomerado genérico que llamamos sociedad, alguien ―digo― que no sabe nada de todo esto, difícilmente podrá entender las necesidades de la mayoría y cómo afrontarlas. Hasta el momento, la política pertenece a una élite que vive al margen: se educan en los colegios más caros, se codean con la casta adinerada, se conocen entre ellos e ignoran por completo a los que, en la base de la pirámide, sostenemos todo el sistema. No critico la existencia de esta clase alta, a mi me parece muy bien que haya de todo en la viña del señor y que cada cual haga lo que crea conveniente con su dinero, lo que trato de postular aquí es que un presidente elegido por la mayoría debería ser, desde su nacimiento, lo más parecido a sus votantes.

Del desajuste entre los presidentes y los votantes nace la piedad, alguien miró también al cielo y espetó: perdónales señor, no saben lo que hacen. De igual forma todos los grandes líderes parece que actuaran bajo el efecto del narcótico del poder, ninguno se inmuta ante la crisis salvaje o ante la impasible terquedad de la mayoría, ninguno sabe lo que hace, pero todos parecen asumir su cruz con seriedad, con forzada entereza.

La responsabilidad no es ―no debería ser― una carga, la responsabilidad consiste en responder con habilidad; la abnegación, el sacrificio, la terca severidad, no tienen nada que ver con esa virtud. Nunca he visto que un político, en lo que llevamos de democracia, tratara de responder con habilidad; más bien siempre tratan de responder de la manera esperada, es decir que, antes de que digan algo, ya sabemos qué van a decir. Así que vistos así, como marionetas de su propio destino, no puedo dejar de sentir algo parecido a la pena cuando observo investiduras y juramentos.