Póker

Nos hemos apuntado demasiadas veces al apocalipsis como para retirarnos ahora que la prima de riesgo, el IBEX, Draghi y el mundo, le dan un respiro a los precipicios y las quiebras. Vivimos en un Planeta en el que todo depende de las declaraciones de según qué personaje, esas son las leyes del mercado; vamos comprendiendo qué es eso de la crisis de confianza.

El dinero fiduciario consiste en valorar la palabra de un tipo poderoso por encima de cualquier cosa material, cualquier cosa como por ejemplo el oro. El dinero fiduciario le da un poder inmenso al Estado, pero también, atención, a los que pagamos. Draghi puede decirnos encorbatado, solemne y preciso, que todo está bajo control, pero si no le creemos su parlamento no sirve de nada. De momento parece que le creemos y la cosa funciona, hasta que algo altere la euforia, algo como la noticia de un nuevo agujero.

Llevamos muchos meses apostando por el apocalipsis como para retirarnos ahora; un gran jugador de póker debe apostar contra la jugada de sus adversarios y no a favor de la suya. Mi apuesta es la siguiente: perderá Draghi, el BCE, la prima de riesgo y el sursum corda. Ganaremos tú y yo.

Cuando uno apuesta y pierde siente que todo esfuerzo estaba prostituido o pervertido o edulcorado desde el principio, lo explica muy bien Luisgé Martín (si no lo has hecho, léete ya “La mujer de sombra”, su última novela) aquí, pero además, cuando uno apuesta fuerte está negando todas las demás posibilidades, está impugnando, mediante su elección, las decisiones contrarias.

Apostar por el apocalipsis debería ser una forma de vida o una forma de tratar de quedarse uno solo; en ese tratar de quedarse uno solo quedan explicadas muchas posturas: quedarse solo, reivindicarse frente a la mayoría, optar por lo distinto. Al final no queremos que el mundo salte por los aires, queremos señalarnos, queremos jugar con elegancia la última mano del póker siniestro de la vida.

Apuntes para un proyecto de novela (2. El hombre sin rostro)

Cuando pienso en el protagonista de mi novela imagino siempre un hombre sin rostro. Dicen que la cara es el espejo del alma, mi personaje es un hombre que carece de alma; quizá de esa primera impresión se alimenta la imagen: un hombre sin alma, esto es, un hombre que carece de movimiento, de voluntad, de energía, de rostro. Etimológicamente la palabra alma (del latín anima) designa la cualidad de ciertos seres vivos para moverse por sí solos. Mi personaje no tiene capacidad para moverse por sí solo, responde al arquetipo de héroe negativo, que no es capaz de tomar decisiones, que sucumbe a sus circunstancias y está incapacitado para la lucha. Mi personaje es trágico, quiero decir con esto que conoce su destino y sabe que es inevitable, lo acepta y su única forma de rebelión consiste en negar todo esfuerzo, su única forma de rebelión es el cinismo. Frente a un mundo a todas luces injusto, incomprensible, carente de sentido, mi personaje elige la no acción, pero no se trata de una elección libre, se trata de una imposición. La tragedia debe ser siempre inevitable para hacerla demoledora, para que pueda oponer frente al mundo una lógica distinta: la lógica de lo incomprensible. Morir en un accidente de tráfico resulta grotesco por evitable, morir por un cáncer es de una incontestable solemnidad.

En realidad la imagen del hombre sin rostro no ha estado siempre ahí, quiero decir que, primero escribo y luego le voy poniendo imágenes (o no) a lo que escribo. El hecho de que no tenga rostro me permite una trampa: ponerle cualquier cara cuando me acerco a él. Acercarse a un hombre sin rostro es como asomarse a un escaparate donde podemos ver el contenido de la tienda o nuestra imagen reflejada en el cristal, lo cual me lleva a pensar que, si mirando al hombre sin rostro puedo verme a mí mismo, mi protagonista es de algún modo todo lo que yo soy o todo lo que yo he sido alguna vez o todo lo que nunca he podido ser. La ficción pura no existe, nunca ha existido.

El hombre sin rostro responde también a un problema de técnica: el lenguaje debe iluminar lo que la imaginación poco a poco va construyendo, la limitación del lenguaje es su mayor potencial. Esto significa lo siguiente: leer es ir levantando el edificio que en el libro está sólo proyectado, como una partitura o como un plano de un arquitecto; el libro es la idea, el libro es el proyecto, la obra sólo está terminada cuando alguien la construye en su cabeza. De la misma manera que la quinta sinfonía de Beethoven sólo tiene sentido cuando alguien la interpreta o cuando alguien la escucha, de la misma manera que la Sagrada familia sólo tiene sentido cuando los arquitectos interpretan los planos y levantan los muros, el libro sólo vale cuando es leído, su estar en el mundo (como el estar en el mundo de las grandes obras de la música y la arquitectura) depende de que alguien se tome la molestia de leerlo. El libro es en este sentido un objeto mágico, porque sólo existe cuando alguien lo lee, sólo está cuando alguien va construyendo en su cabeza lo que las páginas tratan de decir. El hombre sin rostro es, desde esta óptica, un personaje que admite cualquier lectura superficial, o sea, cualquier cara.

Pero no ha sido una imagen premeditada, el hombre sin rostro no responde a todo lo que acabo de explicar, al contrario, todo lo que acabo de explicar me lo sugiere esa imagen obsesiva de un tipo sin rostro, con la cara borrada, una cabeza oblonga de color blanco sobre un cuerpo perfecto, atlético, delgado, fibroso.

Apuntes para un proyecto de novela (1)

El edificio gris, rotundo, acristalado, carente de expresividad, cuadrangular y luminoso incluso los días apagados de poco sol o de lluvia. El edificio idéntico a otros edificios en los que trabajas y a los que te refieres secamente con el sustantivo de «oficina» aunque algunas plantas escondan apartamentos de lujo o lupanares caseros. El edificio sin fisuras que parece desde unas calles más abajo una caja alargada y fabulosa, una caja que escondiera algo monstruoso o algo inocentemente trágico; un asesino o un muerto. El edificio hecho por hombres no da, lo mires por donde lo mires, la medida de un hombre. La entrada del edificio es amplia y luminosa, con espejos que duplican el espacio hasta el infinito, en los que te puedes observar desde todas las perspectivas imaginables. Te gusta que al entrar, mires donde mires, encuentres tu figura. Este equívoco de verte multiplicado te ha fascinado desde pequeño. Siempre te ha gustado observarte por tratar de tener una idea de cómo te ven los otros. Siempre te ha preocupado lo que de ti se pueda pensar. Al fondo de la entrada aguardan los ascensores. Tres, con espejos en su interior que reproducen en miniatura la misma ilusión que la entrada. Los ascensores son la intimidad y la entrada es la vida pública. En los ascensores puedes arreglarte el flequillo y mirar el detalle que la mañana ha desordenado: tu cara. O puedes detenerte en el rostro de tu acompañante. Alguien con corbata, alguien vestido siempre impecablemente. Una mujer, un hombre que se detiene en otra planta. El edificio desde fuera también es un gigantesco espejo que devuelve la imagen de una ciudad rectilínea y acomplejada, una ciudad que solo parece existir en su duplicidad, como si la realidad fuera el reflejo y ya todo estuviera aniquilado en esa línea breve que separa lo cierto de lo ficticio. Lo real de lo reproducido. El edificio por dentro es laberíntico y ordenado, con numerosas indicaciones para desalojarlo en caso de incendio. Los pasillos están cubiertos de mármol, los suelos de moqueta. La gente suele hablar en voz baja y con un registro contenido, como si se tratara de una iglesia; a su modo, la oficina es un edificio de culto con su liturgia y sus horarios, también hay sacerdotes y monaguillos acomplejados. Tú eres ese monaguillo que hoy ha empezado a cuestionarse la naturaleza de la ceremonia. Hoy, por fín, te preguntas si Dios existe. El edificio da fe de ello, pero a ti te cuesta admitir cualquier realidad que venga impuesta por la implacable tenacidad del mundo. Para ti el mundo y el hombre son la misma cosa; el mundo no es nada sin la presencia del hombre, sin los inventos del hombre, sin el orden que se ha construido. El mundo podría ser otro planeta deshabitado y cuando lo piensas así, vacío, te asaltan dos ideas contradictorias: el desasosiego y la calma.

Liberales

La doctrina liberal ha evolucionado a una suerte de anarquismo encorbatado y feroz que pide la desaparición de los Estados, la bajada de impuestos y la privatización de todo lo público. Bajo el arcoíris de la libertad económica ha florecido el paradigma del liberal moderno, que viene a ser un antisistema con corbata. Estos nuevos antisistema tienen puestos relevantes, tienen carrera, tienen una reputación hecha a base de lazos familiares y amigos, son una casta, visten con elegancia y comen en los sitios más caros. Cuando yo era adolescente el anarquismo no llevaba corbata; hemos repetido aquí demasiadas veces que las apariencias no engañan, las apariencias gobiernan el mundo: nada es lo que parece.

Para los grandes gurús económicos del polo liberal todo Estado es coercitivo y toda presión fiscal es un robo. El individuo y las cosas del mundo no tienen dueño hasta que alguien lo compra, la libertad sólo puede cimentarse sobre la libertad económica. Mira lo que dice Carlos Rodríguez Braun: «El odio al capital y a su legítimo beneficio es en realidad el odio a la propiedad privada, y, en consecuencia, el odio a la libertad», puedes leer el artículo entero aquí . Para los grandes y pequeños economistas liberales todo lo que estorba al libre transcurrir del dinero es peligroso. Mejor dejar que el capital fluya. Mejor eliminar los diques burocráticos que ponen freno a los billetes.

Identificar la libertad con la propiedad privada nos parece una perversión, siempre que toda propiedad privada limita la libertad de los demás. Si uno es libre en la medida en la que posee, la libertad queda encarcelada en las cosas, la libertad es una cosa. El siguiente paso consiste en extender esta lógica a todo lo humano para obtener la siguiente fotografía: soy lo que tengo. Si no tengo nada no soy libre.

El otro caballo de batalla de la frase que cito de Carlos Rodríguez Braun consiste en el epíteto “legítimo” precedido del sustantivo “beneficio”. El odio al capital y a su legítimo beneficio. Ningún beneficio es legítimo si es obtenido mediante un tercero que no participa en los dividendos. Creo que ya se ha convertido en un tópico: privatizar las ganancias y socializar las pérdidas. Los liberales creen que por tener un máster y una familia con mucha pasta uno ya tiene todo el derecho del mundo para enriquecerse a costa del trabajo de los demás. En las siguientes hornadas de liberales que lleguen al planeta encontraremos el siguiente axioma: para tener derecho a algo hay, primero, que tener dinero, cuanto más dinero tengas mayores derechos obtendrás.

Pero yo quería hablar de corbatas, de estilos, de historia. Quería recordar los inicios de la doctrina liberal: Uno de sus creadores, Alexander Hamilton, apostó por todo lo contrario a lo que hoy conocemos por liberalismo; trató de darle al Estado mayores competencias, grabó la importación de alcohol (lo que provocaría la guerra del whisky) y obligó a trabajar, mediante contratos de inmigración, a los europeos que llegaban al nuevo mundo (mujeres y niños incluidos); estamos en la aún increada nación de los USA, a caballo entre los siglos XVIII y XIX. Para uno de los padres del liberalismo, la cuestión económica consistía en llevarle la contraria al comercio libre que por aquel entonces practicaban los ingleses. La historia es un cajón de paradojas. Alexander Hamilton murió en un duelo, en el año 1804, en Nueva York.

Del mismo modo que cambian las formas de las ideas, cambian también los uniformes de los idealistas. Resulta desconcertante ver cómo se pide una reducción de la presión fiscal y del aparato político desde una clase acomodada y enriquecida, es decir, desde una corbata. También Steve Jobs le dio la vuelta a la tortilla apareciendo en jeans y camiseta para presentar sus productos elitistas. El mundo al revés.

Debemos entender el Estado como un mecanismo que garantiza la solidaridad; cedemos parte de nuestra soberanía íntima para que el Estado se encargue de repartir, ajustar, administrar los bienes. Pedir la desaparición del Estado y la eliminación de impuestos significa hundir más aún a los que están abajo, aquellos que no pertenecen ni a la izquierda ni a la derecha, los que no pueden acceder a la libertad de la que habla Carlos Rodríguez Braun, por eso quizá la odien.

Mendigos, caridad

Al salir del supermercado un tipo de color me extiende su mano y me pide «algo para comer»; contesto que no tengo suelto (es mentira), normalmente siempre contesto de la misma forma cuando alguien me pide dinero; normalmente siento una vergüenza que desaparece al instante, cuando me alejo, una vergüenza extraña que no sé si es vergüenza ajena, vergüenza por mentir, o vergüenza por negar el maldito euro.

El mendigo, el tipo sucio que pide limosna a las puertas de los centros comerciales, juega un papel secundario en la película del consumo, pero como los grandes secundarios engrandece el argumento.

De algún modo el mendigo que nos pide dinero en la calle nos dice que su pobreza es también un producto que podemos consumir, o no tanto su pobreza como nuestra bondad. Primero me compro una colonia de cien euros y luego le dejo con elegancia un par de euros al mendigo que pide en la puerta de la perfumería. Primero me gasto cien euros en angulas y luego le dejo un euro al mendigo para que se compre pan. También hay quien cree que se puede adelgazar a base de Coca-cola light, comiendo luego todo lo que se desee. El mendigo es el colofón del producto: pagamos por algo insustancial, pagamos para sentir que el mundo puede arreglarse sólo con dinero. La caridad como una de las bellas artes.

Como hemos aprendido que todo tiene un precio, el mendigo sólo tiene que extender la mano para ver si alguien está dispuesto a pagar el precio de su dignidad, ley de la oferta y la demanda. Aplicar la economía a cualquier ámbito es el orden que nos gobierna desde que el dinero es un mero acuerdo de confianza entre dos agentes, esto es, desde que el patrón oro desapareció.

El mendigo representa, pues, la confianza pura, ya que pagamos y no obtenemos nada tangible a cambio, pagamos por nada, pagamos creyendo que nuestro dinero le sirve a otro. En el ámbito católico esta acción recibe el nombre de caridad. Junto con la esperanza y la fe, la caridad es (ha de ser) la tercera virtud teologal. Las tres virtudes teologales nos las entrega Dios para ordenar nuestras acciones (según la Wikipedia).

Ser caritativo es realizar un acto de fe (de confianza) a cambio de obtener la gracia de Dios; el mendigo no importa, importa lo que yo obtengo a través del mendigo.

El mendigo es también la publicidad residual del sistema, un recordatorio de lo que nos puede pasar si algún día nos quedamos sin trabajo. Así como Christian Dior nos alegra la vista para recordarnos que podemos ser igual de guapos que Carla Bruni, el mendigo funciona como antagonista de lo deseado, como espejo de miedos: sin trabajo estarías al otro lado de las puertas del centro comercial, con la mano extendida, pidiendo.

Normalmente se entiende que un mendigo es fruto de un cúmulo de desaciertos, o que es víctima de una sucesión inevitable de fatalidades, pero en cualquier caso, nadie más que él es el responsable de su situación; el mendigo es pues un tipo que se ha equivocado. Un sistema que engrandece el trabajo como única herramienta para obtener reconocimiento social, no puede admitir que un tipo no trabaje y pretenda obtener dinero mediante limosnas. Yo no lo entiendo así. Yo creo que todo sistema tiene sus mecanismos de exclusión, que lo único que hacen es «limpiar» las impurezas para que la maquinaria quede bien engrasada; todo aquello que no favorezca el buen funcionamiento de la máquina es desechado, es una pieza defectuosa, hay que apartarla.

El rostro del verdugo

Los grandes desastres de la historia tienen responsables, nombres propios, biografías, razones de peso que justifican un genocidio, un expolio, una guerra. Detrás de cada atrocidad resplandece un autor que deja su firma para que los historiadores y los sociólogos y los psicólogos y los filósofos y —en fin— todo el ejército de interpretadores del hombre, establezcan la naturaleza del mal y le pongan cara. Por ejemplo Hitler, por ejemplo Stalin, por ejemplo Hernán Cortés. Cuando le ponemos cara al horror lo hacemos más humano, dejando bien claro que en nosotros conviven cielo e infierno, como ya dijera Omar Khayyan.

Sin embargo, ni Hitler ni Stalin se mancharon las manos con la sangre de sus víctimas; otros ejecutaban la orden, otros que a su vez delegaban en otros hasta llegar a la base de la pirámide. Sosteniendo todo sistema siempre hay un basamento de hombres que pasaban por allí, son los hombres que construyen el edificio de la historia que otros han planificado. Estos últimos responsables son los que siempre me han interesado. Son tipos como tú y como yo, que acuden a sus puestos de trabajo, puntuales y siniestros, para obedecer la orden, apretar el botón, apretar el gatillo, apretar la soga. Cuando en la fábrica gires por enésima vez el tornillo recuerda que siempre hay un trabajo peor, aunque la mecánica sea la misma. Recuerda también que nunca sabe uno con exactitud para qué trabaja.

Detrás de cada Adolf Eichmann alguien se tuvo que ofrecer a disparar; el denominador común de los responsables es su capacidad para no tocar nunca aquello sobre lo que tienen poder. Mucho más eficiente, mucho más manejable para la conciencia, es firmar un papel o escribir una carta oficial, o dar un discurso. Detrás del responsable primero hay siempre un ejército de responsables últimos a los que la historia no juzga, son hombres de verdad y no tienen rostro, son los verdugos mudos, los hacedores del mito, tú y yo podríamos ser uno de ellos, basta con que nos den la orden adecuada, basta con que nos paguen un sueldo.

Nos pasamos más de media vida obedeciendo órdenes y diluyendo nuestra propia responsabilidad en la responsabilidad de un superior, mirando siempre para arriba. Me pregunto cómo todo un ejército (en el caso de la Alemania nazi) no fue capaz de cuestionar la estrategia del exterminio; me pregunto cómo un verdugo puede soportar el peso que supone terminar con una vida, el peso de la culpa.

El nazismo, los gulags, la conquista americana o el comercio de esclavos, no son episodios puntuales de la historia, no son circunstancias especiales, son el mosaico de lo que podemos hacer para sobrevivir o para sobrevivir en mejores condiciones que el otro; cuando en circunstancias desfavorables alguien aprieta el gatillo, normalmente lo hace bajo dos coacciones: una, la coacción de un tercero; y dos, la propia coacción, que consiste en decirse: yo sólo obedezco órdenes, no estoy apretando realmente el gatillo, lo aprieta alguien por mí.

Suspendiendo la voluntad suspendemos la responsabilidad. Esta relación, que nuestra cabeza sabe falsificar tan bien, me fascina, y quiere decir más o menos que aunque sea el ejecutor de un acto deleznable, puedo no ser el responsable. Puedo matar a alguien y no ser culpable, puedo, sencillamente, cumplir órdenes.

Me fascina la vida de la gente anónima mucho más que la vida de la gente eminente. ¿Qué motivaciones llevan a un tipo a alistarse en el ejército, a presentarse como voluntario para el odio?

Hanna Arendt describió la banalidad del mal como una situación y no como algo innato al hombre; según la filósofa judía, basta con que se den las circunstancias adecuadas para que cualquiera se convierta en un asesino, es decir, a simple vista el genocida no es un demente, es un tipo normal. Esta teoría puede cuadrar en la cabeza de un dirigente (por ejemplo Eichmann), porque nunca toca la verdad que sus órdenes proponen, nunca se mancha las manos, pero la teoría cojea cuando hablamos de gente normal, esto es, cuando hablamos del verdugo. Me atrevería a decir, incluso, que suspender la voluntad propia debe ser un placer comparable al de algunas drogas. Si algo puede explicar cuál es la razón y la mecánica del mal, ese algo debe ser lo más parecido al acto de abandonar la conciencia propia, dejar por unos momentos de ser responsable, descargar sobre otros la culpa, ser durante unos instantes salvajemente libre. Cuando se aprieta un gatillo la vida pesa tanto como los treinta gramos de una bala calibre veintidós, es decir, apenas nada.

El final de la crisis: Eurovegas, Valdebaqueros

Se nos va a quedar cara de imbéciles cuando la prima de riesgo baje al nivel de los mortales y todo vuelva a ser aburrido y hortera, todo vuelva a crecer como crecen los edificios de viviendas protegidas en la periferia. Después de ganar al fútbol todo es mucho más amable, meter goles es lo más parecido a crear empleo.

Los que creemos en un apocalipsis con sordina, un final desmitificado y light, no caeremos en la trampa fácil de bajar la guardia cuando la bolsa nos lo mande, la bolsa puede mandar en los periódicos y un poco en este blog, nunca en nuestros corazones apocalípticos e incorruptibles.

Así, parece que nos asomamos al final de la crisis cuando los números son favorables, pero tal mejora forma parte de un espejismo, y lo difícil es no verlo todo como un gigantesco espejismo, no pensar en el mundo como se piensa en una quimera, o en un infierno. El mundo, amigos, sólo sucede en mi cabeza.

Tenemos las claves para salir de la crisis: ganar muchos partidos de fútbol, muchos campeonatos internacionales, subir los impuestos, eliminar garantías sociales, y por supuesto: hacer un casino y devastar playas vírgenes. El mundo también es un casino, el mundo es la quimera de un casino infernal en el que todos pecamos. La salvación de este equívoco en el que se ha convertido la vida está en el juego.

El millonario Sheldon Adelson anda negociando con España un proyecto que nos hermanará con ese gigantesco vertedero del capital, Las Vegas. Parece que el millonario levantará en Madrid o en Barcelona una sucursal europea del sueño americano; creará centenares de miles de puestos de trabajo, nos alegrará los domingos, gastaremos con más soltura los préstamos del banco, volveremos a la senda del crecimiento.

A Las Vegas podemos ir todos a gastarnos el dinero que no tenemos, podemos financiar el viaje para seguir sosteniendo la ilusión de tener algo que le pertenece en puridad al banco, podemos jugarnos a la ruleta el préstamo y luego volver a Europa para pedir otro. Esta es la fisionomía de la libertad: gastar para creer que somos libres gastando.

Entre black-jack y ruleta, entre tiro de coca y póker Texas holdem, podemos pasarnos por Cádiz y darnos un baño de multitudes en lo que será otra de las mayores urbanizaciones de la destrozada costa española: Valdebaqueros, un paraje protegido donde se pretende levantar un complejo turístico a pocos metros de la costa.

Valdevaqueros y Eurovegas son las últimas muestras de la metástasis en la que se ha convertido el crecimiento económico, un crecimiento que apunta siempre a la nada o a la condenación de seguir perpetuándose. Escribió Borges que escribió Spinoza: “Todas las cosas quieren persistir en su ser”, y esta afirmación cuadra para la química del capital, donde toda mezcla se pretende generadora de riqueza ad infinitum. Mezclar para multiplicar, que las cosas persistan en su ser, que los euros sigan perpetuando sus transacciones, su perpetuo fluir.

Crecer a cualquier precio es la cuestión.