Escribir un blog

No termino de entender las teorías que se han ido montando en torno al fenómeno de los blogs, ni su jugueteo con el alzamiento a categoría de género dentro del ámbito literario. Un blog es una herramienta de edición que puede manejar cualquiera que tenga conocimientos informáticos a nivel de usuario, una potentísima herramienta de edición prácticamente gratuita y prácticamente independiente; no hay intermediación entre el que publica y el que lee, y no hay, en algunos casos, intermediación entre el que escribe y el que lee. La revolución consiste en borrar a los intermediarios: el escritor y el editor son la misma persona. Además hoy, un texto puede llegar sin coste desde Madrid hasta Pekín: también se ha borrado al aparato logístico.

La glorificación de la herramienta es una realidad muy sintomática de los tiempos que nos han tocado vivir (¡qué expresión tan extraña!: «los tiempos que nos han tocado vivir»), no importa si la herramienta funciona bien o mal y tampoco importa qué nos arreglará; lo importante es que la herramienta convenza desde su estética y desde su estar en el mundo, lo importante es que la herramienta escenifique su obligatoriedad para con el consumidor.

Confundimos la herramienta con el objeto para el que fue creada. Una cámara digital no es la fotografía; un blog no es la escritura; un teléfono móvil no es la comunicación. Atribuimos a la herramienta automáticamente la cualidad equivocada. Un coche no es el trayecto aunque la publicidad se empeñe en dibujarnos coches como autopistas, o autopistas como coches. No.

Cuando nos compramos una cámara olvidamos un factor determinante: las fotos no las hace la cámara, hay que apretar el gatillo. Aunque nos cueste reconocerlo, las fotos las hacemos nosotros; alguien tiene que apretar el botón, alguien tiene que mirar, alguien tiene que esperar, alguien tiene que decidir cuándo ha llegado el momento decisivo, como dijo Cartier-Bresson. La fotografía está ahí, se tome o no, lo único que hace el aparato es constatar la construcción mental, constatar que la luz incidió en el objeto y la vimos de tal o cual forma. La cámara levanta acta, la foto nos dice: este tipo apretó el disparador. Nada más.

Tengo una cámara réflex que me costó una fortuna cogiendo polvo en el armario de la cocina: es una herramienta inútil.

Con el blog sucede lo mismo. No basta con crearse una cuenta en wordpress y esperar a ver qué pasa. Hay que escribir. En puridad, la relación que une al blog con la escritura es la misma que une al boli bic con la escritura, a una Olivetti con la escritura, a una grabadora con la escritura, a un portátil con la escritura. No hay relación, da igual con qué se escriba. De hecho, me atrevería a decir que abrirse un blog es postergar el momento de la escritura: mientras uno elige un nombre absurdo y rompedor (por ejemplo pelear o correr, por ejemplo últimoround), mientras decide qué color le pone al fondo, mientras elige qué tipo de letra, mientras toma decisiones que cree supondrán un punto más en la valorización de su blog (¡!), no escribe. También pasamos largas horas jugueteando con el móvil, pensando que no nos llama nadie, o quitándole polvo a la cámara. La herramienta nos hipnotiza desde su promesa: soy lo último, lo mejor; arreglaré tu vida.

Pretender que en torno al blog se arraciman factores comunes y creer por lo tanto que el blog es una categoría (y no una herramienta, repito) nos puede llevar a clasificar los géneros literarios por su aparataje logístico. Así tendríamos: el género de la nostálgica máquina de escribir, el género de la prehistórica pluma, el género del insustancial dictado, el género posmoderno del blog, etcétera.

La literatura se lleva todo por delante; desde una piedra tallada hasta un microprocesador Intel CORE i7 vPro 2,80 GHz. El avance tecnológico no permea la semilla de la literatura, y no crecen los frutos prometidos. Primero hay que sentarse a escribir. Primero hay que pararse a pensar y tomar impulso, primero, antes de abrir un blog, hay que tener algo que contar.

Crédito a muerte, Anselm Jappe

Una crisis es una oportunidad para comprender cómo funciona todo. Gracias a la crisis nos estamos volviendo unos humildes expertos en economía; de la misma manera que solo nos preocupamos por nuestro estómago cuando nos duele, a nadie le interesa saber qué es el déficit presupuestario hasta que la prensa lo nombra con insistencia. La prensa es el dolor puntual que viene a sacarnos del ensimismamiento.

Cuando se nos corta el agua empezamos a preguntarnos cómo diablos funciona el invento, cómo se han de poner las tuberías, quién tiene que venir a arreglar la instalación, etcétera. Somos esencialmente vagos, ignorantes y buenos; confiamos en que alguien solucionará el problema. Si llamo a un fontanero y dos, tres días después de su intervención, el grifo deja de funcionar de nuevo y el tipo que vino a casa ya no coge el teléfono, llamo a otro. Lo primero que dice este segundo fontanero es: ¿quién le ha hecho esto? Creo que la respuesta más honesta a esta pregunta debería ser: y a usted, ¿qué le importa? Quiero tener agua, no quiero, de momento, saber por qué o por quién, no tengo agua.

Sin embargo, una crisis económica no responde a este principio de ansiedad. Una crisis económica es una pausa, una suspensión de las expectativas, un estado de perplejidad. Nos repiten que una crisis es también el momento de las oportunidades, pero yo solo veo en este planteamiento un nuevo impulso para reflotar el sistema.

Empezamos a sospechar que poner un euro o dejar de ponerlo, para pagar una receta médica, no es la solución. Empezamos a sospechar que no hay que poner la atención en el debate predominante. El problema no es la financiación, el problema es el dinero; el problema no es la reforma laboral o el paro, el problema es la naturaleza del trabajo; el problema no está en las bolsas, el problema está en las relaciones precio-valor, en lo que Marx llamó el fetichismo de la mercancía. El problema, en fin, está oculto bajo toda la montaña de información, tan enterrado que sacarlo a la luz es inútil y descubriríamos algo insultantemente obvio.

Ando estos días leyendo un libro fascinante y apocalíptico: Crédito a muerte, del filósofo alemán Anselm Jappe, editado por pepitas de calabaza. La lectura me está confundiendo y ubicando (si el oxímoron es tolerable, como dijo Borges) en la misma medida. Hay algo perturbador en el hecho de leer un libro que te está diciendo que el dinero que utilizaste para comprarlo es un dinero maldito; como leer un crimen del que tú eres el culpable. Os dejo unas cuantas perlas del libro:

«Desgraciadamente, la agravación general de las condiciones de vida en el capitalismo no hace a los sujetos más aptos para derribarlo, sino cada vez menos, porque la totalización de la forma-mercancía engendra cada vez más sujetos totalmente idénticos al sistema que los contiene. E incluso cuando éstos revelan una insatisfacción que va más allá del hecho de declararse desfavorecidos, son incapaces de encontrar en ellos mismos los recursos necesarios para una vida diferente o, sencillamente, para tener ideas diferentes, pues no han conocido jamás nada distinto. En lugar de preguntarnos, como hacen los ecologistas, ¿qué mundo dejaremos a nuestros hijos?, deberíamos preguntarnos, como bien dijo Jaime Semprún: ¿a qué hijos dejaremos este mundo?»

«[…] En una sociedad en la que los individuos viven exclusivamente para lograr venderse y ser aceptados por el dios mercado, y en la que todo contenido vital posible es sacrificado a las leyes de la economía, se desencadena una verdadera «pulsión de muerte», que pone al desnudo la nada que yace en el fondo de un sistema cuyo único fin confeso es la acumulación de capital.»

«[…] resulta de lo más inútil discutir con gente que todavía quiere votar.»

«Las únicas propuestas «realistas» —en el sentido de que podrían desviar de forma efectiva el curso de las cosas— son del tipo: abolición inmediata, a partir de mañana, de toda la televisión.»

«Es mucho menos probable que veamos surgir una revuelta popular contra un «proyecto de desarrollo» que provocase la tala de un bosque que contra un bróker que acaso haya robado un euro a cada ciudadano. ¿Y si la envidia la crea este odio? ¿Si fuese simplemente el deseo de ser como ellos?»

«El asunto está claro: la crisis es la ocasión para una mejora del capitalismo, no para una ruptura con él.»

«[…] el capitalismo gira en torno a la producción de valor y no de productos en cuanto valores de uso […]»

«Todo el mundo piensa que tiene demasiado poco dinero.»

«[…]Por eso resulta tan difícil reaccionar ante esta crisis u organizarse para hacerle frente: porque no se trata de ellos contra nosotros. Habría que combatir contra el «sujeto automático» del capital, que habita igualmente en cada uno de nosotros, y, en consecuencia, contra una parte de nuestras costumbres […]»

«No será el armamento el que sufra reducciones, sino los gastos sanitarios.»

«[…]Este populismo acabará fácilmente en la caza de los «enemigos del pueblo», por abajo (inmigrantes) y por arriba (especuladores), evitando toda crítica dirigida contra las auténticas bases del capitalismo, que, bien al contrario, aparecen como la civilización que se ha de salvaguardar: el trabajo, el dinero, la mercancía, el capital, el Estado […]»

«[…] la reducción de la creación de valor en el mundo entero implica el hecho de que, por primera vez, existen —y en todos lados— poblaciones en exceso, superfluas, que ni siquiera sirven para ser explotadas. Desde el punto de vista de la valorización del valor, es la humanidad la que empieza a ser un lujo superfluo, un gasto que eliminar, un excedente […]»

Violencia estructural

Se me ocurre una medida para mitigar la violencia estructural que el ministro de justicia ha denunciado: la prohibición de echar a una mujer embarazada aunque se encuentre en el período de prueba (eliminación del período de prueba para el género femenino). Es una medida sencilla, breve, sexy, rompedora. Una medida que protegería el estado del bien estar: cincuenta metros cuadrados, mil euros, hipoteca, compra en Mercadona, tele de plasma, fines de semana en multicines cineplex, Citroen Xsara. El estado del bien estar es un inventario de vulgaridades. Nadie quiere el estado del bienestar cuando es el bienestar del Estado lo que estamos obligados a producir (aplausos).

Yo no he venido aquí a hablar del aborto; he venido a hablar de mi puto libro, se titula «Violencia estructural» y tengo que agradecer a Alberto Ruiz Gallardón su elocuencia, porque violencia estructural es un apelativo que casa a la perfección con esta verdad histórica: nadie nos obliga a ello, pero estamos empujados a servirle a los engranajes de eso que se llama sistema. El sistema ha ganado hace mucho tiempo y no nos damos cuenta o no queremos enterarnos.

La violencia estructural consiste en no poder confrontar otra opción a la unánime opción que nos rodea. La violencia estructural apunta en la siguiente dirección: esto es lo que hay, si quieres algo distinto prepárate para pelear o correr, prepárate para estar solo, prepárate para morirte de hambre. La violencia estructural es solo una mercancía: el dinero. Si, amigas y amigos, hace mucho tiempo que el dinero se ha convertido en una mercancía, la violencia estructural consiste en creer que uno come dinero y no gracias al dinero, la violencia estructural consiste en dejar pasar una injusticia cotidiana como si fuera algo natural: que te echen del curro porque te quedaste embarazada durante el período de prueba; que le resulte más caro a un empresario contratar a una mujer: que a un tío le miren raro por cogerse una reducción de jornada por paternidad: eso lo hacen las tías, no seas maricón: violencia estructural.

Vivimos en un mundo estructurado en torno a la violencia, siempre gana el más fuerte, siempre gana el que rema en la dirección de la mayoría; esta constante competición empieza a cansarnos: ni siquiera sabemos ya si queremos llegar a la meta. La crisis nos está enseñando algo: no es el sistema lo que se agota, somos nosotros los que empezamos a dar signos de agotamiento. OK, no importa, el Titanic se hunde; hagamos percusión con la cubertería de plata para acompañar a la orquesta. El público sucumbe a la violencia estructural mientras todo naufraga.

Ladislao Martínez o la honestidad

El diario «el mundo» está poniendo en su lugar las trincheras, las clases sociales y el aparataje político. Estábamos cansados de tanto centrismo estéril: Los pobres han de ser de izquierdas y los ricos de derechas. Un tipo con Mercedes, pisazo en Chamberí, coto hectarizado en el pueblo y chacha (¡ah!, chacha, que gran palabra en desuso), no puede apuntar a lo público. Estoy hablando del multimillonario que ha impulsado la consulta ilegal en torno a la privatización del agua. Un multimillonario no puede impulsar nada que no sea su cuenta corriente… o la miseria de sus limosnas.

Que Ladislao Martínez sea noticia por tener algo nos da la catadura moral del diario «el mundo». No entraremos aquí en el debate estéril de si tiene o no un Mercedes (es mejor darle la razón al periódico como se la damos a un tipo al que sabemos enajenado). OK, Ladislao Martínez tiene un Mercedes; si, también tiene un piso; si, también tiene terrenos. Si papá, claro papá, no te preocupes papá. Así deberíamos responder cuando el segundo periódico de mayor tirada en este país se inventa una noticia. La ficción llega a la prensa: estábamos jodidamente aburridos.

Existe una tendencia, dentro de la derecha de este país, que consiste en hacer ver que un tipo de izquierdas nunca puede tener más dinero que otro tipo de izquierdas (y menos aún que alguien de la derecha): los de izquierdas debemos ser iguales y morirnos igualmente de hambre para capitalizar nuestra propia pobreza. Yo tampoco entiendo esta última frase, pero me aburre escribir sabiendo lo que tengo que decir, me gusta sorprenderme con tonterías. Ahora en serio: Ladislao Martínez es rico, Ladislao Martínez no puede querer para ti y para mí una gestión pública del agua.

Un tipo con dinero ha de querer más dinero, para él, para nadie más que él. Ser de izquierdas significa estar hipotecado por la parafernalia de lo social, no tener suelto, andar desde hace diez años con las mismas zapatillas sucias. Nadie entiende que un tipo sin dinero desee la privatización de una empresa pública. Para luchar por lo público hay ―primero― que morirse de hambre.

Pero detrás de la noticia subyace un mensaje adoctrinador: la honestidad. Julio César dijo que además de ser honesto hay que parecerlo, lo cual nos lleva a pensar que el mundo de las apariencias existe desde mucho antes que Internet. A la derecha no le basta con tener dinero, hay, además, que dejar bien claro que uno tiene dinero conduciendo un Mercedes, comprando pisos o manteniendo huertos onerosos. Esto a un lado del ring; al otro lado pobres que deben parecer pobres para pedir que la cosa pública funcione. Así nos enteramos mejor. El asunto es pues una cuestión de honestidad. Ladislao Martínez no es un tipo honesto porque a ojos de «el mundo» no lo parece. Siguiendo este mismo principio espero que nunca sean noticia Aguirre, Acebes o Zaplana, por donar X dinero a una ONG o a la iglesia: son ricos, deberían preocuparse por tener más dinero del que tiene su vecino, podríamos acusarles en caso contrario de proselitismo para con la izquierda.

La máquina del tiempo

Parece que Internet es la herramienta de lo inmediato, de lo que está sucediendo. Twitter y Facebook solo sirven para que todos sepan qué haces, lo que hiciste ayer o antes de ayer es un asunto arqueológico, una ruina. Solo cuenta la actualidad.

Esta Enfermedad del presente, esta necrosis perpetua de lo que ocurre, nos tiene muy atareados contando cuántos amigos le han dado al botoncito de seguir o a la invitación de la fiesta virtual donde todos seremos por fin eternos.

Pero la vida es un recorrido y no una instantánea, el presente también tiene trampa y estamos empezando a ver el truco de magia que se esconde bajo tanto nick apocalíptico y tanto desenfreno del ratón. El truco es el siguiente, atención: el presente no es postergable, el pasado sí; el presente nunca podremos dejarlo para mañana pero mañana quizá nos enfrentemos con mayor entereza a nuestro pasado. Esto significa que hay que darle mucho al click para no pensar, para que lo de ayer quede pronto enterrado bajo los twitts de hoy. Un momento.

Un momento.

Escupirle al mundo cada acto cotidiano como si fuera un fenómeno asombroso solo tiene dos posibles lecturas; una cortazariana (lo mágico cotidiano) y otra vulgar (el aburrimiento). El presente es tan aburrido que tratamos de sublimarlo mediante la comunicación: me pongo un café, me ato los zapatos, me echan del curro, quedo con fulanito, veo un vídeo en youtube, me voy de viaje. Seamos sinceros: no todo el mundo se pasa el tiempo retwiteando la última entrada del blog de Ignacio Escolar. Necesitamos Twitter y Facebook para construir la ilusión de que hay alguien al otro lado. Escuchando.

En el presente todos estamos muertos y solo en un futuro, fuera del tiempo, ignoraremos si alguien nos recuerda. Yo tampoco entiendo esta última frase, pero no entender algo no tiene porqué significar desconocer su mensaje. Tampoco entendemos a la Gioconda pero aceptamos su sonrisa críptica, aceptamos que nos hable desde la terquedad de su pasado. El pasado tiene mucho más empuje que el presente.

Vivir el día a día, estar incardinado en el tiempo presente, acarrea una responsabilidad sibilina: debes negociar solo con lo que te rodea, lo que, como tú, existe hoy, ahora. Entonces: has de comprar un coche nuevo, un piso nuevo, un libro nuevo, unos pantalones nuevos, un abrigo nuevo, unos zapatos nuevos. Todo lo que te rodea debe responder a la misma mecánica del presente. Todo ha de ser presente. La moda es siempre presente aunque retome patrones del pasado, la literatura presenta sus novedades aunque la dialéctica del autor-lector no haya cambiado en los últimos cien años; todo está diseñado para ser material fungible. Nada debe perdurar.

El presente es agotador, Facebook y Twitter son agotadores con su dictadura momentánea. Nadie se atreve a escribir un twitt explicando lo que hizo hace diez años porque hace diez años no existía Facebook ni Twitter; la vida empezó cuando Mark Zuckerberg y Jack Dorsey nos alfombraron la pasarela de la sociabilidad virtual para que todos la pisáramos en pijama y zapatillas, desde casa.

Con las redes sociales se ha resquebrajado la distancia que media entre el pasado y el presente. Pero esta brecha inunda todos los ámbitos imposibilitando un análisis sosegado y fiable; me gusta comparar la dicotomía entre pasado y presente dirigiendo la mirada a la industria del libro:

El presente nos excita, el pasado nos inquieta. Saber que hay miles de libros esperando en los anaqueles de las novedades de la fnac es una realidad erótica; saber que Los miserables de Víctor Hugo se sigue editando ciento cincuenta años después, nos resulta inquietante; creo que todos preferimos excitarnos antes que inquietarnos, de hecho, la especie se mantiene gracias a este principio. Para el que se haya perdido: preferimos ponernos cachondos antes que indagar en nuestra inquietud. Sin embargo, Víctor Hugo (por seguir con el mismo ejemplo) también gozó de su presente, un presente alfombrado por otros prestigios (por ejemplo, el prestigio de lo que en su tiempo se entendiera por pasado; el pasado del pasado). Y aquí es a donde quería llegar después de 3.452 caracteres: Conviene caminar dejando atrás la luz mortecina y eterna del pasado, pero entendiendo que es su brillo el que alumbra nuestras dudosas pisadas. Mientras el presente se resbala, sigiloso y veloz, el pasado persiste; el pasado no se acaba nunca.