Fútbol, historia de una contradicción

De pequeño odiaba el fútbol; mis padres siempre han sido aficionados y la radio sonaba cada domingo por la tarde como una misa pagana; yo quería odiar a mis padres para llegar a ser alguien, les odiaba lateralmente a través de su afición desmedida por el fútbol, odiar el fútbol era matar a mis progenitores antes de que ellos me mataran a mí con sus gritos desaforados cuando Hugo Sánchez (de rojiblanco o de merengue) rubricaba con un mortal sus marcas. Mis padres discutían también mediante sus afinidades: mi padre del Atleti, mi madre del Madrid. El fútbol era el sublimador de todas nuestras fantasías. Entendí desde muy pequeño que el fútbol tiene dos grandes dimensiones: la que sucede en el terreno de juego y la que sucede en nuestras cabezas, que nada tiene que ver con lo deportivo. El fútbol, como la religión, acepta tantas interpretaciones como acólitos, pero suele tener minuciosos popes que ofician misa y establecen dogmas. También como la religión el fútbol es una cuestión de fe y, como toda pasión que linde con lo sobrenatural, puede uno llegar a matar y morir por ella. Esto último es lo primero que aprendí viendo en la televisión, en directo, la tragedia de Heysel; tenía nueve años y recuerdo que mi madre lloraba yendo de la cocina al salón y del salón a la cocina, sólo había una tele en casa, en blanco y negro, la sangre aparecía como un líquido oscuro sin la veracidad del Technicolor. Supe entonces que la cuestión aburrida de la pelota pasando de unos pies a otros era una cuestión mucho más seria, no se trataba sólo de hacer que el cuero besara las mallas, el fútbol excedía con creces su propio espacio y su naturaleza, así que no me interesaba como juego porque era algo más que un juego. Crecí construyendo mi personalidad en negativo, a la contra, sobre la negación del fútbol, no ignoro que enorgullecerse de algo que no gusta constituye una de las perversiones más peligrosas y más envilecedoras que uno puede sufrir. En términos futbolísticos esto equivale a sentir alegría por las derrotas ajenas.

No fue hasta que cumplí los treinta años que empecé a comprender el conflicto que se despliega sobre el césped cada domingo; porque el fútbol escenifica un conflicto entre dos facciones, dos entidades, dos contrarios; un trance que no siempre resuelve el que gana, a veces sale victorioso del campo aquel que perdió, es entonces cuando me maravilla la lógica del fútbol. Pero comprender el mecanismo de la pasión pasa por observar primero sus aledaños. La primera vez que acudí a un Estadio de fútbol me aterró el despliegue policial, el caos, la ciudad supeditada a los caprichos de un evento absurdo, el tráfico alterado majestuosamente y los transeúntes caminando por mitad de la calle, la algarabía de los aficionados, el bullicio de la pasión atesorando los prolegómenos. Lo primero que uno descubre cuando va al fútbol es que la cosa no tiene nada que ver con lo que retransmite la televisión, en la televisión no salen los caballos de la policía ni los rostros de los policías, no salen los aficionados violentos pastoreados por la policía, ni las furgonetas de la policía; la policía tiene una presencia inquietante en lo deportivo. Todas las intuiciones de la niñez se vieron corroboradas la primera vez que caminé por mitad de la calle, acompañado por miles de aficionados que como yo, entraban en el estadio. Odio las aglomeraciones de gente, los espacios pequeños y cerrados. Lo pasé mal hasta que llegué a mi asiento y miré alrededor: el espacio se abrió y el césped verde contrastado con el asfalto gris me pareció un oasis en mitad de la vorágine, la potencia de las luces artificiales y la muchedumbre acomodándose me remitieron a la vieja ceremonia de los teatros, nuevamente, el fútbol me entregaba a través de su puesta en escena otra cosa distinta a lo que aparentemente era. La segunda sorpresa vino al reconocer los rostros de las grandes estrellas: eran de carne y hueso, existían, el fútbol, sin la parafernalia televisiva resulta mucho más humano, mucho más real, también cuando los jugadores hacen aquello por lo que fuimos al estadio a verles: jugar. Los jugadores juegan peor en vivo, y esa realidad hace que el partido adquiera tintes dramáticos, no hay repetición de la jugada, no hay cámara lenta, no hay gestos congelados; hay once tipos vestidos de corto tratando de dejarse la piel en un balón dividido o en una carrera, en un regate imposible o en un disparo que, ahora sí, parece mucho más duro que en la televisión. El fútbol, como la música, tiene sentido en directo. La primera vez que acudí a un estadio de fútbol comprendí por qué mis padres sentían tanta pasión por este juego ridículo. El fútbol explica la guerra y explica al hombre mediante el símbolo del partido, el partido es la batalla y es la vida porque tiene una limitación temporal, tiene un principio, un desarrollo y un final irrevocable; tiene héroes y villanos; tiene emoción. Viendo un partido de fútbol se ve uno proyectado en las virtudes de su equipo o de su jugador preferido. Pero tal proyección es peligrosa, porque desplaza la responsabilidad. Nadie es su ídolo; al contrario: el ídolo tiene todo lo que nos falta, a través del ídolo completamos al hombre perfecto que nos gustaría ser. Aunque mis ídolos se encuentran muy alejados de los grandes estadios, comprendo este canibalismo iniciático: no podemos comernos a la gran estrella, podemos aplaudirla. El aplauso es la dentellada fingida sobre la pantorrilla del astro; el abucheo es la negación que nadie se atreve a darle a su jefe. El fútbol libera toda la represión del día a día. Desde este plano sociológico, me apasiona el deporte rey, también desde la plástica, desde la belleza descontextualizada: el gol de Maradona fuera del campeonato del mundo, esto es, el gol como diez segundos de maravilla en movimiento, como sincronización improvisada de un ballet imposible.

Sin embargo, sigo odiando a ratos el fútbol, sigo viendo en lo futbolístico un principio de abulia y una excusa para desatar la violencia. El fútbol ha sido para mí una historia de contradicciones, no entiendo la militancia en uno u otro equipo, una militancia que me recuerda a los nacionalismos más devastadores; no entiendo la obsesión por la victoria, entendible sólo desde un punto de vista empresarial (cosa que debería provocar indiferencia en el aficionado): que un equipo gane o pierda no dice nada del argumento real del partido; no entiendo las cifras que manejan los grandes clubs de fútbol, convertidos técnicamente en multinacionales; no entiendo cómo alguien puede sentirse realmente afectado por la derrota de su equipo (debería alegrarse, son los derrotados los verdaderos héroes). El fútbol, como el hombre, parece haber equivocado su camino esencial.

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Fútbol con delay

Que la selección española de fútbol dispute su tercera final consecutiva nos servirá en la senectud para tener algo en qué pensar mientras nos apagamos lentamente. Eso es todo; podremos decirnos a nosotros mismos: yo vi ganar a la selección un mundial, una Eurocopa (o dos). Ser testigo de algo es al menos ser dueño de un consuelo. Yo lo vi, o sea: yo viví para ver eso.

Vivir para ver ganar a tu equipo, como si al ganar tu equipo de alguna forma ganaras tú, como espectador, viene a ser lo mismo que vivir para no tocar la vida o para observar sólo la vida de los otros. No mezclarse, no inmiscuirse, no tomar partido, no jugársela, no figurar, no estar, no pronunciarse. Únicamente observar, frente al televisor, cómo va ganando con elegancia un equipo de fútbol.

Ayer viví el partido de fútbol a través de Internet, esto es, con delay. Cuando Portugal fallaba un penalti oía los gritos de la multitud y luego, unos veinte segundos más tarde, veía en mi pantalla el acontecimiento, la cosa en sí. Ver un partido de fútbol sabiendo que ya ha ocurrido lo que se está viendo es una traición a la sociedad, al modo de vida, al vecino que salta mientras tú te preguntas si no deja de tener sentido ese pequeño diferido. En realidad estaba más pendiente de los gritos del barrio que de lo que veía. Cada ocasión de gol quedaba, por el delay, huérfana de aullido por mi parte. Saber que el balón se va a perder arriba, en las gradas, o que el penalti no será pitado, me daba también cierto sosiego. Empecé a pensar que la actualidad es una enfermedad y nosotros somos los síntomas. Empecé a pensar que observar algo que no está sucediendo, algo que ya ha sucedido, nos procura siempre un estado melancólico. Pero la melancolía no puede operar con el pasado inmediato, la melancolía trabaja con las grandes distancias temporales.

Una melancolía falsa, pues. Una melancolía que no conoce las reglas del pasado, la persistente acción del tiempo, un sucedáneo, como el fútbol con delay.

Ver el fútbol así me recuerda también algo perverso e inevitable: sólo el instante tiene la capacidad de agitar la voluntad, sólo la acción puede conmocionar, quizá por eso el apocalipsis no termine de convencernos, quizá el apocalipsis suena también con delay.

Observar es, de algún modo incomprensible, jugar a intuir qué es lo que va a pasar. Actuar es construir, actuar es posicionarse, tomar partido, contratacar. Observar es refrendar la realidad, hacerla legítima. Actuar es, de algún modo incomprensible, impugnar la realidad, negarla, proponer otra distinta. Observar es asegurar la no injerencia, no mancharse las manos. Actuar es mancharse las manos.

En realidad todo tiene un delay inapreciable, todo nos llega amortiguado unos instantes después. Solo la muerte emite en riguroso directo.

Como observadores de un mundo espectacular estamos armados con el delay fatídico de la melancolía.

En todo esto pensaba mientras veía el fútbol con delay.