La protección del más débil o la persecución del más pillo

La homosexualidad fue delito en este país hasta el año 1979. La Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que sustituía la Ley de vagos y maleantes, castigaba con multas, prisión o internamiento en psiquiátrico la mendicidad, la homosexualidad, la transexualidad y la pornografía entre otras conductas. Algunos homosexuales a finales de los años setenta sufrieron lobotomías y técnicas de electro-shock porque así lo establecía la Ley para “rehabilitarles”. La homosexualidad fue perseguida incluso muerto el General Franco.

Muchos días llevo pensando en la corrección política y el afán de algunos por tratar de desvelar la moral dominante y la hipocresía que encierra atacando las –llamadas- posturas buenistas. A mi también me repugna el snobismo de ciertas imposturas y el constante postureo ideológico que algunas vedettes de la opinión (a derecha e izquierda) esgrimen con pretendida superioridad. En el ámbito de la moral bienpensante la homosexualidad y el travestismo siguen levantando cuando menos extrañeza. Algunos críticos preguntan por las bases científicas que avalan los posicionamientos igualitaristas para los casos de transgénero, algo que levanta encendidas polémicas. En este vídeo el entrevistador siente que la clave del asunto está en el punto de vista científico, pero en torno a los usos y costumbres sexuales poco puede decir un científico, podrá en todo caso explicar cómo funcionan los aparatos reproductores de uno u otro género y qué sucede cuando se alteran. ¿Puede explicar la ciencia por qué nos gusta más que nos la chupen? La cuestión es otra y entrar en ese juego es inútil porque incluso aunque la ciencia demostrara lo contrario estamos hablando de derechos, no de biología. Los derechos no pueden estar nunca supeditados a aspectos biológicos puesto que entrarían en conflicto con la propia naturaleza del derecho.

Todo lo que huele a izquierda es deslegitimado desde la derecha por inocente, infantil, poco riguroso, ignorante, inconsistente, arbitrario, inútil, pueril, absurdo, excéntrico. Y todo lo que huele a derecha es atacado desde la izquierda por fascista. El fascismo es un término tan potente que no necesita mayor explicación.

Yo creo que la incorreción política (es decir, el racismo, la intolerancia, el machismo y demás formas de dominación) es una respuesta a los avances en materia de igualdad social que se han producido en numerosas partes del mundo en los últimos quince años. Puede tener cierta gracia el cinismo chestertoniano a la hora de valorar la bonhomía con la que algunos se lanzan a celebrar la fiesta de la igualdad, pero entre eso y negar derechos a un individuo por su condición sexual hay un camino en el que uno puede perderse. No ignoro tampoco que en los derechos adquiridos alguien pueda ver una oportunidad para medrar, una ocasión para beneficiarse personalmente, pienso en un hombre que después de cambiar de sexo pretenda competir en las mismas categorías deportivas que lo hacen las mujeres, pero en este caso deberá ser la disciplina deportiva la que regule, ordene y sancione. En cualquier caso uno puede optar por dos caminos: la protección del más débil o la persecución del más pillo. Yo opto por la primera.

La Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social fue derogada completamente en 1995, más adelante (en 1999) se declararán confidenciales los archivos policiales que contienen toda la información de la represión efectuada por los agentes de seguridad; ese archivo solo puede ser consultado por investigadores e historiadores.

Premiar la desobediencia

Premiar la desobediencia es un peligroso oxímoron que solo podía venir de los Estados Unidos. Leo en la prensa que el Instituto Tecnológico de Massachusetts acaba de crear un premio a la desobediencia civil dotado con 250.000 dólares, lo cual me lleva a pensar si una persona o grupo de personas cuya función consiste en llevar la contraria, impugnar un orden, agitar las calles o remover la conciencia estaría dispuesta a plegarse ante semejante chantaje. ¿No es un premio una forma sutil de chantajear? También podría suceder que las personas o grupo de personas que deciden oponer resistencia civil se vieran mediatizadas por el acicate del dinero y acudieran beligerantes a mostrar su desobediencia no por el hecho de creer en ella sino para conseguir el botín. Los niños no se portan bien porque entiendan el valor moral, lo hacen para conseguir el caramelo.

En su afán por asimilar todo a la cultura del capital la lógica del mercado vende camisetas del Che Guevara y posters de Mahatma Gandhi con la misma soltura que comercia con la iconografía del espectro ideológico contrario. No importa si llevamos una camiseta de Stalin o Hitler, lo que importa es comprar la camiseta. El motivo no es el mensaje, el mensaje, nuevamente, es el medio: la camiseta o, mejor, gastarse el dinero en ella. Porque de eso se trata. El dinero puede comprar incluso la sensación de que uno no necesita dinero.

Hay una verdad que de tan obvia me resulta sonrojante: los movimientos de protesta y las personalidades que se erigieron como símbolo de resistencia civil no buscaban ganar dinero, ni fama, ni notoriedad institucional; buscaban producir un cambio. La recompensa era el cambio, el premio gordo. Se jugaban la vida para que otros pudieran disfrutar un derecho, o sea que lo que hacían lo hacían por los demás. Ahí hay otra contradicción porque en Massachusetts entienden que la recompensa es para un individuo o grupo de individuos: el dinero siempre habla de tú a tú. Nada más concreto e intangible que el dinero. El dinero siempre será disfrutado por alguien, alguien concreto con nombres y apellidos, los derechos son para todos.

Desobedecer es ya la recompensa, paladear el NO, ver cómo el sistema se deshace ante un arma invisible, pues nadie pensó qué hacer cuando alguien dice NO, quizá meterle en la cárcel, pero en la cárcel de nuevo dice NO, en la calle en la cárcel en cualquier parte dice NO. El hombre rebelde niega como una forma de vida y su negación es el negativo de la foto que hizo, la negación es la semilla de un derecho y pagar por ello es una maldita bula y 250.000 dólares son muy pocos dólares para pagar la dignidad. Quizá un millón, mil millones de dólares como recompensa, un billón de dólares, no sé, todo el dinero del mundo como recompensa a los que desobedecen y se sientan pacíficamente y hacen el gesto de la paz y antidisturbios y gas lacrimógeno y violencia y palos y luego 250.000 dólares. Así funciona el circo del mundo.

Que no te engañen

Se equivocan aquellos que apelan a la libertad de expresión para defender el derecho del señor Ignacio Arsuaga a pasear por Madrid proclamas de una falsedad sonrojante. No porque yo crea que no tiene derecho, que si lo tiene, sino porque de haber delito este sería para con la verdad. Probemos con esta frase: “El Sol gira alrededor de la Tierra”, o con esta otra: “La Tierra es el centro del Universo; que no te engañen”, o quizá con esta: “La sexualidad correcta es la que marcan tus genitales”. En las tres afirmaciones se pone en juego una verdad que no admite discusión. Pero afortunadamente hoy sabemos que es la Tierra la que gira alrededor del Sol, también sabemos que la Tierra es redonda y también sabemos que la sexualidad tiene un componente cultural que es imposible desdeñar, o sea que no todo es una cuestión de pollas y coños, señor Arsuaga, que está usted obsesionado.

¿Cómo vería Platón (piedra angular del pensamiento católico) la proclama del autobús? ¿Es la sexualidad una cuestión de género? ¿Aún queda alguien que piense que en la antigua Academia griega los grandes filósofos solo se dedicaban a soltar genialidades y oler flores?: que no te engañen. La verdad siempre es mucho más compleja y más oscura.

Así que no está en juego la libertad de expresión porque el autobús no está expresando nada; está interpelando directamente al receptor: que no te engañen; está diciendo qué es lo que es y qué es lo que no es: que no te engañen. Si el texto estuviera contextualizado en una obra de ficción (pongamos un guiñol de marionetas) yo sería el primero en salir en su defensa. Pero no es así, el autobús salió a la calle para explicarnos en qué consiste ser niño o ser niña. El autobús tenía una misión que no era precisamente entretener. La misión del autobús era clara: educar. Aquellos que a su vez, y dando una vuelta de tuerca al asunto bastante rimbombante, acusan a la sociedad (o la política) de tratar de educar prohibiendo la circulación del artefacto, olvidan que en este caso es el autobús el que trata de decirnos cómo son las cosas: que no te engañen.rohit-khandelwal2

Los titiriteros que la liaron en Febrero del 2016 pasaron 48 horas en régimen de incomunicación (tratados como terroristas) y no vi muestras de indignación en aquellos medios que ahora apelan a la libertad de expresión. Nadie sabía nada de esos dos chavales, pero el linchamiento mediático fue terrible. Si hubiera dependido de algunos locutores de radio esos dos chavales estarían aún en prisión y los responsables de la programación de aquel Carnaval defenestrados de por vida. ¿Se tuvo en cuenta entonces la libertad de expresión? ¿Qué es más peligroso un programa de adoctrinamiento o una obra de teatro? A tenor de las reacciones en estos dos casos empiezo a pensar que es mucho más influyente y peligrosa una obra de teatro que un programa pedagógico: no se si esto me gusta o me disgusta.

Es otra cosa

El año ha empezado con la política languideciendo en los conflictos internos de Podemos. Si Pedro Sánchez escenificó la traición y la falta de liderazgo, Pablo Iglesias va camino de deshacerse asediado por las dos grandes fuerzas del partido de los círculos: Errejón y Urbán. Que Podemos sea un partido hecho de una amalgama donde tanto caben los clásicos verdes como los clásicos anticapitalistas impone un hándicap que consiste en saber qué pegamento utilizar para que todo quede bien pegadito y no se desmonte al menor soplido del lobo. Además, amigos, el lobo puede estar dentro de casa y no fuera como se empeñan algunos en apuntar.

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La política languidece porque todo parece ordenarse felizmente: por fin tenemos un año sin elecciones desde el 2013. Nos ha gustado perfumarnos de distinguidos comentando en la oficina los movimientos políticos y ahora todo ese ajetreo se va desinflando y nos va poniendo en nuestro sitio. Ya solo cabe hablar de quién saldrá fortalecido en Vistalegre II, si no hay sorpresas todo apunta a una coreografía perfectamente sincronizada, quizá un abrazo a tres entre Errejón, Urbán e Iglesias para que los votantes de Podemos puedan pensar que todo está en orden, la izquierda avanza, etcétera, etcétera, etcétera.

Con la derecha fortaleciendo su posición en las encuestas cabe preguntarse si no será el partidismo el que está en crisis, quiero decir que, cada vez más, el votante se identifica con un estado de ánimo y no con un ideario político, e independientemente de los escándalos que pueda generar el partido que gobierna, lo que percibe la mayoría de la gente es un estado de las cosas, osea, que baje el paro, que aumente el número de afiliados a la seguridad social, que salga el Sol cada día y que la contaminación no nos ahogue. No el fin de las ideologías, si no más bien, el principio de las ideologías secretas o las ideologías de bar: que el ideario no pase de una conversación acalorada e insustancial en la hora del vermú. La ideología como moral, y como moral, sometida a las leyes de la hipocresía, el cinismo, la divagación.andres-velencoso-nude

Durante la segunda mitad del siglo XX se esmeraron algunos pensadores por superar la etiqueta marxista en la crítica social (por ejemplo Foucault) porque los regímenes comunistas le quitaban la razón a cualquier pensador que tratara de justificar una alternativa al capitalismo. Hoy sabemos que el capitalismo ha ganado, la cuestión ya no puede ser buscar un modelo de sociedad alternativo porque todo intento de forzar el sistema termina siendo catastrófico. El sistema no tiene responsables y por lo tanto no puede ser juzgado ni modificado ni destruido, el sistema no es una creación consciente, no responde a ningún plan, no hay buenos y malos, no hay traidores, no hay plebeyos. Hablo del sistema como organismo cuasi vivo, que respira y se ordena. No es el sistema de representación, no es la dictadura del proletariado, no es la monarquía parlamentaria, no es la República. Es otra cosa.

Bob Dylan

La Academia sueca ha otorgado a Bob Dylan el premio Nobel de literatura. Yo se que muchas (y muchos) estáis esperando a ver cuando aparece aquí Andres Velencoso. No nos demoremos mas.

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Cada año la Academia sueca se esfuerza en darnos a conocer un nombre impronunciable de obra exquisita (Tranströmer, Szymborska) algún poeta desconocido y pretendidamente imprescindible que nos deja cara de póker y enaltecimiento de cejas. El Nobel nos hace un poquito más ignorantes. Todos los años el anuncio del galardonado viene con una retahíla de detractores y defensores que aprovechan para escupir su rencor o su erudición (¿no será la erudición una forma refinada de odio?). Pero yo no he venido aquí a hablar de eso. Yo he venido a hablar de rock&roll.

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Ignoro cuáles son las aportaciones del viejo Zimmerman al arte de la poesía. Entiendo que no basta con ser un poeta, pues poetas hay miles, y formas de poesía tantas como quiera el respetable, Duchamp decidió volar por los aires el corsé de la estética plantando un urinario en el museo de Nueva York. Desde entonces hay miles de críticos rondando ideas como lobos hambrientos y desorientados. Con el cantautor de Minnesota puede pasar lo mismo. Pensemos como un viejo rockero antes que como un viejo crítico de arte para no perder la perspectiva. La cuestión no es comprender si Dylan lo merece o no, si tiene o no méritos o si la poesía fue primero oral y acabará siendo anal. Pensemos cuándo empezó todo a joderse, como diría otro Nobel.

El intrusismo de la Academia sueca en el mundo del rock descubre las carencias de la institución a la hora de servir de guía o a la hora de formalizar un canon peligrosamente cercado por la lógica del capital; pero corona un recorrido que empieza con Bono entregando sus gafas al Papa Wojtyła, continúa con BB King regalando su guitarra al mismo Papa, Mick Jagger doblando su espalda para convertirse en Lord y el mismo Dylan cantando en privado de nuevo para Juan Pablo II. Entiendo que The times they are a changing’, pero una cosa es cambiar y otra, muy distinta, renunciar a tus principios. Si Dylan representa algo es aquella contracultura que nació en los sesenta en los Estados Unidos de américa. Una contracultura que suponía la negación del discurso predominante por una nueva verdad irreverente, contestataria, siempre en lucha. Una verdad que no admitía premios ni castigos y que lo único que le interesaba era expresar su dolor. Aquellos jóvenes no pensaban hacerse ricos, pensaban cambiar el mundo.

La cuestión no es si Dylan merece o no el premio, la cuestión es si debe aceptarlo, la cuestión es si el rock&roll también ha palidecido frente a la descomunal supremacía del pensamiento único.

Yo creo que Suecia ha perpetrado su mayor provocación entregándole el premio a un norteamericano (recordemos la polémica entre la academia sueca y la narrativa estadounidense), lo que le corresponde al gran Dylan es perpetrar el asesinato perfecto rechazando el premio.

Títeres desde abajo

La simplificación es peligrosa y puede llevar a situaciones incómodas. El asunto de la compañía “Títeres desde abajo” despierta encendidas posiciones e interesados partidismos. Todo parece enormemente confuso: la obra no era para niños; la obra era para todos los públicos; el ayuntamiento lo sabía; el ayuntamiento no lo sabía; los titiriteros no sabían para quién actuaban; el programador que contrató a la compañía no conocía la obra; etcétera, etcétera.

La consecuencia inmediata de este lío ha dado con los dos titiriteros que representaban la obra en la cárcel, acusados de enaltecimiento del terrorismo. De esta manera se equipara a Arnaldo Otegui con una compañía de titiriteros. O sea, que es lo mismo realizar un acto de apoyo a personas que cumplen penas por terrorismo que escenificar con marionetas de trapo una estrambótica parodia.

Con la libertad de expresión sucede que hay demasiadas aristas e hipocresías en juego. Ya nadie se acuerda del Charlie Hebdo; cuando somos nosotros de quien se ríen la solidaridad no es tan fácil, con el orgullo herido la hipocresía coloniza cualquier pensamiento. Hemos pasado del Je suis Charlie a encarcelar a dos jóvenes que hacen marionetas en la calle. Todo muy proporcionado, muy español. Penalizar judicialmente las ideas es una herida silenciosa contra la que no se puede gritar: es delito negar el holocausto nazi, quemar la bandera nacional, o ensalzar el terrorismo. No me seduce ninguna de esas tres acciones y sin embargo creo que defender su negación es dar un ejemplo de tolerancia frente a aquellos que niegan el holocausto nazi, queman banderas o se enorgullecen de aquellos que ponen bombas.

Decía Michel Foucault en “Vigilar y castigar” que con la cárcel se trata de castigar otra cosa distinta del cuerpo: el alma; después de siglos de barbarie el espectáculo del patíbulo (el castigo) se va refinando hasta dejar el cuerpo escondido y a la plebe huérfana de espectáculo sangriento. Ocultar el delito parece ser el recorrido que sigue lo punitivo hasta llegar a las cárceles modernas. Así, que las personas que manejan los hilos de los títeres acaben en la cárcel demuestra que las ideas están penalizadas por la ley, y por lo tanto hay que ocultarlas.

La sátira ha sido siempre el arma del pueblo para combatir la frustración; todos los poderes fácticos están sujetos a la parodia y el escarnio, faltaría más. Cuando el Rey ve que la risa de sus súbditos no podrá nunca derrocarle la permite, incluso la promueve para que sus súbditos, a falta de algo mejor, tengan al menos la risa. Tratar de hacer gradaciones en el ámbito de lo cómico es inútil: no hay bromas moralmente aceptables, toda broma, toda parodia es una provocación insoportable.

Titiriteros desde abajo se equivocó de público. Pero esa ofensa no debería castigarse con la cárcel, en primer lugar porque el supuesto acto de enaltecimiento del terrorismo se produce en un contexto ficticio y bajo las leyes de la ficción. Que yo sepa un juez no tiene potestad para decidir qué está bien o que está mal dentro de una obra de teatro. Otra cuestión, igual de punzante, consiste en preguntarse por qué, si la obra no era apta para menores (tal y como aseguran los propios titiriteros) y visto que antes de que diera comienzo la función el público era mayoritariamente infantil, por qué, digo, no se negaron ellos mismos (los titiriteros) a llevar a cabo el espectáculo de marionetas.