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“Se necesitan hombres para viaje arriesgado. Poco sueldo, mucho frío, largos meses en total oscuridad. Peligro constante, sin garantía de regreso. En caso de éxito, reconocimiento y gloria”

Shackleton, 1914

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7ª Sinfonía de Shostakóvich (Leningrado)

A todos nos fascina la segunda guerra mundial porque nos gusta revisar cómo se vestía entonces y cómo se luchaba, sobre todo cómo se luchaba. La segunda guerra mundial es el conflicto más fácil de entender de la historia reciente: buenos contra malos, ingleses contra alemanes, americanos contra japoneses, todos contra los judíos. La segunda guerra mundial es el acontecimiento histórico  más determinante de los últimos setenta años, visto que las guerras del Golfo y las africanas y las de Asia van pasando como un carrusel fantástico, como un espectáculo de fondo; el mundo es un ruido de fondo y la historia es el eco de ese ruido cuando se va apagando. Esa simpleza de la guerra, esa hombría, queda perfectamente explicada en los uniformes bien planchados de los alemanes y en el pretendido descuido en el vestir de los aliados, tal y como nos mostró y nos muestra aún Hollywood. Si apagamos la memoria y la televisión nos quedamos sin guerra y obtenemos el fatídico relato de la verdad, que es un ejercicio de crueldad sin reglas: Hamburgo, Iroshima, Auschwitz, Leningrado. En una guerra el enemigo no existe y se lucha siempre contra el incierto instinto de matar al otro, gana casi siempre el instinto.

W G Sebald dedicó un libro (Historia natural de la destrucción) a explicar cómo los buenos ejercieron también de malos cuando bombardearon innecesariamente, hacia el final de la guerra, algunas ciudades alemanas; el ejemplo más paradigmático: Hamburgo. El desconocido escritor alemán H E Nossack también dedicó un libro (El hundimiento) a pormenorizar los bombardeos de aquella ciudad, que era su ciudad, y en los que perdió gran parte de su producción literaria. Apoteósico final para un manuscrito: ser arrasado por un bombardeo de la USAF. Así, la trastienda de la historia, que es la crueldad de escupir la verdad sin mayor miramiento, nos acerca a lo que somos sin máscaras y con la duda de no saber si queremos saber, de preferir los trajes de Hollywood y las películas de Spilberg o de Kubrick para acercarnos a la guerra antes que la dolorosa verdad. La verdad que Jean Amery, Primo Levi y Kertesz desconfían de poder trasmitir mediante la palabra.

Sin embargo, también hay grandezas escondidas en el corazón del animal herido, también hay voluntad de héroe en el verdugo, no todo es depredación. De entre las innumerables historias ocultas bajo la montaña de las ruinas, rescato la que se vivió en Leningrado: el mayor asedio conocido de la historia, novecientos días en los que Hitler pretendió matar de hambre y frío a la totalidad de la población. El tópico consiste en afirmar que las cifras son escalofriantes, pero lo cierto es que ninguna cifra puede ya asombrarnos. Las cifras nos dejan siempre indiferentes, probemos: entre setecientos mil y dos millones de civiles muertos a causa del hambre y el frío durante los tres años que duró el asedio del ejército alemán. Probemos de nuevo: cincuenta grados bajo cero. Ahora con hechos en lugar de cifras: canibalismo, desaparición del transporte público debido a la falta de combustible, cierre de fábricas, quema de la biblioteca nacional (dos siglos de antigüedad).

La ciudad de Leningrado, el símbolo de la alta cultura rusa, devastada por la maquinaria alemana, y bajo este escenario el hecho insólito: los teatros persisten en su funcionamiento con representaciones cada vez más precarias pero con significativa afluencia de público. Que no puedas comer pero puedas ir al teatro no es una extravagancia, es el signo inequívoco de que todo producto cultural responde, o debe responder, a una necesidad imperiosa y angustiante, la necesidad de explicar el mundo.

También la música. Durante los primeros meses del asedio, Shostakóvich comenzó a escribir la partitura de la que habría de llamarse Sinfonía Leningrado, una obra de dimensiones desproporcionadas —para la que se necesitan ciento nueve músicos y  una hora y cuarto de interpretación— en la que el compositor trata de fijar el sentimiento trágico de responsabilidad heroica frente a la barbarie de la guerra. Su composición se estrena en el año 1942, en Samara, posteriormente en Nueva York. La sinfonía pronto se convierte en un slogan que Stalin explota y trata de enarbolar como banda sonora de la resistencia rusa, mientras, en Leningrado, los habitantes cocinan ratas y caldos con restos de humanos, los casos de canibalismo se multiplican e incluso algún desafortunado es juzgado por practicarlo; al igual que el asedio se recrudece, se recrudece también la represión del alto estamento ruso sobre sus conciudadanos.

En 1943, cuando el asedio cumple dos años y la 7ª Sinfonía de Shostakóvich ha alcanzado ya la categoría de símbolo, un avión ruso sobrevuela el cielo de la ciudad devastada y arroja pequeños montones de papeles anudados con una cuerda: se trata de la partitura de la sinfonía. Cuesta encontrar a ciento nueve músicos que puedan sostener su instrumento e interpretar con algo de dignidad la pieza, pero finalmente se consigue. Mientras la nieve cae, los hambrientos supervivientes del asedio tantean el allegro con cierta grandeza desolada.

El rostro del verdugo

Los grandes desastres de la historia tienen responsables, nombres propios, biografías, razones de peso que justifican un genocidio, un expolio, una guerra. Detrás de cada atrocidad resplandece un autor que deja su firma para que los historiadores y los sociólogos y los psicólogos y los filósofos y —en fin— todo el ejército de interpretadores del hombre, establezcan la naturaleza del mal y le pongan cara. Por ejemplo Hitler, por ejemplo Stalin, por ejemplo Hernán Cortés. Cuando le ponemos cara al horror lo hacemos más humano, dejando bien claro que en nosotros conviven cielo e infierno, como ya dijera Omar Khayyan.

Sin embargo, ni Hitler ni Stalin se mancharon las manos con la sangre de sus víctimas; otros ejecutaban la orden, otros que a su vez delegaban en otros hasta llegar a la base de la pirámide. Sosteniendo todo sistema siempre hay un basamento de hombres que pasaban por allí, son los hombres que construyen el edificio de la historia que otros han planificado. Estos últimos responsables son los que siempre me han interesado. Son tipos como tú y como yo, que acuden a sus puestos de trabajo, puntuales y siniestros, para obedecer la orden, apretar el botón, apretar el gatillo, apretar la soga. Cuando en la fábrica gires por enésima vez el tornillo recuerda que siempre hay un trabajo peor, aunque la mecánica sea la misma. Recuerda también que nunca sabe uno con exactitud para qué trabaja.

Detrás de cada Adolf Eichmann alguien se tuvo que ofrecer a disparar; el denominador común de los responsables es su capacidad para no tocar nunca aquello sobre lo que tienen poder. Mucho más eficiente, mucho más manejable para la conciencia, es firmar un papel o escribir una carta oficial, o dar un discurso. Detrás del responsable primero hay siempre un ejército de responsables últimos a los que la historia no juzga, son hombres de verdad y no tienen rostro, son los verdugos mudos, los hacedores del mito, tú y yo podríamos ser uno de ellos, basta con que nos den la orden adecuada, basta con que nos paguen un sueldo.

Nos pasamos más de media vida obedeciendo órdenes y diluyendo nuestra propia responsabilidad en la responsabilidad de un superior, mirando siempre para arriba. Me pregunto cómo todo un ejército (en el caso de la Alemania nazi) no fue capaz de cuestionar la estrategia del exterminio; me pregunto cómo un verdugo puede soportar el peso que supone terminar con una vida, el peso de la culpa.

El nazismo, los gulags, la conquista americana o el comercio de esclavos, no son episodios puntuales de la historia, no son circunstancias especiales, son el mosaico de lo que podemos hacer para sobrevivir o para sobrevivir en mejores condiciones que el otro; cuando en circunstancias desfavorables alguien aprieta el gatillo, normalmente lo hace bajo dos coacciones: una, la coacción de un tercero; y dos, la propia coacción, que consiste en decirse: yo sólo obedezco órdenes, no estoy apretando realmente el gatillo, lo aprieta alguien por mí.

Suspendiendo la voluntad suspendemos la responsabilidad. Esta relación, que nuestra cabeza sabe falsificar tan bien, me fascina, y quiere decir más o menos que aunque sea el ejecutor de un acto deleznable, puedo no ser el responsable. Puedo matar a alguien y no ser culpable, puedo, sencillamente, cumplir órdenes.

Me fascina la vida de la gente anónima mucho más que la vida de la gente eminente. ¿Qué motivaciones llevan a un tipo a alistarse en el ejército, a presentarse como voluntario para el odio?

Hanna Arendt describió la banalidad del mal como una situación y no como algo innato al hombre; según la filósofa judía, basta con que se den las circunstancias adecuadas para que cualquiera se convierta en un asesino, es decir, a simple vista el genocida no es un demente, es un tipo normal. Esta teoría puede cuadrar en la cabeza de un dirigente (por ejemplo Eichmann), porque nunca toca la verdad que sus órdenes proponen, nunca se mancha las manos, pero la teoría cojea cuando hablamos de gente normal, esto es, cuando hablamos del verdugo. Me atrevería a decir, incluso, que suspender la voluntad propia debe ser un placer comparable al de algunas drogas. Si algo puede explicar cuál es la razón y la mecánica del mal, ese algo debe ser lo más parecido al acto de abandonar la conciencia propia, dejar por unos momentos de ser responsable, descargar sobre otros la culpa, ser durante unos instantes salvajemente libre. Cuando se aprieta un gatillo la vida pesa tanto como los treinta gramos de una bala calibre veintidós, es decir, apenas nada.

El vértigo de la historia

Todos los recuerdos que tengo parecen venir no de hace treinta y seis años, sino de otra época; además, a este equívoco se le suma una sensación perturbadora: el tiempo ha transcurrido demasiado rápido. Nos cuesta comprender el transcurso del tiempo y al final lo representamos como una colección de instantáneas. Al comparar las instantáneas de nuestra memoria con las instantáneas actuales, decidimos que ese cambio es fruto de la acción del tiempo. Bajo este razonamiento encontramos el siguiente axioma: el paso del tiempo no es más que la modificación del paisaje. Estimamos que el tiempo pasa sólo cuando la realidad se modifica, si no hay modificación no hay temporalidad. Imagino que en nuestro cerebro esta trampa está perfectamente localizada y escondida. Algún día descifraremos el laberinto y mataremos al minotauro, descubriremos entonces, perplejos, que el minotauro tiene nuestro rostro.

Siempre que me enfrento al tabú de mi propia muerte, lo hago preguntándome qué había de mí en el mundo antes de ser esto que soy ahora; en lugar de preguntar qué habrá después, tiendo a buscar mi rastro en el pasado, tiendo a pensar que antes de mí se abre un abismo que se cierra momentáneamente en este instante para luego volver a desplomarse en el infinito de la nada; soy una tregua. Soy la tregua del tiempo entre dos eternidades.

Que nadie se deprima, la tregua es divertida, en la tregua podemos pelear o correr, la tregua suena una sola vez como suena una sola vez el ring del último round.

Mirando así —con esta perspectiva— dos mil años de historia, podemos afirmar que entre nosotros y la sociedad de Herodes solo hay un tenue parpadeo. Para nosotros el tiempo ha pasado mucho más rápido que para Judas Iscariote. La historia va acelerándose exponencialmente y nunca conocerá su fin (lo siento por Fukuyama) pero irá poco a poco perdiendo su propia memoria, acabaremos abrumados por la cantidad elefantiásica de instantáneas (información) y nuestro cerebro no sabrá procesarlas.

Hoy, volviendo del trabajo, he oído en la radio la sintonía de un programa que veía en la televisión de los ochenta. El sonido me ha transportado a aquellos años perdidos y he pasado toda la tarde recreando en mi imaginario la España de aquella época. Todo ha cambiado enormemente, tengo la sensación de que todo ha ido creciendo conmigo. He sentido un vértigo parecido al que puede sentirse cuando se observa con extrañeza y aburrimiento las piezas de un museo. Siempre me he preguntado qué tengo que ver con el hombre de Neandertal o con la antigua Roma. Todo conocimiento del pasado está lastrado por la incomprensión de lo que nos llevó de un status a otro. El pasado es una colección de postales; la historia es el relato más o menos científico que trata de llenar el vacío que hay entre postal y postal. No entiendo qué relación hay entre el niño que veía aquella televisión en los ochenta y este adulto que pierde el tiempo yendo cada día a la oficina: ambas imágenes son irreconciliables.

El vértigo de la historia consiste en comprender que no solo existe una brecha temporal entre un acontecimiento y otro, no basta sólo con constatar que hoy tenemos teles de plasma o Internet, conviene además trazar un relato que explique qué modificación ha operado, por qué antes no teníamos arrugas al sonreír. Quizá, el relato de lo que no se ve, nos ayude a comprender lo que vendrá, o sirva al menos de lenitivo para que el paso del tiempo no sea una herida que nunca deja de supurar.