La epidermis de los hechos

La posmodernidad ha convertido la guerra en un asunto sofisticado y fragmentario, de tal modo que señalarse antibelicista parece un posicionamiento antiguo y retrógrado, casi cercano a la barbarie. Los bárbaros, en un retruécano salvaje, son aquellos que pretenden huir de la violencia, aquellos que la condenan. Resulta llamativo que frente al NO a la guerra, algunos medios de comunicación traten de explicar con razonamientos de cierta complejidad el SI; se agradecería el mismo empeño de esos medios para explicar qué es un atentado terrorista y por qué se produce, visto que el análisis que suelen ejecutar es desoladoramente naif: el terrorismo es el mal y hay que acabar con él. Eso dicen.

Que un atentado terrorista nos resulte incomprensible, espantoso, aterrador e inhumano no significa que detrás de él no haya un significado complejo que podamos llegar a conocer. Lo hay. Todo lo que viene haciendo el hombre desde el despertar de las civilizaciones tiene un por qué. Decir que los terroristas pretenden sembrar el terror no es ni cierto ni falso, es quedarse en la epidermis del problema. Detrás de un atentado hay una planificación meticulosa y detrás de la planificación meticulosa hay causas y objetivos de naturaleza política. No es el mal absoluto, puro, definitivo y caótico. No es el mal por el placer del mal.

Con el terrorismo imponiendo sus reglas -como la eliminación del campo de batalla y la ampliación del ejército enemigo, situando las trincheras en cualquier punto del planeta y apuntando como adversario cualquier persona que pase por allí- Europa ve palidecer sus principios y su discurso, olvidando que su propia historia se ha ido construyendo a sangre y fuego. La guerra no es una excepción, es la norma en la comunidad internacional, tan hipócrita y olvidadiza. Francia enarbola su bandera y recita su himno mientras Hollande hace proselitismo con sus homólogos para ver si le echan una mano; cuando yo era pequeño nadie se atrevía a pedir ayuda a la hora de la pelea porque era mucho peor que te acusaran de abusón que recibir un puñetazo (pero siempre había alguien dispuesto a azuzar la gresca, ofreciéndose como espada o padrino). Con Inglaterra y Alemania involucradas ya o a punto de hacerlo me pregunto si realmente es necesario tanto aparataje bélico para acabar con el califato. La información es confusa y nadie está a salvo de la mentira. Francia afirma haber atacado ya centros de entrenamiento yihadista, pero algunos expertos dicen que esos centros de entrenamiento están cerrados o son sencillamente campos baldíos, carentes de interés militar. Turquía derriba un avión de combate ruso y Putin se atreve a hacer público un runrún que suena desde hace meses en la prensa: que los mismos que sufren atentados compran petróleo al Daesh en el mercado negro y por lo tanto son cómplices de los terroristas. Estados Unidos, en un extraño papel, lidera los bombardeos (es el país beligerante que más operaciones militares ha llevado a cabo en Siria e Irak hasta la fecha) pero parece hacerlo en sordina, para que la opinión pública no les acuse de haber empezado la tercera guerra mundial. El escenario internacional es ambiguo y complejo, nadie parece estar a salvo y todos parecen haber caído en sus propias trampas, la financiación del Estado Islámico así lo demuestra.

Mientras Europa va conformando un bloque bélico nuestro Gobierno retarda su posicionamiento para que las cuentas de las elecciones cuadren en Génova; la autoridad de Rajoy ha quedado demostrada en un famoso programa de radio cuando el Presidente le ha dado una colleja a su hijo. Rajoy, que lleva cuatro años tratando de pasar desapercibido, tendrá que retratarse en una guerra, el escenario mas comprometedor para un político. Es seguro que el partido popular, tan partidario del orden, tratará de estar junto a los adalides de la libertad de Occidente, pero la ayuda que tenderá Rajoy a los gabachos deberá ir refrendada por el apoyo de las urnas, donde los españoles estaremos respondiendo, como siempre, otra cosa distinta de lo que se nos pregunta.

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Pablo Iglesias es un perro

Como si fuera un perro, el discurso de Pablo Iglesias ha envejecido en un año el equivalente a diez o quince en la vida de un hombre. El madrileño de pelo largo ha sufrido la verdad de la política que nos enseñó el maestro Raul del Pozo: la política y el sexo son sucios cuando se hacen bien. Desde la candidez de las entrevistas de la Tuerka Pablo Iglesias nos gustaba porque aspiraba a cierta pureza, desde su escaño del Parlamento europeo todo se volvió lejano y difuso, demasiado limpio e inocente; la revolución y la igualdad forman parte de un ideario que aburre cuando trata de tocar la realidad, porque en la vida real todo es mucho más primitivo, más sucio, más violento. También como si fuera un perro Pablo Iglesias parece el mejor amigo del hombre: renta básica, subidas salariales, referéndums para todos, la democracia como una fiesta a la que por fin nos han invitado. Un perro que se deja acariciar porque está diseñado para recibir caricias a cambio de fidelidad. El palo que lanzamos para que el perro nos lo traiga es aquí la indignación de haber perdido el trabajo o de seguir trabajando por el mismo salario que nos pagaban hace 15 años.

A fuerza de repetir el mismo discurso Podemos se ha convertido en una caricatura de sí mismo y las encuestas les van sepultando poco a poco; la casta ya no les tiene miedo porque la casta (ese término que inventaron ellos sabiendo que no inventaban nada) no existe o somos todos, como hacienda. Noto un cansancio en el político vallecano que parece venir de una pelea antigua: la lucha por ostentar la razón y, de paso, el poder. Los viejos partidos conocen las reglas del juego, Podemos ha tenido que sufrirlas para aceptar la lógica de las encuestas y al año capitular como partido minoritario, la minoría es una extravagancia de las encuestas, una anomalía.

Si Albert Rivera ha tenido una exposición pública gradual y ha ido subiendo en popularidad con cierta mesura hasta alcanzar la cota deseada en las encuestas, Pablo Iglesias tuvo una explosión inicial que va diseminando ahora los restos de su onda expansiva con agónica persistencia; ya no basta con hablar en un tono de voz pedagógico, controlado, seguro y revanchista, Pablo Iglesias no ha variado su discurso ni cuando las encuestas le colocaban a escasos puntos de la presidencia. Lo que para Pablo Iglesias es coherencia para la lógica política es una nada absoluta. Al menos Rajoy sabe pasar desapercibido y ningunear al periodismo nacional concediendo entrevistas desde pantallas de plasma. Quizá le hubiera ido mejor a Iglesias desapareciendo de la escena pública y apareciendo ahora, como mártir o salvador o ambas cosas en una sola persona.

La izquierda siempre ha tenido dos grandes enemigos, uno a su derecha y otro a su izquierda, en su propia casa se esconde la espada de Damocles que consiste en llevar a cabo todo aquello que promete y además hacerlo con el consenso de su propio partido. Mientras que a la derecha le basta cierto despotismo pragmático (o sea, decir que algo no puede ser y punto) la izquierda tiene un deber moral para con sus votantes y para consigo misma: hacer la revolución, conseguir felizmente que todos seamos iguales. En sus primeros meses de vida política Pablo Iglesias nos convenció de que era posible pasar del diez por ciento y tratar de disputar el poder a los dos grandes partidos. La ilusión del votante de izquierdas se disparó en esa época lejana e inmediata al tiempo, parece que fue ayer porque efectivamente fue ayer. Ahora parece que aquella quimera revolucionaria volverá a su porción habitual de tarta, el diez por ciento, toda vez que no ha sabido seducir al otro gran partido minoritario: izquierda unida.