Privatizar el Estado

Equiparar el gobierno de un Estado al orden familiar o empresarial, hace a los políticos más humanos pero también más innecesarios: si la cosa es tan simple, cualquiera puede llegar a ser Presidente, cualquiera puede manejar la calculadora de las cuentas públicas. Un país es, al final de toda discusión, una gigantesca empresa, una familia numerosísima y conflictiva; todo es muy de andar por casa y así podemos opinar con mayor libertad, podemos sostener teorías salvajes, podemos acusar con la ligereza del experto. La ecuación es simple y llevan un año repitiéndola: hemos gastado más de lo que ingresábamos; una familia no puede vivir por encima de sus posibilidades; una empresa no puede mantener sus cuentas si debe más de lo que ingresa.

Contra la simpleza del argumento apabullante, la realidad: un país no es una empresa, ni un hogar, ni siquiera un país es el conjunto de ciudadanos que viven en él. Un país es una entidad compleja que escapa a sus propios límites, nadie sabe con exactitud qué es un país, y así tenemos países dentro de países, nacionalidades contenidas unas dentro de otras, como muñecas rusas. Conducir la mirada del votante a la simpleza es el primer paso para ofrecer soluciones simples. Por ejemplo privatizar lo público; por ejemplo, decir que la gestión privada es más barata que la gestión pública. Si es así, podríamos empezar por privatizar la gestión máxima, el órgano de Gobierno: la Presidencia. Desde pelear o correr pedimos la privatización de las dos cámaras: Congreso y Senado. También pedimos la privatización de la casa Real, nos gustaría que el monarca fuera un vulgar empleado, que el Presidente del gobierno fuera un vulgar empleado (sometido como todos a las bondades de la nueva reforma laboral). Pedimos la privatización inmediata del Estado, para ahorrar costes.

A Felipe González le debemos la creación de empresas de trabajo temporal que se dedicaban a buscarnos trabajos en pizzerías y tiendas; aquella primera reforma de los lejanos años noventa, levantaron el edificio de lo que hoy conocemos por “externalizar servicios”, o sea: abaratar costes para que todo salga más barato. Desde entonces las empresas privadas no han hecho otra cosa que contratar mediante un tercero aquello que antes hacía un empleado de la casa. Dicen que esto es más barato…

La misma lógica que se utiliza en una multinacional, en la que el departamento informático, el departamento de recursos humanos o el departamento de calidad no son más que un servicio prestado, se aplica o se intenta aplicar a la administración pública. La sanidad es el ejemplo más candente y está dejándonos, huelga tras huelga, con cara de idiotas en las salas de espera de los hospitales y los centros de salud local. Que el Gobierno de Madrid se preocupe por dejar bien claro que no tendremos que pagar por ir al médico resulta aterrador: no abundaré en anteriores anuncios similares, o sí: no subiremos el iva.

La Sanidad debería ser un bien común exento de las leyes del mercado. Nadie tendría que pagar por recibir asistencia sanitaria, en ningún punto del Planeta, por muy caro y muy insostenible que resulte el invento. Un Estado no es una empresa y no puede medir sus resultados porque debería carecer de objetivos. Bajo la amenaza constante del déficit, de la deuda externa, de la diferencia con el bono alemán, se aplican medidas que en la empresa privada parece que dan buenos resultados para mantener salarios y postergar la ruina del asalariado gracias al enriquecimiento de la cúpula directiva. ¿Busca el Gobierno perpetuar este mismo principio desde sus escaños?

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Nuevos inmigrantes

El precio es la medida del deseo. Cuanto más alto es el precio más elevado es el anhelo de conseguir el objeto, la cosa, el estatus. Los objetos más deseados suelen ser los más caros. Todos deseamos caviar y Rolls-Royce, pero casi nadie desea hacer cola en el Mercadona. La simpleza es barata y la sofisticación cara. Esta ley absurda, que nos cosifica y nos domina desde —pongamos— el siglo XVIII, nos ha vuelto a todos estúpidos y nos ha puesto precio. Recuerda que tu vida vale lo que alguien esté dispuesto a pagar (ley de la oferta y la demanda).

El Gobierno pretende cobrar a los inmigrantes una tasa para conseguir el permiso de residencia. La tasa consiste en comprar una vivienda de unos 160.000 euros. De esta forma el ejecutivo de Rajoy mata dos pájaros de un solo tiro: el stock de viviendas y los inmigrantes ilegales. Tenemos un equipo de gobierno extremadamente brillante. Bastaba con colgar la etiquetita que marca el PVP, IVA incluido, para saber qué hacer con este embrollo de las fronteras.

Me pregunto qué clase de inmigrante puede hoy comprarse un piso de 160.000 euros en España. Imagino que la medida está destinada a los nuevos-inmigrantes, esto es, aquellos que no vienen a trabajar a nuestro país y que, por lo tanto, no les hace ninguna falta un permiso de residencia. El final del siglo pasado nos trajo ese nuevo escalón en la jerarquía de las clases: los nuevos ricos; asistimos ahora a la creación de una nueva casta: nuevos inmigrantes.

Que derechos básicos estén en pleno siglo XXI condicionados por el poder adquisitivo nos da una idea de hasta dónde puede llegar la esquizofrenia del mercado, ese pope al que todos miramos con extrañamiento y vaguedad. En esta carrera alocada hacia ninguna parte, dentro de muy poco tiempo no nos extrañará que todo aquello que consideramos gratuito y obtenido por derecho propio, tenga colgado un cartelito con el precio. Por ejemplo votar. Cuando los políticos pongan precio a las urnas, y cobren por depositar un voto, todo habrá terminado.

Los inmigrantes que vinieron en pleno boom no tuvieron las facilidades legales que hoy desarrolla el Gobierno, ¿alguien se imagina qué hubiera sucedido si, en pleno auge del ladrillo, el Gobierno de Zapatero hubiera propuesto una medida similar a la que hoy propone Rajoy?

Pagar por obtener un permiso de residencia es ponerle precio al tránsito de mujeres y hombres que pisan suelo español, pero es, además, prohibir por omisión la estadía de aquellos que no pueden pagar. Desde los círculos liberales se vende constantemente la supremacía de la libertad económica, pero resulta, amigos, que el liberalismo es la tendencia más elegante para ejercer la coacción: si no tienes dinero la libertad económica no sirve de nada.

Aquellos que levantaron colonias de apartamentos para los turistas rusos, alemanes, noruegos, etc. han tenido que volver a su país. Aquellos turistas que compren hoy un apartamento construido con mano de obra ilegal, obtendrán un permiso de residencia. La realidad supera siempre a la ficción.

Friends en la franja de Gaza

Leo, en el último número de la revista Quimera, una entrevista al estadounidense Morris Berman, crítico de la cultura de su país, del sueño americano y de todo lo que huela a Burger King y tardes perdidas en centros comerciales. Nos dice Morris Berman que la serie de televisión más vista en la franja de Gaza es Friends. Friends es (era) una serie ambientada en Nueva York y protagonizada por jóvenes que coquetean con la frontera de la madurez. En Friends todos los personajes visten a la última, viven a la última y tienen trabajos perfectos y honrosos. Todo es divertido y chic en Friends. Los Estados Unidos siempre han sabido vender una imagen que no es en ningún caso la imagen que resume el sentir de la mayoría de su población, pero es, al fín, la representación que el mundo da por buena del sueño americano, un sueño inexistente, una entelequia aderezada de paranoia.

Todo el mundo sabe situar, con cierto grado de aproximación, la franja de Gaza en un mapa, o al menos sabe que la franja de Gaza está en aquella región del planeta en la que nació Jesucristo y donde más violencia se cocina por metro cuadrado. Cada dos o tres años, la prensa nos descubre una nueva escalada de la violencia, la Intifada se dibuja como un conflicto de niños tirando piedras a tanques, o terroristas poniendo bombas .

Todo el mundo sabe que el conflicto palestino-israelí es el comodín de la izquierda, la carta sagrada que puede esgrimirse sin miedo a que le llaman a uno comunista. El conflicto, desde aquí, es muy sencillo y cuenta con una metáfora manida: David contra Goliat.

Lo que no sabíamos es que mientras caen los misiles israelíes, la población palestina cubre su ocio con un producto americano: Friends. Cuando se inocula el veneno del american dream, la guerra ya está ganada. Las series de televisión americanas han conquistado el mundo y han destruido muchas más resistencias que los misiles patriot. Lo cual nos lleva a pensar, desde pelearocorrer, que la cultura tiene más poder del que pensábamos; pensábamos que el entretenimiento era una cuestión baladí y resulta que entreteniéndonos podemos sucumbir a la dictadura de los felices, los indiferentes, los que pasan de puntillas sobre el mundo y sus bajezas.

Me cuesta imaginar el caos de la población palestina de Gaza, pero me cuesta mucho más imaginar que un joven, ataviado con su pañuelo palestino, tapado el rostro, lance una granada de mano a un carro de combate israelí y luego, después o antes de la siesta, encienda su televisor en casa para ver Friends. Parece que el círculo queda así perfectamente cerrado, y la rueda del consumo funciona hasta en el Infierno.

Que los palestinos vean Friends nos recuerda que podemos morder la mano de nuestro amo y luego agradecerle la comida. El mundo es una enorme paradoja gobernada por tipos que saben cómo manejar contradicciones, o que saben cómo mantener una mentira para que se convierta en realidad.

Me pregunto si cabe, en los tiempos que corren, la cita de Baudelaire que abre Las Ninfas, de Francisco Umbral: Hay que ser sublime sin interrupción.

 

Huelga política

Hacer huelga consiste en renunciar a parte de la integridad individual con el fin de ver mejoradas las condiciones del colectivo al que se pertenece; cuando hacemos huelga trasladamos el yo y ponemos en su lugar el nosotros. La huelga es un ejercicio de empatía y toda huelga acarrea responsabilidades y consecuencias. La primera consecuencia consiste en perder dinero. Conviene recordar esto ahora que ciertos medios de comunicación se empeñan en tildar la huelga del día catorce de “huelga política” y, por lo tanto, ilegal.

Que una huelga sea o no legal nos da una idea de la esquizofrenia a la que puede llegarse para tratar de limitar un derecho adquirido, como si nos dijeran: si, puedes hablar, pero no hables demasiado alto, que molestas.

Los medios de comunicación de la derecha tratan de desplazar el debate trayendo otros asuntos, jugando al despiste, ¿dónde está la bolita? En lugar de responder frente a la reforma laboral acusan a los sindicatos de recibir dinero público. En lugar de armar con argumentos sus razones señalan para que miremos a otro lado: son las subvenciones, es el funcionariado, es el insostenible estado del bien estar.

Así las cosas, mucha gente empieza a creer que sólo hacen huelga los liberados sindicales, o los parados (menuda paradoja), o aquellos que no tienen nada que perder. Mucha gente también empieza a creer que los sindicatos no sirven, que son inoperantes precisamente por recibir subvenciones públicas. El desprestigio de la política siempre ha convenido mucho a la derecha, porque de ese desencanto ha sacado un rédito imposible bajo condiciones normales. Desestructurar la sociedad es el primer paso para hacernos creer que estamos solos, y que por lo tanto todo esfuerzo de juntar a más de tres personas para sujetar una pancarta es una quimera. Esa es la estrategia del poder.

No creo que la cuestión sea quién convoca la huelga, poner el acento ahí hace que la realidad quede relegada; también, entrar en disquisiciones legales acerca de la naturaleza de la convocatoria, hace que olvidemos cuál es el objetivo, cuál la filosofía de la protesta: parar, detener la máquina del mundo. Ese debería ser el espíritu; renunciar a un día de sueldo para presionar a los poderes fácticos, agitar la conciencia de los poderosos mediante la no acción, la no productividad. Un paro general no es un capricho de liberados sindicales (como nos quiere hacer ver todos los días Federico Jiménez Losantos); en una huelga general está en juego el prestigio de la masa silenciosa que alimenta las urnas.

Si es o no una huelga política importa poco, durante los últimos años del franquismo todas las manifestaciones y las huelgas tuvieron un marcado carácter político, pero de eso parece que se han olvidado ya los grandes padres de nuestra democracia. Salir a la calle para algo más que para comprar el pan y comprobar que otros, como yo, se aventuran a pisar las aceras, a hacer suya la calle, es un derecho que debemos reivindicar siempre, cueste lo que cueste.

Elecciones en Estados Unidos

Las elecciones de Estados Unidos representan la temperatura del planeta en la fiebre política. En la representación siempre aparecen dos púgiles que se noquean o se abrazan según solicite el público, que es quien paga para que le diviertan. Reducir a dos las opciones del votante, responde a una estrategia minimalista y urgente: o estás con uno o estás con otro. Las estadísticas desdeñan a los que no se pronuncian, y sin embargo, hasta el año 2004 en torno a un 50 % del censo ejerció su derecho al voto. Esto significa que a la mitad de los estadounidenses no les interesa la política. Sólo Barack Obama consiguió movilizar un 64 % del censo, todo un récord en la historia de los yanquis. Pintar la política como un espectáculo parece ser el motivo de la gran pintura de la historia americana, toda vez que la cultura del entretenimiento ha triunfado sobre la gravedad de la vida.

Como los Estados Unidos ofician de popes en la liturgia mundial, miramos siempre con detenimiento y afectación todo lo que sucede a 6.000 Kilómetros de nuestra casa como si realmente nos afectara. De esta forma depositamos más incertidumbres y más esperanzas en la política de Washington que en la política de Alcorcón, estando Alcorcón aquí al lado, siendo Alcorcón nuestro futuro y nuestro maná. Soñar a lo grande es la medida del fracaso, o tal vez, la medida de la esperanza, sólo nos es dado esperar aquello que no llega nunca. Esperar lo esperable es de pobres.

Pero necesitamos el espejismo de la esperanza de vez en cuando para que la vida no sea un páramo seco, intransitable y aburrido; Obama representó el papel esmeralda allá por el lejano 2008, y muchos vieron en el color de su piel el estigma de un cambio que aún no ha llegado. Para gobernar los Estados Unidos de América hace falta algo más que un color oscuro en la piel. Quizá la apariencia de una democracia perfecta encierre la imposibilidad del cambio, esto es: dar el espectáculo y nada más, dar la ilusión de una democracia pero detentar el poder allá donde sea inalcanzable para los votantes.

El primer error de Obama consistió en aceptar un premio Nobel sin haber hecho ningún mérito para merecerlo. Todos pensamos que si Obama hubiera sido Obama, y no un figurín cada vez más incomprensible, habría rechazado el premio. Aún no, hubiera dicho, esperen a ver cómo desmantelo Guantánamo.

Frente a la esperanza nunca cumplida de Obama se encuentra un aspirante que recuerda a Ronald Reagan, un tipo de edad avanzada que parece cualquier cosa menos un político. Sus declaraciones en torno a violaciones, asistencias médicas universales, gabinetes de crisis, etcétera, no parecen fruto de un equívoco, sino más bien la declaración de intenciones de un aristócrata acostumbrado a resolver cualquier problema a base de chequera; los yanquis cuando quieren son muy orgullosos, también, cuando quieren, parece que hubieran inventado ellos el dinero.

Así las cosas, ahora mismo en torno a un poco más de la mitad del censo en edad de votar de los Estados Unidos, está decidiendo quién gobernará por los próximos 4 años la supuestamente más poderosa nación del Planeta. Tienen dos opciones y ninguna es buena, quizá aquellos que no se acerquen a votar estén dándole una lección al resto del mundo, pero mañana no saldrán en los papeles.

Apuntes para un proyecto de novela (7)

Mientras ves aumentar cada tres meses en las encuestas del CIS el número de parados, deseas con cierto aire heroico y revolucionario pasar a formar parte de esas cifras. De un modo siniestro, te gustaría que te echaran para demostrarle al mundo que uno puede vivir de espaldas a él. Así dicen que vivió Juan Carlos Onetti sus últimos días. Aunque no has leído ningún libro del uruguayo, has oído a tu hermano pequeño contar esa historia en alguna comida familiar: el tipo se tumbó en la cama y esperó a la muerte de espaldas a la ventana de su habitación —eso dijo tu hermano—. Darle la espalda al mundo. Todo lo que has hecho hasta los treinta años ha consistido en tratar de que los demás entendieran que les dabas la espalda. Todo lo que ha venido después son las consecuencias de esa actitud, de esa entrega. Si le das la espalda al mundo, el mundo te devuelve su indiferencia multiplicada por mil