El año de la recuperación

Empezamos el año con un ejército de niebla cercando Madrid. La imagen agorera viene a representar lo que nos espera y a echar por tierra las buenas ondas de la nochevieja. Somos una especie en decadencia desde el instante en el que nacemos. No puede haber mejoría en un enfermo crónico: hay (habrá) un espejismo de estabilidad. 2014 se nos presenta como el año de la recuperación; a fuerza de nombrarlo el demonio puede obrar el milagro de aparecer. Mariano Rajoy lo sabe y por eso nos habló el veintisiete de diciembre en rueda de prensa. Dijo que el 2014 será un año mejor. A Pedro, en la antigua leyenda, le creyeron dos veces, a la tercera el lobo se comió al rebaño. La verdad suele tener una doble intención que siempre está oculta: el escarmiento. De eso hablan la mayoría de los cuentos infantiles.

Con la niebla orquestando maniobras inciertas nos enteramos de que Sacyr ha pedido unos miles de millones más a Panamá para acometer las obras de ampliación del Canal. Ya advirtió una constructora americana de que el precio no daría ni para poner una primera capa de cemento. Suspendidas las obras, la marca España se desvanece como la ciudad bajo esta niebla obstinada.

Que la economía dependa de una cuestión tan baladí como las palabras que lea el Presidente en un discurso, probablemente escrito por otro, es algo que debería resultar pavoroso. Algo que nos debería obligar a plantearnos la cordura de nuestro sistema de intimidades. Porque la realidad empieza a girar en torno a un sistema de intimidad virtual. La experiencia del ciudadano ya no es común. Todos creemos que el Presidente nos habló a cada uno de nosotros, en privado; y nos dijo: no te preocupes, este año será tu año.

Así que la niebla nos condena a mantener la vista en lo que tenemos cerca, sin saber qué hay detrás o viendo, a medida que avanzamos, que el paisaje es el mismo y que solo cambia el miedo. Rajoy quiere lanzarnos un mensaje alentador para ver si los mercados ratifican su apuesta. Como la economía es un estado de ánimo las buenas palabras pueden ayudar. A todos nos gusta que nos digan qué guapos nos hemos puesto, de hecho a veces nos lo creemos. El Presidente nos habló hace unos días de recuperación para que nos lo creamos, no porque él esté convencido de ello.

No hay mejor metáfora para la felicidad que un día neblinoso. En contra de lo que comúnmente afirmamos, son los días grises los que pueden dirigirnos a algo parecido a la felicidad. La imposibilidad de ver más allá nos hace un poco ignorantes y un poco temerarios. La felicidad es una temeridad que en la sociedad del riesgo (Ulrich Beck) resulta difícil defender. Yo creo que ya no queremos ser felices. Queremos ser ricos. Y estar muy protegidos.

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La estafa del Euribor

A veces resulta que las cosas son tan insultantemente fáciles que nos vuelven idiotas. Por ejemplo, el Euribor; pensábamos que era complicadísimo y pulcro en su numeralidad, sacrosanto desde su pauta y su cálculo y he aquí que la simpleza estalla en las portadas de todos los periódicos: la cifra estaba manipulada. Las conversaciones que publica hoy El país entre seis de los grandes bancos que han sido sancionados por falsear el Euribor nos dejan cara de imbéciles (¿Lo bajas? Te devolveré el favor; ¿Necesitas algo con el líbor hoy?; Voy a necesitar el líbor mas alto en diciembre). Esto que acabas de leer no son extractos del guión de los soprano; son tipos trajeados que estudiaron en las universidades más caras del mundo. Son la élite. Mientras ellos jugaban a repartirse el monopoly de la economía yo veía resignado cómo mi hipoteca duplicaba su cuota. Pagué durante dos o tres años una cuota de miltrescientos euros por un piso de segunda mano (ochenta metros cuadrados, tercero sin ascensor, a cuarenta kilómetros de la capital). Prefiero no saber cómo son las casas de estos tipos que modulan el precio de nuestro bienestar corriendo la coma a la derecha. Aún sigo pagando mi hipoteca, la cuota está ahora en casi la mitad de lo que estuvo.

La cuestión es tan simple que resulta vergonzoso reconocer que uno ha sido engañado: dieciocho millones de españoles tenemos una hipoteca a tipo variable en la que la cuota queda deducida en base a un índice llamado “Euribor”. Bien, este índice no es más que una media porcentual del precio al que los bancos se prestan el dinero. El cálculo de esta media es complicadísimo, tan complicado que nadie lo conoce. Tan complicado que basta con que alguien lo invente, lo modifique, lo altere. Tan complicado que ni siquiera aquella agencia que se encarga de publicar el numerito es capaz de entregarle a una jueza española la cuenta exacta: mirad esto.

Entre la postura intervencionista y la liberal nos encontramos la población civil haciendo equilibrios sobre cuerdas falsas. La libertad de mercado, tan valorada por los sectores más reaccionarios de este país, nos escupe su verdad: siempre hay alguien detrás componiendo las reglas del juego. Resultaba paranoico aceptar teorías conspiratorias y apocalípticas, ahora parece que ser un imbécil era negar toda acusación simplista: nos están engañando, ¿no lo ves? Dentro de muy poco tiempo descubriremos que el hombre no ha llegado a la Luna y que todo lo que está grabado ha sido fruto de dos factores que se anulan: la genialidad y la estupidez. Ellos son geniales, nosotros estúpidos.

La multa impuesta a estos seis grandes bancos que han falseado las cuentas de nuestras hipotecas asciende a mil setecientos cincuenta millones de euros. ¿Qué cantidad de dinero habrán ganado estas entidades gracias a la desviación meticulosa del índice? Nos acercamos a cifras desconocidas hasta ahora, vamos tanteando al monstruo pero todos sabemos que el verdadero terror es aquel que no se conoce, que no se puede tocar. Ayer escuché en un programa de radio las explicaciones de un experto: las cifras es posible que ni siquiera las conozcan los propios bancos, estamos hablando de cifras que rondan el PIB mundial­, dijo. Aviso para el que me acuse de paranoico: no lo he soñado. Las magnitudes de lo sucedido apuntan a un hecho que empieza a bocetarse entre las ruinas de la crisis: el mundo es una gigantesca mentira construida para que unos pocos gocen de poder, riqueza y prestigio. Es una afirmación muy simple, tan simple que resulta vergonzosa.

Cospedal, mon amour

Maria Dolores de Cospedal tiene en la mirada la duplicidad del ave nocturna, atrapada en la noche y al tiempo ávida de alcanzar alguna presa; tal podría ser la explicación de sus comparecencias, todas similares en desconcierto y aplomo. Las discotecas han hecho mucho daño a la clase política, algunos y algunas aún piensan que el aparato político se debe dirigir con la misma tersura y tensión con la que uno iba a ligar a las discos en aquellos años impúdicos.

Con la melena en ordenada caída y la sonrisa maliciosa de niña inocente, Cospedal dirige las ruedas de prensa como un director de orquesta que obviara la partitura para interpretar su propia obra, mientras los músicos se miran entre sí y no saben si asisten a una genialidad o a una gigantesca tomadura de pelo, no saben si tratar de seguir el adagio improvisado o dejar el instrumento en el suelo y salir corriendo, lo mismo pasaba con las performances de Joseph Beuys pero al menos uno sabía lo que más o menos iba a encontrarse.

Ayer, la secretaria general del Partido que gobierna este país, dijo —entre otras cosas— que ya había dicho todo lo que tenía que decir en relación al caso Bárcenas. La verdad es que se agradece que, frente a la monotonía de los días iguales que nos estaba dejando agosto y la corrupción, alguien trate al menos de soslayar la realidad para darnos un respiro a la vuelta de las vacaciones; los regresos son muy duros, la memoria no deja respiro.

Cospedal acata la estrategia del partido, que consiste en desplazar el debate, construir una realidad distinta o deformar los hechos para evitar responsabilidades. Así, ayer anunciaba la presidenta de Castilla La Mancha que los datos que hoy aparecerían en prensa en relación al número de parados serían muy optimistas; frente al tormento del caso Bárcenas, la secretaria general se agarraba a la previsible mejora en el desempleo; y así ha sido, las cifras de paro nos dibujan el mejor agosto desde el año 2000, mientras que el número de parados se ha convertido en una cifra tan intolerable que la acabamos por admitir como normal. Tener 31 parados menos parece ser un logro titánico. No es de extrañar que el Partido popular trate de defender la idea de que treinta y uno es más que cuatro millones y medio. La cifra exacta es esta: 4.698.783.

Es falso que el periodismo trabaje con la verdad, debería trabajar con la asepsia de los hechos, los hechos no admiten versión alguna, los hechos no admiten interpretación y es el hombre el que pone con su mirada la maldad o la bondad en los acontecimientos. Así, Cospedal ha dejado bien claro que ella no ha mentido en el caso Bárcenas y que ella no tiene nada más que decir, como si la verdad fuera algo ajena a ella y saliera así, santamente, por su boca. No lo es, la verdad es una interpretación más de los hechos, pero nunca una categoría absoluta. Mientras Cospedal y (por extensión) toda la cúpula del Partido Popular, siga negando los hechos y vistiendo la verdad con el oropel de sus intereses, la realidad de este país será una realidad distorsionada, algo que sucede como en otra dimensión.

Los cines de la calle Fuencarral

La calle Fuencarral cerrará sus cines. A todos nos ha de tocar en algún momento ver caer algún símbolo, alguna referencia fundacional, algún mito. Con la caída de los cines de barrio termina una época de —pongamos— setenta años, setenta años no es nada pero ver la bofetada de Gilda a veinticuatro fotogramas por segundo lo significó todo para una generación. Eso ha terminado. Ha terminado el cine como expresión artística para dejar paso al cine no ya como negocio o industria, sino como producto de consumo; lo vimos llegar poco a poco con las salas multicines, esos espacios monstruosos donde nada parece real, ni siquiera la película. Hacer cosas que resulten cada vez más increíbles y al tiempo más verosímiles parece el leitmotiv del hombre: mira, le salen alas al vampiro, pero está tan bien hecho que parece real. Lo que luego haga el vampiro con las alas o la razón por la que le crecieron es lo de menos, lo importante es que aquello que no es real lo parezca. Otra vez Baudrillard.

Los cines de la calle Fuencarral representaban la imbricación de la cultura en la vida cotidiana, uno podía salir del instituto (cuando tenía horario de tarde) y pasear por el barrio para ver pisar la alfombra roja a alguna celebrity. O simplemente salir del cine y estar en el centro, caminar mientras la película se reposaba y se pensaba, paladear esa deliciosa diferencia entre ficción y realidad; ahora, cuando uno sale del cine, no sabe muy bien si ha terminado la película o si acaba de empezar, todo es artificio. Sartre se equivocó en su diagnóstico: el infierno no son los otros, el infierno es un centro comercial.

Sustituirán el Roxy B por un centro comercial. Yo no sé si es peor tener un cine vacío o tener un montón de tiendas donde nadie compra porque nadie tiene dinero para comprar. Impulsar el consumo particular mediante políticas erráticas es la medicina para este enfermo. La crisis no es tal, la crisis es una metástasis del sistema que devora todo lo que encuentra a su paso, un monstruo que nadie se atreve a derribar.

Resulta curioso contrastar las austeras políticas recetadas desde Alemania mientras vemos nacer casinos en páramos y centros comerciales en edificios abandonados; esa parece ser la apuesta: más madera para alimentar el incendio. Que el modelo de cines de barrio y economía local haya dado en vía muerta no parece revolver a nadie de su silla. No es el modo en el que gastamos nuestro dinero, es el propio dinero el que agoniza, el dinero fiduciario, el acuerdo tácito y de buen rollo entre el Estado y el ciudadano. Ya no nos fiamos del papelito y la firma del BCE no es suficiente garantía. Con la caída de los cines de barrio (primero los Renoir, ahora estos de la egregia calle Fuencarral) caen todos los sueños imposibles de imaginarnos durante unas horas que somos otros o que espiamos la vida de los otros. Avanzamos a pasos agigantados a una estandarización, a una normalización del mundo que nos hará a todos igual de bobos.

Brecha social

Cáritas ha hecho público un informe de la Fundación FOESSA en el que se advierte de los niveles de desigualdad en España, los más altos de la Unión Europea. Encontramos frases como esta en el informe: “existe un riesgo notable de que el ensanchamiento de las diferencias de renta entre los hogares españoles se enquiste en la estructura social.”; o como esta: “procesos de dualización social como este conllevan riesgo real de ruptura, lo que significa que el no dotarnos de los mecanismos redistributivos necesarios supone empujarnos a la fragmentación social”.

La libertad, esa quimera que pasa desapercibida cuando la tienes y resulta insoportable en su carencia, le ha ganado la batalla a la igualdad. Los franceses se hicieron un lío con su tríada revolucionaria (libertad, igualdad y propiedad). En un mundo dominado por la propiedad privada la libertad es un sueño acechado por los fantasmas de la usurpación; la igualdad no tiene cabida cuando el coche de tu vecino tira más y consume menos o cuando al hijo de tu jefe le regalan por su cumpleaños tu puesto. En un mundo dominado por la diferenciación la igualdad es una rareza. Nos pasamos media vida tratando de identificarnos mediante lo que nos hace diferentes al resto; cuando creemos que ya tenemos una personalidad construida descubrimos que la cosa era mucho más sencilla y no requería tanto celo: basta con tratar de pensar de otro modo, basta con no admitir el discurso dominante, basta con buscar la diferencia en todas aquellas cosas que no se pueden tocar, ni pagar. Los pantalones no me hacen diferente, al contrario, igualan mi categoría de consumidor frente a este otro tipo que tiene, también, unos pantalones que nadie tiene.

La obsesión por la libertad, que nos ha llevado a ser esclavos de nosotros mismos, nos empuja a volar más allá de lo humanamente soportable; Ícaro se quemó las alas con el entusiasmo y, mientras agitaba los brazos desnudos ya de pluma, descubrió que todo vuelo está supeditado a las terrenales fuerzas de la gravedad. En España también hemos volado con alas de ladrillo, pesadas pero efectivas para vuelos cortos.

El informe de FOESSA dice además, para poner nerviosos a los seguidores fundamentalistas de la libertad de mercado, que el crecimiento de la renta no garantiza la distribución de la misma, algo que ya sabíamos. Dicho de otro modo: que Amancio Ortega sea uno de los hombres más ricos del mundo no significa que la renta media de los españoles se vea incrementada. Al contrario, desconfiamos de los pudientes porque no logramos concebir que un tipo se enriquezca trabajando. Lo normal es enriquecerse gracias al trabajo de los demás.

La brecha social de la que habla el informe de FOESSA nos recuerda una vieja cantinela, un antiguo conflicto que adopta distintas máscaras pero tiene siempre el mismo fondo: la lucha de clases. La historia es una tensión entre clases dominantes y clases oprimidas. Lo que ha sucedido en los últimos veinte años no deja de ser un enmascaramiento de las clases facilitado por el crédito. El endeudamiento de la clase media creó la ilusión de la igualdad, ahora sabemos que todo era un espejismo. La crisis no es una anomalía, es el perfecto funcionamiento de todo un sistema jerárquico.

La paradoja de la democracia. Chipre para enamorados

 

La democracia ha logrado eximir de toda responsabilidad al ciudadano, basta con dejarle votar cada cuatro años para que el contrato social quede reducido a mera representación y para que todos, bajo el gran paraguas de la indiferencia, nos declaremos apolíticos (la mejor forma de mantener el anonimato). Las dictaduras empujan a la participación, las democracias matan de indiferencia. Nos pensamos libres porque debemos elegir cada cuatro años qué partido nos gobernará, sin embargo, la política ya ha rebasado la cuota de paciencia del ciudadano y cada vez resulta más evidente que el Rey está desnudo, como en aquel cuento de Andersen, y que votar cada cuatro años es una libertad que nadie quiere, como la libertad de gastar un dinero que tampoco nadie tiene. Nos proveen de libertades quiméricas, absurdas, innecesarias, para poder legitimar un discurso que nunca dijo nada, un discurso vacío: Eres libre, no protestes.

Me pregunto quién toma las grandes decisiones y bajo qué circunstancias personales. Las grandes decisiones no las toma el grueso del electorado, las toman personas que salen en las portadas de los periódicos. Estamos pues expuestos al capricho de, por ejemplo, Christine Lagarde, Angela Merkel o los ministros de finanzas de la eurozona. Si cualquiera de ellos ha discutido con su pareja, o ha tenido un mal día con su hijo rebelde, o ha tenido pesadillas, o sufre carencias en el afecto desde la niñez su decisión puede no responder a parámetros estrictamente profesionales. La democracia de las altas esferas está libre de someterse a la legitimación del pueblo, que ya hizo su parte depositando una papeleta en una urna; en ese momento decidió que otro tomara las grandes decisiones. Dejar en manos ajenas los asuntos propios responde al mismo principio que creó el mando a distancia o el teléfono móvil.

Toda esta diatriba contra la democracia y el civismo me vienen ahora a la cabeza mientras Chipre se hunde, o mejor, mientras asistimos a la representación del hundimiento de Chipre. Parece que después del euro nos aguarda el abismo, la nada, el empobrecimiento mas absoluto. El euro se ha convertido en imprescindible, como lo fue el oro, la peseta o los sestercios. Cualquier escenario fuera del euro resulta desconcertante, desconocido y desolador. Pero Chipre sólo lleva cinco años en el euro y puede ser el pequeño laboratorio de la ruina o la emancipación definitiva de Europa y sus propias cadenas. Las medidas que la Troika ha decidido para los ciudadanos chipriotas no traslucen el ideario democrático que enarbolan los burócratas europeos. No creo que ningún ciudadano de Chipre esté por la labor de entregar parte de sus ahorros para pagar la cuenta del festín que nunca probó; no sé si al eurogrupo le parecerá caprichoso pero, a nadie le gusta pagar una cuenta que no le corresponde. Así las cosas, Chipre es hoy el destino perfecto para los enamorados, aquellos que no salen del hotel y que llevan la maleta ligerita de ropa, mucho cash en efectivo para comprar rosas y condones, y un plazo mas bien escaso de tiempo que gastar; todo muy apretado y muy intenso, para que pasen tres noches como si fueran tres años.

El delantero que se negó a celebrar sus goles

 

Siempre nos hemos dejado llevar por el entusiasmo, la cordura es una tibieza que marchita las grandes obras o la supuesta grandeza de algunas obras como marcar un gol o ganar unas elecciones. Aún no hemos visto que el astro del balompié se niegue a celebrar el gol (o si lo vimos, allá por los ochenta del siglo pasado, cuando Emilio Butragueño celebró aquella maravilla contra el Cádiz levantando un brazo y agachando la cabeza, como si dijera, si, yo soy el culpable, lo siento mucho). La celebración es un rito tribal y la tristeza una anomalía del individuo. Hay que festejarlo todo cueste lo que cueste. El político celebra también sus victorias con desatado entusiasmo, como si su victoria fuera realmente la victoria de todos los que le han votado. Mucho mejor estar de fiesta que guardar en casa el entusiasmo para una ocasión mejor, sobre todo porque esperando esa ocasión los cartuchos de la alegría se mojan inutilizando la pólvora de la felicidad.

Cuando entramos en la fiesta del euro predominó el entusiasmo sobre la prudencia, la irrefrenable fuerza de la euforia frente a la crueldad del sosiego. Muy pocos se preguntaron cuál era el precio y cuáles los peligros. Grecia, Chipre, Portugal, Italia y España quisieron participar de la fiesta del euro sin pensar que las burbujas del champán presagian la levedad de la embriaguez y la rotundidad de la resaca. Es fácil emborracharse y difícil deshacerse de los efectos de la deshidratación pos-etílica; lo mejor en estos casos es intentar alargar la borrachera para evitar la resaca. Yo lo intento desde hace años. El problema es que las copas hay que pagarlas y el barman no siempre fía, no siempre invita a la última ronda. Entrar en el club del euro, a cualquier precio, parece que ha sido una carrera ineludible en la que se debía correr sin saber muy bien hacia dónde, el caso era sumarse a ese pelotón de alemanes y aprender a correr de ellos, como ellos, contra ellos. La construcción del euro fue una invitación al entusiasmo, si no aceptabas te convertías en el amigo aburrido que no sabe relacionarse en las fiestas, el amigo coñazo que siempre te recuerda que luego hay que recogerlo todo, el que mira desde el rincón juzgando con mirada secreta el cáncer secreto de los demás. El amigo inglés.

Todos pensamos lo mismo: si Chipre lo hubiera sabido, si Portugal lo hubiera sabido, si lo hubiéramos sabido nosotros. Pero la unión monetaria parece un contrato vinculante de por vida, una condena en lugar de un tratado. Deshacer el euro parece más difícil y más catastrófico que mantenerlo, al menos ese parece el mensaje que llega desde Berlín y desde el BCE. Parece impensable llevarle la contraria a Merkel y a Dragi, como si otra Europa no fuera posible, una Europa sin euro, una Europa fría y tradicional, con el entusiasmo sujeto por las riendas de la cordura, con delanteros que no celebran goles y políticos que enmudecen cuando son elegidos.