Karl Polanyi, la gran transformación

Resulta conmovedor que las entradas de la Wikipedia dedicadas a personas más o menos importantes, más o menos famosas, más o menos interesantes, más o menos egregias, más o menos aburridas, empiecen explicando quiénes fueron el padre y la madre del biografiado, como si nos contaran un relato de ficción, o como si fuera absolutamente necesario saber que la madre de Karl Polanyi se llamó Cecile Wohl; no queremos saber cómo se llamaba su madre, queremos saber quién es el tipo que se atrevió a negar la naturaleza económica de la especie. Llevar la contraria es nuestro deporte favorito, os presento a uno de sus campeones mundiales: Karl Polanyi.

Que nos hayan hipnotizado desde el siglo XIX con el siguiente dogma: el hombre, por naturaleza, tiende al intercambio económico, es una ilusión de la que trata de despertarnos Karl Polanyi con su monumental obra “La gran transformación”.

El mercantilismo trata de legitimarse eliminando cualquier interpretación del hecho económico que no se circunscriba a las leyes del mercado, y para ello, primero traza un punto de partida: todo empezó con el trueque, el trueque es el antecedente del mercado; como el trueque es un asunto natural, el mercado (o la economía de mercado) es la mejor solución a los quebraderos de cabeza económicos porque… es natural. Cuando algo es así, natural, no podemos negarnos a seguir a pies juntillas su supuesta verdad. Las cosas naturales, las cosas impuestas per se, son duras, armónicas, eternas en su ciclo creación-destrucción; las cosas naturales no pueden cuestionarse. Antes intercambiábamos cosas, ahora intercambiamos valores, todo bajo la misma naturalidad, todo respondiendo a un principio de evolución. Meterle mano al flujo natural de los valores solo puede entonces crear distorsiones artificiales, porque el mercado, amigos, se autorregula.

Karl Polanyi dinamita esta tesis, y para ello lo primero que hace es negar la supremacía del trueque, el trueque no es para el austriaco la forma primitiva y dominante de las economías antiguas, y no es ni mucho menos una forma natural de intercambio. Para Polanyi, y para otros famosos antropólogos, (des)cifrar el mundo consiste en meter la lupa de la historia en la tribu, de tal modo que entendemos al hombre actual interpretando al hombre de Neandertal. La economía, según nos explica Polanyi, en las sociedades tribales estaba regida por complejísimos juegos mágicos donde la reciprocidad, y no el trueque, era la piedra angular del intercambio económico:

«si bien las comunidades humanas no parecen haberse abstenido nunca del comercio exterior, este comercio no suponía necesariamente la existencia de mercados. En sus orígenes, el comercio exterior está más próximo a la aventura, a la exploración, la caza, la piratería y la guerra, que al trueque. Este comercio puede, por tanto, no implicar ni la paz ni la bilateralidad, y, aun en ese caso, se organiza habitualmente en función del principio de reciprocidad y no en función del trueque.»

Entendemos que Polanyi no aparezca en los planes de estudio del ministerio y sí aparezca, por el contrario, Adam Smith y su sentido mercantilista del hombre, no en vano la Wikipedia nos escupe esta cita del inglés (en la entrada correspondiente al concepto ”homo economicus”): «No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de su propio interés». Ya no hay duda de hacia dónde hemos estado dirigidos desde que nos sentaron en las aulas tristes de la infancia.

Polanyi establece una lucha: la lucha del hombre por encontrar la paz. Polanyi encuentra tres herramientas que durante el siglo XIX aseguraron la paz: el equilibrio entre potencias, el patrón-oro y el Estado Liberal. Polanyi utiliza el siglo XIX porque durante ese período de tiempo se produjo lo que se ha dado en llamar “la paz de los cien años”; todos sabemos lo que vino después.

Lo sorprendente del asunto es la fecha en la que se publica “La gran transformación”: 1944, en plena Segunda guerra mundial.

El mercado es pues el Tótem. Partir de un Tótem supone partir de un símbolo, nunca de una realidad; podemos afirmar, desde el prisma de Polanyi, que nuestra sociedad actual está erigida sobre cimientos mal interpretados. No es ya cuestión de saber si el sistema es o no el adecuado, la cuestión es saber sobre qué juego de legitimidades se arropa a la libertad de mercado con la licencia de única posibilidad.

Polanyi en estado puro:

«Permitir que el mecanismo del mercado dirija por su propia cuenta y decida la suerte de los seres humanos y de su medio natural, e incluso que de hecho decida acerca del nivel y de la utilización del poder adquisitivo, conduce necesariamente a la destrucción de la sociedad»

Y más:

«El carácter extraordinariamente artificial de la economía de mercado reside en el hecho de que el propio proceso de producción está organizado bajo la forma de compra y venta»

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Una familia real

Quizá detrás de la escenificación de la monarquía se encuentra una familia real, es decir, una familia de carne y hueso que se deja fascinar por las huestes de lo moderno: cacerías en África, mansiones, coches de gama alta, trajes caros, un ejército de asistentas y mayordomos, algunas obligaciones chic como inaugurar hospitales, aeropuertos, autopistas. Quizá detrás de la familia Real hay una familia real que se odia y se quiere como se odian y se quieren todas las familias. No podemos soslayar el principio de Ana Karenina: «Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera».

Ser Rey no significa estar por encima de la tentación de lo real, es más, imaginamos que un monarca bastante tiene con pasar su existencia tratando de no rendirse a las tentaciones que le ofrece su poder. No, un Rey es una persona de carne y hueso a la que le tocó la lotería de nacer en el sitio adecuado, o en el sitio equivocado.

Cuando a Borges le dieron el Cervantes jugueteó con la idea de equipararse al monarca de España, no sé si en su discurso trataba de coronarse Rey con ese humor borgiano que estamos esperando que algún filólogo nos explique: «me conmueve mucho el hecho de recibir este honor en manos de un Rey, ya que un Rey, como un Poeta, recibe un destino, acepta un destino y cumple un destino y no lo busca, es decir, se trata de algo fatal, hermosamente fatal». Si alguien es Rey por derecho propio, ese sólo puede ser Borges.

El apelativo Real y el calificativo real no pueden estar más enfrentados. Nuestro santo idioma nos escupe a veces exquisitas paradojas como esta. Lo Real nada tiene que ver con lo real. Así, ver a un Rey como alguien vulnerable (alguien real) nos produce una extrañeza; a nuestros ojos un Rey debe ser, ante todo, Rey. Ver a un monarca pedir perdón no nos enternece, nos desplaza, nos coloca en una posición incómoda: nosotros somos súbditos, no somos los amigos vasallos del Rey, somos los vasallos a secas, aunque nos encontremos deshilando el siglo XXI poco a poco y con una infinita paciencia. A nosotros ni siquiera nos es dado poder juzgar el comportamiento del monarca, recordemos que injuriar a la corona puede conllevar penas de cárcel (de 4 a 24 meses). Que el Rey lo sienta, que se sienta arrepentido, no significa absolutamente nada, que pida perdón tampoco. Un rey no pide nunca perdón.

Entendemos por lo tanto que nuestro máximo dirigente prefiere la normalidad, prefiero lo real a lo Real; ha descubierto que matar elefantes en África es mucho más humano que despachar con el Presidente, o desayunar en la Zarzuela, donde todo es una puesta en escena; ha descubierto que este lado de la valla es mucho más divertido, aquí, si no eres Rey, los amigos pueden invitarte a cacerías y no tienes luego que pedir perdón.

En un mundo donde sólo importan las apariencias los hechos carecen de significado, sólo importa que la puesta en escena sea convincente, enternecedora, que vaya directa al corazón; el corazón conoce muy bien las reglas de la pleitesía.

De YPF hablaremos dentro de unos años, cuando Cristina Kirchner venda a los Eskenazi la parte que acaba de expropiar a Repsol, y complete así la privatización que ella misma apoyó allá por los años noventa. Estaremos pendientes, con la memoria armada.

Intermitencias (1)

La quiniela

Un tipo se juega veinticuatro euros en una quiniela. Cree en la suerte y cree, además, que la suerte es igual para todos.

Durante los días anteriores a la jornada de liga olvida la quiniela, no piensa en la posibilidad de hacerse millonario. Cuando llega el sábado empieza a seguir los resultados. Hay tres partidos que se juegan a media tarde y tres que se juegan por la noche. Acierta los tres primeros y piensa qué haría con diez millones de euros (ese es el bote de la jornada). Pasa lo que queda de tarde, a penas dos horas, pensando cómo gastaría el dinero.

Empieza la segunda tanda de partidos. Se sienta frente al televisor excitado, piensa que lo primero que haría es cancelar la hipoteca por la que paga todos los meses mil euros; ha llegado a esta conclusión después de comprarse virtualmente varios coches de gama alta, varios chalets en la playa, hacerse varios viajes a los confines del mundo e invitar varias veces, a todos sus amigos, en el restaurante más caro de la ciudad.

También acierta los tres partidos de la noche: seis de seis. Sólo quedan nueve. Lo primero que va a hacer va a ser cancelar la hipoteca, ya está decidido. Le quedan 170.000 euros de hipoteca, veinte años, doscientos cuarenta meses. Lo siguiente que piensa el tipo, una vez cancelada la hipoteca, es dejar de trabajar. Pensando en la vida que llevaría sin tener que trabajar no puede conciliar el sueño. Diez millones de euros es una cifra indecente, se dice. Con diez millones de euros podría llevar la misma vida que llevo ahora durante diez vidas, se dice. Podría cancelar diez veces mi hipoteca y aún tendría ocho millones de euros para gastar en ocho vidas, a millón por vida, se dice. Piensa en la cantidad de dinero  que, trabajando, pasaría por sus manos en el transcurso de su vida: algo más de un millón de euros.

Al final se queda dormido de madrugada, pensando que sin haberlo calculado nunca, por su cuenta corriente pasa una cantidad de dinero insospechada.

Despierta el domingo avanzada la mañana. Lo primero que hace es comprobar en Internet que efectivamente lleva acertados todos los pronósticos hasta el momento. Vuelve a preguntarse qué haría si tuviera el piso pagado y no tuviese que trabajar. Empieza poco a poco a inundarle algo parecido a la angustia. ¿Y su hermano? ¿Acaso no tiene hipoteca su hermano? Cancelaría la hipoteca de su hermano. Llega a la siguiente conclusión: tener mucho dinero significa contraer una pesada responsabilidad. Empieza a verse a sí mismo como un padre ontológico, el padre del mundo. Piensa que no bastaría con pagarle la hipoteca a su hermano, tendría que ayudar a todas y cada una de las personas cercanas a él.

A duras penas consigue comer; la mañana ha pasado demasiado rápido. Quedan nueve partidos, cuatro se juegan a media tarde y el resto por la noche. Cuando termina de comer se ancla al sofá y pone la televisión. Acierta los dos primeros partidos: ocho de ocho. Piensa por primera vez que el juego de la quiniela es muy sencillo, debería haber jugado antes (esta es su primera vez). Los otros dos partidos también los acierta: diez de diez. Le inunda una oleada de nerviosismo.

Bien, se dice, diez millones de euros es mucho dinero; no sé si estoy soñando o estoy siendo víctima de un experimento psicosocial, se dice. El caso es que tengo que aprender a administrar diez malditos millones de euros, se dice. Puedo salvar de la miseria a mucha gente, por ejemplo, aquel tipo negro que vende la farola en la puerta del súper, aquella gitana que vende rosas junto al kiosco; puedo donarlo todo a Cáritas, puedo apadrinar a millones de niños, puedo rescatar del desahucio a varios cientos de familias; pero estoy pensando en cancelar mi jodida hipoteca. Se dice esto en un discurso extraño, demagogo, infantil, indeterminado pero acaso cierto desde los diez millones de euros que aún no ha ganado.

Con una mezcla de nerviosismo y responsabilidad, empieza a seguir, a la vez, los cinco últimos partidos de la jornada. Con el mando a distancia va alternando la cadena que ofrece un partido en directo, con otra que ofrece el resultado simultáneo del resto de encuentros. Se vuelve a preguntar por qué no ha jugado antes a la quiniela. Oscila entre la euforia y el escepticismo. Los marcadores van desfilando por su retina como un relato fabuloso: el relato de su aventura a través de la suerte.

Acierta los cinco partidos. Quince de quince. En el argot quinielista esta singularidad recibe el nombre de pleno al quince. Cree que puede desmayarse en cualquier momento. Pero aguanta.

Incomprensiblemente aparece en escena una sensación insospechada, algo con lo que no contaba: la culpa.

Siente una culpabilidad aséptica y que explica de golpe toda la mecánica del juego. Se siente sinceramente culpable. Ahora tendrá que responder ante toda la parafernalia de sus elucubraciones, ¿qué va a hacer con el dinero?

Piensa llamar a su hermano y contarle todo, contarle que ya no tendrá que trabajar más, que montarán algún negocio juntos, que rescatarán de la pobreza a un montón de gente; pero se siente paralizado, no puede aún levantarse del sofá.

Piensa que no está preparado para asumir un cambio tan radical en su vida. Piensa muchas cosas en un vértigo hacia dentro, en una espiral que termina en una sola palabra: culpable. Se siente angustiosamente culpable por tener tanto dinero.

Esa noche no duerme, la pasa del sofá a la cocina y de la cocina al sofá, tratando de recordar los felices años de la infancia.

A las nueve de la mañana llama al trabajo y comunica a su jefe que se siente indispuesto, la voz del tipo demuestra que algo no anda del todo bien; su jefe le cree, le desea una pronta recuperación. Luego trata de desayunar y se mide intentando saber cómo ha de comportarse un millonario. A las diez se conecta a Internet para comprobar sus apuestas. Todo correcto, ha acertado los quince resultados. Luego mira los acertantes; diez mil tipos como él acertaron los quince, el premio que recibirá, al igual que los otros diez mil tipos, asciende a mil euros, lo que significa que la liga de fútbol profesional asumirá los gastos de su hipoteca este mes. El nerviosismo, la responsabilidad, la culpa, explotan en una gigantesca carcajada.

El malestar en la cultura, Sigmund Freud

Empezamos a sospechar que la medida de un autor no nos la da su obra, nos la da lo que su obra genera. El malestar en la cultura, de Freud, es un libro de unas cien páginas. Su contenido dice mucho más que su fisicidad. Lo posmoderno consiste en lograr escribir cuatrocientas páginas en torno a un libro de cien (páginas); es decir, importa mucho más las direcciones que proyecta la obra que la propia obra. Ya no nos interesa el Quijote, nos interesa que algún filólogo alumbre una teoría rompedora sobre la homosexualidad del hidalgo loco. Leeremos antes al Quijote travestido que al Quijote original. El signo de la posmodernidad consiste en estar de vuelta de todo. ¿Has dicho el Quijote? No hombre no, se trata del Quijote homosexual. Luego descubrimos que bajo la panoplia de lo posmoderno sólo hay una certeza: la ignorancia: no hemos leído el Quijote, hemos leído su interpretación.

El mando a distancia de la cultura sirve para pasar de canal a canal sin enterarse uno de nada. Hoy, gracias a la Wikipedia, podemos decir: El tema principal de “el malestar en la cultura” es el irremediable antagonismo existente entre las exigencias pulsionales y las restricciones impuestas por la cultura. Así nos ahorramos el tiempo que se tarda en leer cien páginas y podemos perfumarnos de enteraos; ojo, que yo leo a Freud (en la Wikipedia).

Leer la interpretación de algo comporta dos saltos cualitativos. Uno: me ahorro la lectura del original. Dos: me ahorro la interpretación que yo pueda hacer de la obra (que el mando a distancia de la intelectualidad interprete por mí).

Freud nos dice que todos somos culpables.

La cuestión es la siguiente: si no leo la obra ni la interpreto, ¿cuál es mi rol en este juego? Ninguno, el juego consiste en conseguir que: uno, no leas la obra; y dos: no te interrogues en soledad qué ha querido decirte (la obra a ti, lector).

Freud nos dice que la vida es una búsqueda de la felicidad.

El juego consiste en que  pases más horas delante de la pantalla que delante de un libro.

Freud nos dice que somos unos hijos de la grandísima puta, unos perros de presa; agresividad, instintos, supervivencia, «amarás al prójimo como a ti mismo». El problema es que no nos amamos a nosotros mismos. La ley es una trampa; eso dice Freud.

Pongamos las cartas sobre la mesa: lo que deseamos es que todo sea mucho más fácil, que no nos tengamos que mover, que todo se orqueste bajo la presión minimalista de un botón: le doy aquí y, voila, se enciende la luz. No amigos, para que yo haya llegado a apretar el botón de la luz han tenido que electrocutarse antes unos cuantos millones de electricistas. En Internet todo está expuesto pero no está explicado.

Freud nos dice que lo que queremos es follar: cuanto más, mejor.

La era posmoderna se acaba. Vamos a tener que volver al principio, vamos a tener que leer originales, vamos a tener que pensar por nosotros mismos. Dicen que Freud está pasado de moda, yo creo que el malestar en la cultura explica a la perfección no sólo este momento, sino la naturaleza que nos va llevando de la mano desde que salimos de las cavernas.

Ahora tienes dos opciones: leer los resúmenes de la Wikipedia o adentrarte en la obra de un genio, un tipo que se paró a pensar qué sucede cuando apretamos el botoncito y, algo mucho más elemental, por qué apretamos ese y no otro.

El malestar en la cultura.

Inmigrantes

Vivo en un edificio de tres plantas. Cada planta está dividida en cuatro viviendas. De las doce viviendas, dos están ocupadas por inmigrantes. De las dos familias inmigrantes una es marroquí, la otra búlgara.

La familia marroquí está compuesta por un hombre, una mujer, un  niño de dos años y una niña de cinco; muchas noches, mientras escribo este blog en la terraza, veo llegar a la mujer con los dos niños, normalmente lleva al niño en brazos y a la niña de la mano. Los niños protestan, es tarde, tienen sueño, la madre anda con paso firme, la niña va a trompicones.

La familia búlgara es terriblemente escandalosa, está compuesta por dos hombres, dos mujeres y una niña de trece años que aparenta veinte. Suelen celebrar fiestas poniendo una música desconcertante a un volumen desconcertante, pero invariablemente, a las diez de la noche, apagan la música y no se oye nada.

El hombre marroquí tiene la piel tersa y ligeramente oscurecida; es alto, sonríe cuando nos cruzamos en la escalera, trata con dulzura a sus hijos (al menos delante de mí). Nunca hemos hablado.

Uno de los hombres búlgaros tiene la misma edad que yo, se llama Sacha, no sé cómo se escribe, a mí me gusta escribirlo así. Hemos hablado varias veces. A primera vista parece un tipo desafiante, nunca sonríe, te mira como si estuviera defendiéndose de tu mirada. Ha trabajado siempre de cocinero. Vivió unos años en Alemania. Le gustan los coches caros.

La mujer de la familia marroquí siempre lleva el pelo tapado con un pañuelo, creo que la prenda en cuestión recibe el nombre de Shayla. Es dura y dulce al tiempo, habla un perfecto español, conduce un Citroën Xsara Picasso. Creo que no trabaja.

El patriarca de la familia búlgara (el otro hombre) se mueve en bicicleta; tiene una barriga prodigiosa que no se corresponde con el resto de su cuerpo, gasta bigote y tiene una voz cavernosa, profunda, de barítono. Le he visto en numerosas ocasiones hurgar en las basuras del pueblo. Debe ser algo así como chatarrero. Algunas veces vienen otros búlgaros en una furgoneta cochambrosa a traerle toda clase de aparatos desahuciados. He visto lavadoras, cables, televisores.

La familia marroquí es extremadamente silenciosa, se mueven sin hacer ruido, incluso los niños.

La familia búlgara tiene un perro al que nunca o casi nunca sacan a la calle; el perro vive, come, duerme y defeca, en la terraza; desde la ventana de mi cocina puedo ver los excrementos del perro, algunos caen a la calle.

La familia marroquí habla un dialecto gutural; la familia búlgara un dialecto nasal.

Cuando pienso en ellos me imagino la distancia que recorrieron hasta llegar aquí; les imagino viajando en autobús, recreo en mi cabeza su periplo, la sucesión del paisaje, los rostros que les observaron al otro lado de la ventanilla, los rostros que vieron ellos. La vida consiste en observar a quien a su vez nos mira; que estemos a un lado u otro del cristal es sólo cuestión de suerte.

Amnistía fiscal

Tendemos a pensar que quien toma decisiones importantes es una persona cualificada, un experto, alguien que sabe realmente lo que hace. Este principio de confianza rige en cualquier ámbito, en la cosa política también. A nadie se le pasa por la cabeza que un ministro, un rey, o un presidente del gobierno, no sepa qué tiene que hacer. Podemos pensar que se equivoca, que toma decisiones contrarias a las que tomaríamos nosotros o que sencillamente peca de narcisistas. Pero nadie piensa que el capitán del barco no sabe interpretar las cartas de navegación; a nadie se le ocurre que el barco vaya a la deriva.

Cuando yo empecé a trabajar no tenía ni idea de qué tenía que hacer. Siéntate aquí, me dijeron, aquí tienes un manual de quinientas páginas, en inglés. No sabía nada de informática y menos aún de la lengua de Shakespeare y de Henry Miller.

Yo creo que a un político le sucede lo mismo: siéntate, le dicen, crisis, inflación, veintidós por ciento de paro, y le dan quinientas páginas en perfecto alemán, la lengua de Heinrich Boll y Hermann Hesse. Te han votado diez millones de ciudadanos, le dicen.

Diez años después he aprendido a manejarme en mi trabajo; sin aspirar a ser brillante, creo que soy, al menos, un tipo competente, doy el pego. Pero si tuviera una empresa no me contrataría: escribo este blog y odio la informática desde un punto de vista técnico.

Me atrevería a decir que a un político le sucede lo mismo; después de ocho años en la oposición y otros tantos de ministro, desde un punto de vista técnico la política no le interesa, preferiría hablar de política con los colegas en el bar, sabiendo además que habla con conocimiento de causa.

La amnistía fiscal les pareció hace un año a los populares una medida improvisada, poco seria. Ahora entienden que así podrán arañar para las arcas del estado algunos millones más. No estoy de acuerdo con los sectores de la izquierda que acusan a la derecha de engañar al electorado. Yo creo que toman esa medida porque nadie, en el aparato del Estado, tiene el conocimiento que demanda la coyuntura actual. Nadie entiende qué está pasando.  ¿Y si hacemos eso de la amnistía fiscal? ¿El qué? Si hombre, lo que propuso fulanito cuando nos reímos de él.

La amnistía fiscal propuesta por el partido popular en los últimos presupuestos del estado tiene una lectura moral: cuando se trata de dinero la línea del bien y el mal se difumina. Si haces trampas con el dinero no importa, alguien te perdonará. Lo hizo Felipe González, para el que toda doctrina socialista no es más que una vitrina a la que sacar brillo para que las visitas vean que uno es muy del pueblo.

La amnistía fiscal tiene además una lectura política incontestable: los que han estafado al Estado han ganado la partida, Hacienda les perdona, el Gobierno se pliega a sus desmanes. Desde un punto de vista legal podríamos equiparar al evasor de impuestos con una joven abortista que interrumpiera su embarazo fuera de la ley de plazos: en ambos casos se trata de incumplir la ley, en ambos casos se trata de anteponer el bien personal sobre el bien común. Ya nos ha explicado Gallardón que no debemos abortar: el Estado amortiguará la violencia estructural para que la criatura esté pronto produciendo bienes, subvencionando jubilaciones, estafando a la cosa pública para que le perdonemos muchos años después.

Capitalismo

Parece que el capitalismo estuviera diseñado para perdurar más allá de lo que dure la vida en este planeta. También parece que el orden establecido por el dinero se ha producido de un modo desconcertante e independiente, como si nadie fuera el responsable, como si el Frankenstein monetario, una vez puesto a andar, fuese ingobernable. Cuando todos estemos muertos las monedas seguirán tintineando, los billetes seguirán gastando la tinta indeleble de sus dorsos, todo seguirá valiendo algo.

Es evidente que hemos errado nuestro camino esencial, lo que está en juego ahora, lo que siempre ha estado en juego desde hace —pongamos— quinientos años, es qué alternativa elegiremos ante el monstruo: pelear o correr.

En numerosas pesadillas de la ciencia ficción, la máquina, el invento, el robot, termina por subyugar al hombre: el hijo mata al padre. Sin darnos cuenta, hemos completado la profecía creada por nosotros mismos: hoy todo está supeditado a la acción económica, todo se traduce en dinero. El dinero nos ha ganado, admitámoslo ya; quizá veamos en ese principio de culpabilidad la senda que debemos seguir para escapar del laberinto.

Imagino que a todos nos impulsa, desde que nacemos, algo así como aspirar a cierto progreso tangible, que se pueda medir. Sólo acumulando, sólo teniendo algo en propiedad podemos cuantificar el cambio, el crecimiento; esto significa que buscamos en las cosas nuestra propia alma, proyectamos sobre las cosas lo que dentro de nosotros bulle. Nos identificamos con la cosa y el mundo es una proyección alucinatoria del yo. Nos gustaría que el mundo fuera nuestro. O ser nosotros el mundo.

Saber que un día moriremos debería servir para replantear el significado de todo lo que se emprende. Planteamos toda acción como una prórroga, o como una extensión virtual hacia donde nunca llegaremos. Nos obsesionamos con dejar algo que trascienda, en lugar de trascender el ahora para dignificarlo.

El dinero es una promesa, pero empezamos a cansarnos de la espera; hemos comprado un coche nuevo, una casa nueva, una visa oro, nos hemos vestido con la ropa de temporada, y la felicidad no llega, nos sigue atesorando la misma ansiedad.

El programa liberal y socialdemócrata nos ofrece una idéntica meta, un mantra que se repite al final del discurso: crecimiento económico. Las estrategias de uno y otro parecen a priori distintas, pero veintiún años de socialismo y otros tantos de gobierno de los populares, nos dejan un balance muy parecido; nos encontramos en la misma encrucijada. ¿No tendremos que replantear la meta?