Apuntes para un proyecto de novela (4)

Todos los que habéis nacido en los últimos veinte o treinta años del siglo pasado sois herederos de una victoria o una derrota, al menos esa es la temperatura que os ha ido cobijando mientras veíais en la televisión del estado las imágenes en blanco y negro de un país que empezaba a pintarse. Todos os habéis sentido ganadores o perdedores de algo desde la más cruel infancia. Sin embargo, el pasado heroico es un mito, y toda vez que ganar o perder pueda ser la rúbrica de un espejismo, terminasteis por comprender que vuestra memoria no os pertenece, está polarizada por los imanes del pasado. La historia no puede nada contra la terquedad del presente que no conoce las leyes de la memoria, no entiende el lenguaje imposible del rencor. Una vez les preguntaste a tus padres si creían más en la izquierda o en la derecha y su respuesta no pudo ser más reveladora: creemos en la libertad ―te dijeron―, en la posibilidad de elegir. Reveladora porque no entiendes qué significa esa palabra que aletea como una paloma en su d final: libertad. Tampoco entiendes qué significa vivir sin agua o vivir en una caverna o vivir amenazado de muerte. No entiendes nada que no se ciña a tus circunstancias, nada que no esté ahí fuera sobrevolando tu realidad. La libertad es un hecho cotidiano que forma parte del bloque inquebrantable de tu biografía: siempre has sido libre. Nunca te ha faltado agua ni techo, no conoces mayor amenaza que tus propios miedos. Pero este desconocimiento no te incapacita para la empatía. La revelación de tus padres, lo que tus padres te decían en realidad era: ahora somos libres, y nos gusta más. Aprender una lección nunca es comprenderla, en la escuela os enseñaron a aprender, en ningún caso a comprender porque la comprensión es un suceso que se produce de una vez para siempre y sin la violencia de la obligación; uno comprende solo si quiere y aprende siempre a la fuerza. Aprendemos cosas que no queremos, comprendemos siempre lo comprometedor, lo que nos coloca en un estatus distinto. La memoria es entonces un cajón de sastre de cosas aprendidas y la comprensión un agujero por donde la vida se va desangrando. Comprender es mirar con ojos nuevos, aprender es ir poco a poco cerrándole las compuertas al pensamiento. Solo comprendes la guerra civil mediante pequeñas historias familiares; las consignas aprendidas durante la beligerante pubertad han ido quedando poco a poco en música furibunda de la que no recuerdas la letra. Un muchacho de veinte años que es llamado a filas en el primer remplazo para luchar en Teruel y que no cree en la República pero tiene que morir por ella es el símbolo perfecto para dibujar el derrumbamiento del mito: no todos querían construir un mundo mejor, no todos luchaban por el restablecimiento de la legalidad. La mayoría estaban allí obligados. La guerra no la hicieron héroes, la representaron víctimas.

En vosotros se cumple el destino de haber ganado o haber perdido, pero es un destino incomprensible que vais olvidando poco a poco porque las certidumbres que vuestros mayores os han transmitido no han funcionado o se han adaptado a vuestras propias incertidumbres, no tenéis nada que ver con ellas, os han entregado un testigo críptico y no habéis sabido gestionarlo o estáis aún descifrándolo. La democracia es incuestionable, pero sus mecanismos de represión son los mismos que los de la más ajada  dictadura, la fiesta de la libertad no la comprendéis y para llegar a un mínimo entendimiento necesitáis la violencia. Lo que queréis es corroborar la libertad mediante su contrario: carecer de ella. A vosotros, que os ha tocado sobre los cimientos de la paz forzada levantar el edificio de la concordia, os gustaría dinamitarla. Y empezar de cero.

Anuncios

Intermitencias 7

Laberinto

            Odia viajar en avión; en las últimas semanas ha tenido que volar en tres ocasiones y hoy, Viernes Santo, ve la pista de aterrizaje a través de la ventanilla. Se estremece cuando el aparato toca tierra. Aunque sufre de vértigo tolera la visión del mundo desde la altura de un avión porque siente que aquella perspectiva es irreal, ficticia, como si se tratara de un truco. El vuelo llega con retraso, así que tendrá que coger un taxi que le llevará directamente a las oficinas de la compañía antes de pasar por el hotel y poder dejar su maleta. Está cansado y le gusta observarse en los cristales del aeropuerto. Se siente importante vestido con traje, portando una maleta negra, adoptando un gesto de gravedad, simulando que puede con el cansancio. El taxista le pregunta dónde quiere ir.

El edificio es un gran rectángulo de cristal azul oscuro, él observa desde la entrada la altura y ve reflejada la última hora del Sol, un Sol agónico que emite una luz rojiza y cegadora. El inmenso portón de entrada le parece una boca y se imagina las fauces de un monstruo disecado.

            El guardia de seguridad tiene unas enormes y minuciosas bolsitas bajo los ojos que le dan un aspecto cansado o derrotado o monstruoso. Le pide el Documento Nacional de Identidad y después de registrar su entrada le entrega una tarjeta blanca de plástico con una banda magnética que ―le explica― debe acercar a los aparatos que hay junto a las puertas para que se abran. Si pierde la tarjeta llámeme, estaré aquí toda la noche.

            El edificio está vacío, pero muchas luces y ordenadores han quedado encendidos. Piensa que la actividad de la empresa no se detiene nunca, imagina los procesos que se ejecutan incansablemente en los microprocesadores de los grandes servidores. Escucha el ruido sinuoso del edificio, la música del engranaje que hace que todo funcione cuando nadie trabaja.

            Sube en ascensor hasta la planta catorce, cuando se abre la puerta aparecen ante él dos puertas enfrentadas, elige una al azar, pasa la tarjeta como le ha explicado el guardia de seguridad y accede a una gran sala; no le cuesta ver un cartel con su nombre pegado en una mesa muy cerca de la puerta. Ha acertado.

            Deja la maleta junto a la mesa en la que pasará las siguientes cuatro horas y se acaricia la cabeza.

            Empieza a sentir unas terribles ganas de orinar y se pregunta dónde estará el servicio. Se levanta y camina hacia la puerta; pasa la tarjeta por el dispositivo magnético y sale de la gran sala al pasillo del ascensor. Ahora tiene dos opciones: bajar a la entrada y preguntar al guardia de seguridad o buscar en esa misma planta. Opta por la segunda opción. Pasa la tarjeta por el dispositivo que hay junto a la puerta que se encuentra frente a la sala de la que ha salido y ante él aparece un pasillo que vuelve a multiplicar sus opciones: cuatro puertas más. Sin pensarlo demasiado elige la primera puerta que queda a su derecha. Entra en una nueva sala rectangular con numerosas mesas dispuestas en hileras y una puerta al fondo, se dirige allí. Otro pasillo con cinco puertas, elige una al azar. Otra sala con otras tres puertas. Otro pasillo, otras puertas, otras salas. Intenta retroceder pero se equivoca, demasiadas puertas, demasiadas salas, demasiados pasillos, y ni un sólo teléfono para llamar al guardia de seguridad. Le parece increíble que en toda la planta no haya un sólo teléfono.

            Pasan las horas, los pasillos, las salas, las puertas, y ni rastro de un servicio, ni rastro de la mesa donde todo empezó y donde ha dejado su cartera, su móvil, su portátil y su maleta negra. Está perdido.

            Perdido en un edificio de veinte plantas.

            Cansado de deambular se sienta en una silla. Decide hacer un mapa; toma prestado papel y bolígrafo. A partir de ahora intentará no pasar dos veces por el mismo sitio; no sabe si la estrategia es adecuada, pero al menos,  se dice, podrá ubicarse y encontrar el ascensor, el ascensor es su meta, el ascensor es la salida del laberinto. Cuando está dispuesto a levantarse y enfrentarse a otro innumerable montón de pasillos, salas, puertas, etcétera, oye un ruido. Se asusta. El ruido aumenta. Pasos, cada vez más cerca. Se levanta y sale corriendo.

            Al abrir la tercera puerta desde que inició la huida se percata de su estupidez: quizá era el guardia de seguridad. Con los nervios ha tirado el papel y el boli, no hay mapa y le resulta imposible volver sobre sus pasos. Piensa que si se queda quieto el guardia le encontrará. Como ya no aguanta más, mea en una esquina, justo en el momento en el que el guardia entra en la sala y le apunta con su revólver.

Intermitencias 6

Utilidad de los parques

            El parque se va llenando poco a poco de familias. El parque parece un teatro en el que los roles de actores y público no estuvieran definidos: todos son actores, todos son público; van a ver y a ser vistos. Los niños sin embargo entran con miedo, no saben muy bien qué hacer, no saben qué se espera de ellos, si son público o parte activa de la obra; los mas cautos se agarran a las manos de sus padres y no se sueltan, los mas atrevidos corren ya por la mañana, deslumbrados por un Sol alto de Invierno, tomando posición en los columpios, el tobogán, poniendo en orden su territorio. Hay una depredación más antigua que la urbanística de los parques, y que sirve para llenar las mañanas del domingo, siempre iguales, chillonas, con un aburrimiento que es el augurio de una nueva semana.

            La mañana en el parque es de resaca y gafas de sol para el padre, sangre y arena para el niño, que va entendiendo la mecánica brutal de lo social, la salvaje confrontación con el otro, el otro como muro de lo infranqueable, la imposibilidad de encontrarse en el otro, la batalla del yo en la vorágine del nosotros. El padre lleva su periódico bajo el brazo, el niño un juego completo de cubo y pala, rastrillo, moldes. Las madres no están o están ausentes, suspendidas, observando lejanas en la luminosidad de la mañana a poca distancia entre el padre y el hijo como en medio de un paisaje, deslumbradas por el fragor de lo cotidiano, también con gafas de sol, ordenando con la voz alzada pero sin inmiscuirse.

            El domingo es la tregua de la semana donde se ordenan los ejércitos para la guerra del día a día, en esa calma el niño se desenvuelve con furia, como si supiera que el oasis del último día de la semana es en realidad un espejismo, porque luego las mañanas no son de parque y Sol alto, las mañanas son oscuras y ordenadas en el aula de la guardería, las mañanas tienen prisa y frío y bostezos pero nunca Sol, nunca parque, nunca papá y mamá mirándose o andando muy juntos cogidos de la mano.

            El parque es el ágora infantil donde hablan la violencia y el juego. El niño empieza a entender pronto que su espacio es el parque, un espacio que debe conquistar.

            El parque es el espacio limitado al aire libre donde encerramos al niño, porque el niño no es libre en el parque. Niño, bájate de ahí. El parque es una cárcel de Sol para abrasarse de domingo y libertad virtual. Niño, cuidado con la arena. Nos gusta ir al parque porque nos gusta que nos vean en el parque, vamos al parque a vernos cegados por la mañana inútil del domingo, así podemos taparnos los ojos y hacer como que respondemos a la felicidad de los demás con nuestra propia felicidad. El niño entiende esto y se enfada. El niño no quiere ser feliz, quiere luchar. Quiere arrebatarle la pala al otro niño. Quiere sobrevivir y no quemarse con el Sol. El niño no quiere gafas de Sol, quiere pegarse con el deslumbramiento porque el deslumbramiento le enfada, todo le enfada. Vamos al parque porque todos van al parque, si tienes un hijo debes ir al parque.

            Al niño no le gusta compartir y aquí tenemos el primer conflicto. Niño, déjale tu cubo a la niña. El niño no quiere dejar nada porque hay algo que sabe desde el instante de su nacimiento: las cosas han de pertenecerle porque a través de las cosas identifica su yo, él es la suma de las cosas que posee, que toca, que tiene, el niño es un capitalista furibundo que conoce las leyes del mercado sin saber sumar. El mercado manda. El mercado ordena. El niño es la suma de sus cosas. Su yo se deshace si alguien le arrebata algo. Hay que tratar de tenerlo siempre todo. En el parque lo que está en juego es el yo, es la integridad, el territorio. Niño, no le quites el camión a Juan. El niño aprende pronto que la expansión es uno de los principios del poder.

            Al niño basta con nombrarlo con su calificativo genérico, todos los niños son iguales en la contienda educada del parque. El niño no tiene nombre hasta que se hace adulto, responsable, director de un banco o político. Del niño basta con saber que es un niño y nos mira vacío y terrible desde su tiempo que es el tiempo inconsciente que no sabe que pasa. Luego a los niños les crece la estatura y el nombre, ya no es un niño, y mira las fotos de cuando era cani para jactarse de su altura, de lo que ha cambiado. Pero el niño era sublime porque no sabía nada ―ni su nombre― y el adulto no acierta con las teclas del conocimiento, cree saber cuando solo intuye, solo observa esa foto ajada que le devuelve una imagen que no reconoce como suya. Ese no soy yo.

            A través del juego el niño se transforma en demonio, se desdobla: juega a ser otro. A través del niño el juego conoce sus formas más perversas, nombra lo innombrable sin miedo. Dice: te mato. Dice: te odio. Dice: te quiero. Pero no sabe qué es lo que está diciendo, no sabe qué mundos convocan las palabras que está aprendiendo a decir.

            El niño conoce el terreno pero lo tantea para asegurarse de reconocer aquello que cree conocer, quizá porque lo recuerda. Toca el tobogán y acaso parece que piensa en la última tarde que bajó al parque, la última vez que le prohibieron intentar la pirueta. El padre empieza el periódico por el final. El niño termina el reconocimiento del terreno y se sienta en la arena.

            Primero corre por el rectángulo de arena, luego corre hacia los columpios, el tobogán, el barco laberíntico que tiene numerosas entradas y numerosas salidas; un barco que no parte nunca, que siempre espera, con cuerdas que se van deshilachando y nadie repara, un barco que es para el niño un fortín inestable donde no puede caminar solo, siempre hay que llamar a papá y papá apenas cabe entre los hierros cogido de la mano de su hijo, agachado, contorsionando su cuerpo para pasar por una puerta imaginaria o para mirar por una escotilla imaginaria o para virar en un mar imaginario la dirección del velero. El barco puede ser una fragata o un barco pirata o un portaviones o una goleta o un destructor, o puede no ser un barco, todo depende de la inventiva del padre, el niño ―quién lo diría― no atesora ninguna imaginación, repite la imaginación de los adultos, el niño no es puro, es un vacío, la pureza es siempre intencionada, el vacío es siempre un accidente. El niño es un accidente antes de empezar a llenarse de barcos imaginarios y mañanas iguales en los domingos del parque; el Sol siempre alto, siempre deslumbrante, ilumina la estrategia de los padres que llevan a los niños como el que saca al perro para que no se cague en casa. El perro (el niño) se va llenando del vacío dominical como nos llenamos nosotros de cosas innecesarias. Niño, no te eches la arena encima.

            El niño se entretiene con sus cosas poco tiempo, en seguida se deja arrastrar por la marea de los demás niños.

Así como trabajamos convencidos en oficinas agradables, al niño hay que convencerle de la utilidad del parque, de la utilidad del domingo, de la utilidad de los otros; llevamos al niño para que aprenda que hay «otros» niños furiosos y confundidos igual que él, cegados por la luminosidad del domingo igual que él, con heridas en las manos igual que él, sospechosos e inocentes igual que él, silenciosos y perplejos igual que él, abatidos por la menesterosidad de la vida. Igual que él. Todos son iguales y la diferencia es mejor soslayarla, es mejor no ser diferente, no ser el otro.

            El niño pisa la mano de la niña y la mantiene así, sometida, durante unos segundos; la niña mira al niño sin implorar pero interrogándolo; el niño no sabe de la crueldad, pero pisa con insistencia. El niño no sabe de la violencia, pero agrede. El niño es inocente, pero hace daño a la niña. El niño es pequeño y célibe, pero viola la calma de la niña. Los padres se acercan para resolver el conflicto, primero el padre de la niña (presto), luego el padre del niño (sosegado), a medida que se acercan hablan a sus pequeños para no tener que tocarlos. Tocarlos significa interferir. No quieren interferir. Tampoco hace falta: antes de que lleguen el niño ya afloja su presa y corre hacia los columpios. El padre del niño se preocupa por la niña, el padre de la niña le quita importancia. Son niños.

Intermitencias 5

Estíbaliz

            Estíbaliz tuvo un accidente de pequeña, cayó a horcajadas sobre una barra de acero, en un parque, y se quedó muy quieta, sobre la barra, a horcajadas, como si fuese una amazona. La sangre empezó a empaparle los pantalones y subió por la camiseta, permeando de rojo toda su ropa. La llevaron a urgencias, a su padre le preocupaba sobre todo que su pequeña no perdiese la virginidad, eso era lo más importante para el padre, y Estíbaliz me lo cuenta orgullosa. A Estíbaliz la enorgullece que su padre apreciara tanto su celibato, su pureza. Los médicos tranquilizaron al padre: el himen estaba intacto. Después, ahora, Estíbaliz me echa el humo de su cigarro a la cara y me pregunta si sé lo que significa. Si sé lo que significa ¿el qué? Que te echen así el humo a la cara. No, no lo sé. Significa que si quieres hacer el amor. Que si quieres folllar. Me pongo nervioso y la imagino sobre la barra de acero, violada por el mobiliario del parque a los doce años. Me pongo nervioso y fumo yo también y la echo el humo a la cara como si la escupiera con dulzura. Luego no hacemos nada o adaptamos el amor a nuestro modo delicado e inocente, que es una forma siniestra y pervertida de la sexualidad; nos besamos muy quietos y muy juntos, luego fumamos más cigarrillos, nos contamos episodios reales de nuestras vidas. Yo le cuento a Estíbaliz que de pequeño me aterrorizaba el camión de la basura, ella insiste con el accidente, la sangre, la violación ficticia. Estíbaliz tiene una figura de mujer perfectamente hecha, pero aún no ha cumplido los veinte, masca chicles de fresa, se pinta los labios de rojo y la raya de negro, fuma cigarrillos More: así la recuerdo. Yo tengo el pelo largo, unos vaqueros muy ajustados y muy usados, camisetas con nombres de grupos en inglés, cajetillas rojas de Marlboro: así me recuerdo.

Intermitencias 4

Diálogos

X: Hay algo que nos iguala a todos, algo que nos hace trágicos y nos enferma, algo mucho peor que la noticia de un cáncer: la normalidad. La verdadera tragedia consiste en constatar que no somos excepcionales.

Y: No conoces el rostro de la verdadera tragedia. Si lo hubieras visto no te atreverías a decir eso.

X: Si lo hubiera visto hablaríamos de otra cosa.

 

Y: ¿Serías capaz de matar?

X: Todo el mundo es capaz de matar.

Y: Quiero decir, por un motivo, de forma intencionada.

X: Supongo que sí.

Y: ¿Por qué lo harías?

X: Por saber qué siente un asesino. Por ver el rostro de mi víctima en el momento de morir, en definitiva: por conocimiento. No hay nada más devastador que el ansia de conocimiento.

Apuntes para un proyecto de novela (3. Espejos)

Lo primero que recuerdas es un espejo. Rectangular, de madera barroca que simula el oro, con un adorno en la parte superior que parece una boca deformada. Desde muy pequeño asocias el espejo con la idea de una entrada, una puerta, una vía de acceso: no otra cosa son las bocas. El espejo es una boca. Te asusta pero también encuentras cierto placer en su contemplación. Desde tu habitación puedes ver —a través del espejo— el salón; sin embargo, desde el salón no puede verse tu habitación. Esto significa que puedes ver lo que pasa sin que nadie sepa que estás viendo. Tienes el privilegio de la mirada, aún eres muy pequeño para saber, a su vez, que todo privilegio acarrea una responsabilidad, es decir: eres responsable de lo que ves. Las cosas suceden porque las ves. Aunque no eres capaz de formular estas frases, las intuyes bajo la maquinaria implacable del espejo. El mundo se reduce a tu cuarto y el espejo. El mundo es tu cuarto y el espejo, que no es de nadie o forma parte de las cosas que hay en el pequeño piso familiar y están ahí antes que tú. De pequeño te fascina pensar que algo es anterior a ti, el tiempo son sólo las cosas animadas o inanimadas que lo habitan, el tiempo tiene la edad cotidiana del piso familiar, y sólo el espejo parece que viene de muy lejos, tu conciencia nace también con el descubrimiento del espejo, de esa boca-entrada que engulle y vomita. Recuerdas cuál es la primera pregunta que te haces: ¿qué hubo de mi antes de ser esto que soy ahora? Recuerdas la respuesta: nada, antes de mí no hubo nada. La eternidad hacia atrás te resulta vertiginosa. Pasas mucho tiempo jugando solo y pensando en el tiempo, sientes una extrañeza, sientes que eres un extraño en el reino de tus hermanas Natalia y Rebeca.

Apuntes para un proyecto de novela (2. El hombre sin rostro)

Cuando pienso en el protagonista de mi novela imagino siempre un hombre sin rostro. Dicen que la cara es el espejo del alma, mi personaje es un hombre que carece de alma; quizá de esa primera impresión se alimenta la imagen: un hombre sin alma, esto es, un hombre que carece de movimiento, de voluntad, de energía, de rostro. Etimológicamente la palabra alma (del latín anima) designa la cualidad de ciertos seres vivos para moverse por sí solos. Mi personaje no tiene capacidad para moverse por sí solo, responde al arquetipo de héroe negativo, que no es capaz de tomar decisiones, que sucumbe a sus circunstancias y está incapacitado para la lucha. Mi personaje es trágico, quiero decir con esto que conoce su destino y sabe que es inevitable, lo acepta y su única forma de rebelión consiste en negar todo esfuerzo, su única forma de rebelión es el cinismo. Frente a un mundo a todas luces injusto, incomprensible, carente de sentido, mi personaje elige la no acción, pero no se trata de una elección libre, se trata de una imposición. La tragedia debe ser siempre inevitable para hacerla demoledora, para que pueda oponer frente al mundo una lógica distinta: la lógica de lo incomprensible. Morir en un accidente de tráfico resulta grotesco por evitable, morir por un cáncer es de una incontestable solemnidad.

En realidad la imagen del hombre sin rostro no ha estado siempre ahí, quiero decir que, primero escribo y luego le voy poniendo imágenes (o no) a lo que escribo. El hecho de que no tenga rostro me permite una trampa: ponerle cualquier cara cuando me acerco a él. Acercarse a un hombre sin rostro es como asomarse a un escaparate donde podemos ver el contenido de la tienda o nuestra imagen reflejada en el cristal, lo cual me lleva a pensar que, si mirando al hombre sin rostro puedo verme a mí mismo, mi protagonista es de algún modo todo lo que yo soy o todo lo que yo he sido alguna vez o todo lo que nunca he podido ser. La ficción pura no existe, nunca ha existido.

El hombre sin rostro responde también a un problema de técnica: el lenguaje debe iluminar lo que la imaginación poco a poco va construyendo, la limitación del lenguaje es su mayor potencial. Esto significa lo siguiente: leer es ir levantando el edificio que en el libro está sólo proyectado, como una partitura o como un plano de un arquitecto; el libro es la idea, el libro es el proyecto, la obra sólo está terminada cuando alguien la construye en su cabeza. De la misma manera que la quinta sinfonía de Beethoven sólo tiene sentido cuando alguien la interpreta o cuando alguien la escucha, de la misma manera que la Sagrada familia sólo tiene sentido cuando los arquitectos interpretan los planos y levantan los muros, el libro sólo vale cuando es leído, su estar en el mundo (como el estar en el mundo de las grandes obras de la música y la arquitectura) depende de que alguien se tome la molestia de leerlo. El libro es en este sentido un objeto mágico, porque sólo existe cuando alguien lo lee, sólo está cuando alguien va construyendo en su cabeza lo que las páginas tratan de decir. El hombre sin rostro es, desde esta óptica, un personaje que admite cualquier lectura superficial, o sea, cualquier cara.

Pero no ha sido una imagen premeditada, el hombre sin rostro no responde a todo lo que acabo de explicar, al contrario, todo lo que acabo de explicar me lo sugiere esa imagen obsesiva de un tipo sin rostro, con la cara borrada, una cabeza oblonga de color blanco sobre un cuerpo perfecto, atlético, delgado, fibroso.