Violencia o aburrimiento

Con cada nuevo ultimátum el asunto catalán va perdiendo fuelle, de tal forma que a medida que aumenta la tensión disminuye el interés. Acabaremos viendo desfilar a los tanques por la Diagonal y nos parecerá aburrido y lejano, como de otra galaxia, muchos opinadores se preguntarán ¿cómo hemos llegado a esto?, la vida continuará como en una canción, seremos más viejos y no nos daremos cuenta…

Dijo Borrell que España no tenía quien la escribiera y en ese diagnóstico creo que se equivoca el político catalán, España tiene un relato que consiste en imantar la ideología de tal manera que a un lado queden los defensores de la bandera roja y gualda y al otro los demás. Así, defender la unidad de España tal y como la conocemos desde el 78 es un acto patriótico; formular la posibilidad de otro modelo es querer la ruptura de España. En esta lógica no cabe ningún matiz, y la verdad pasa por ser un asunto emocional, no hay argumentos, solo dogmas. Que saliera Borrell en aquella grandiosa manifestación con una bandera europea fue muy sintomático, ahora bien Josep, ¿cuál es la propuesta? Todo intento de comprensión pasa por ser sospechoso de independentismo, toda agitación de la bandera constitucional pasa por ser condescendiente con el fascismo, esa palabra narcótica. No hay lugar para la reflexión y esto solo puede acabar de dos formas: con violencia o aburrimiento.

La normalidad con la que algunos miembros del ejecutivo central viven la aplicación del 155 remite a la inocencia perdida: no pasa nada, volvemos a la legalidad, dicen; defendemos la legalidad, sostienen; la democracia se impondrá, apuntan; en esta fiesta no van a caber todos, y la cuestión ya no es qué va a pasar, sino cómo va a pasar. El argumento de la novela nos aburre, queda por ver si el estilo tendrá altura o será un vuelo rasante con la vulgaridad maniobrando en piloto automático.

Mientras la prensa afila cuchillos con el discurso de Podemos y se acusa a la formación morada de contradictoria, independentista, mentirosa o directamente antipatriota, Pedro Sánchez ha optado por colocar, una vez más, al partido socialista del lado del poder, cosa que viene haciendo el PSOE desde hace cuarenta años. Lo de Pedro Sánchez no es una novedad, su falta de brújula quedó patente y es ya la marca de la casa. Una nación de naciones con el 155 tutelando la agilidad de la articulación nacional o una movida rara o algo. Nadie sabe muy bien cómo sería un Estado Federal, pero si aparece en algún Estatuto de Autonomía la pretensión de asumir competencias en materia de justicia todos se apresuran a decir que ya bastantes concesiones tienen en provincias. Atar en corto o soltar cuerda, esa es la cuestión. El gran destape de la temporada lo está protagonizando Albert Rivera, que de tan español se le queda corto el Parlamento, lleva el de Badalona un mes presionando a Rajoy para que apriete el botón rojo, cuando ve que las encuestas le dan la razón se viene arriba y cualquier día aparece en el hemiciclo con un disco de Malena Gracia.

Resulta tan lejana aquella comparecencia de Puigdemont en el Parlament con declaración de independencia y suspensión de la República que parece que hayan pasado cuatro años en tres semanas. El asunto catalán ya no es una novedad y como en el sexo, si no hay novedad no hay pasión: ese interés desmedido.

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