Principio de orgullo

Recuerdo como si hubiera sido ayer los últimos años del felipismo: los constantes casos de corrupción que desangraban al PSOE, la figura fiscalizadora de Aznar invitándole a González a irse, la crisis económica. No cabe ninguna duda, la gran figura de la democracia española ha sido el político sevillano, entre otras razones porque hasta hoy ha sido el Presidente que más tiempo ha dormido en Moncloa, algo que si se mira desde un punto de vista sociológico arroja una verdad en sordina: España fue durante veinte años un país de izquierdas o al menos un país que sabía decir que era de izquierdas mientras acometía reformas liberales. La ideología nos juega malas pasadas porque siempre la miramos de reojo para saber qué tenemos que decir cuando nos preguntan por algo. Felipe González nunca tuvo reparos en traicionar al electorado más ideologizado de sus votantes, esto es algo que algunos (yo mismo a veces) hemos visto como una traición imperdonable pero que con el tiempo se va dulcificando porque es oír hablar a este tipo en la radio e inmediatamente uno le echa de menos. Si juntamos a todos los presidentes vivos y muertos de nuestra democracia solo uno parece Presidente: adivina cuál.  Los demás parece que les hayan invitado para escuchar lo que dice él. Así y todo González es también el Presidente más controvertido (GAL, FILESA), el más complejo y (no me cabe ninguna duda) el mejor dotado para el puesto.

Se nos olvida con facilidad que aquel fuera de serie fue también el responsable de una época plagada de irregularidades. Esta reflexión no viene a señalar a otro lado, al contrario, viene a decir que la corrupción sigue siendo un asunto que no se soluciona porque no hay voluntad política para hacerlo. La prensa va escupiéndonos cada día una detención o una imputación más escabrosa que la del día anterior: hoy le ha tocado a Eduardo Zaplana. Es tan escandaloso el asunto que han citado al Presidente del Gobierno y lo vivimos con total normalidad. Mientras el grueso de la derecha señala a Venezuela alguien silba mirando el cielo para hablar de lo nuestro.

En Francia Macron y Le Pen han vuelto a poner sobre la mesa el abismo que media entre las grandes ciudades y el extrarradio. El extrarradio no es ya una posición geográfica sino un posicionamiento ideológico frente al mundo cuando el mundo te aparta. Las elecciones francesas tienen una peculiaridad que las hace insoportables: la segunda vuelta. Los franceses votan dos veces; a nosotros nos obligaron a votar dos veces y el resultado ha sido que todos van poco a poco camino de la cárcel. La segunda vuelta parece que les dijera a los franceses ¿estáis seguros? Primero votan y luego se reafirman. Así, este método esquizofrénico sigue una lógica revanchista: si no ganaron los míos que se jodan los otros. Según las encuestas aquellos votantes que dieron su voto a Mélenchon votarán por Le Pen en la segunda vuelta. Esta locura solo puede responder a un principio de orgullo o de rencor, o a algo tan peligroso que nadie se atreve a pronunciar.

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