Premiar la desobediencia

Premiar la desobediencia es un peligroso oxímoron que solo podía venir de los Estados Unidos. Leo en la prensa que el Instituto Tecnológico de Massachusetts acaba de crear un premio a la desobediencia civil dotado con 250.000 dólares, lo cual me lleva a pensar si una persona o grupo de personas cuya función consiste en llevar la contraria, impugnar un orden, agitar las calles o remover la conciencia estaría dispuesta a plegarse ante semejante chantaje. ¿No es un premio una forma sutil de chantajear? También podría suceder que las personas o grupo de personas que deciden oponer resistencia civil se vieran mediatizadas por el acicate del dinero y acudieran beligerantes a mostrar su desobediencia no por el hecho de creer en ella sino para conseguir el botín. Los niños no se portan bien porque entiendan el valor moral, lo hacen para conseguir el caramelo.

En su afán por asimilar todo a la cultura del capital la lógica del mercado vende camisetas del Che Guevara y posters de Mahatma Gandhi con la misma soltura que comercia con la iconografía del espectro ideológico contrario. No importa si llevamos una camiseta de Stalin o Hitler, lo que importa es comprar la camiseta. El motivo no es el mensaje, el mensaje, nuevamente, es el medio: la camiseta o, mejor, gastarse el dinero en ella. Porque de eso se trata. El dinero puede comprar incluso la sensación de que uno no necesita dinero.

Hay una verdad que de tan obvia me resulta sonrojante: los movimientos de protesta y las personalidades que se erigieron como símbolo de resistencia civil no buscaban ganar dinero, ni fama, ni notoriedad institucional; buscaban producir un cambio. La recompensa era el cambio, el premio gordo. Se jugaban la vida para que otros pudieran disfrutar un derecho, o sea que lo que hacían lo hacían por los demás. Ahí hay otra contradicción porque en Massachusetts entienden que la recompensa es para un individuo o grupo de individuos: el dinero siempre habla de tú a tú. Nada más concreto e intangible que el dinero. El dinero siempre será disfrutado por alguien, alguien concreto con nombres y apellidos, los derechos son para todos.

Desobedecer es ya la recompensa, paladear el NO, ver cómo el sistema se deshace ante un arma invisible, pues nadie pensó qué hacer cuando alguien dice NO, quizá meterle en la cárcel, pero en la cárcel de nuevo dice NO, en la calle en la cárcel en cualquier parte dice NO. El hombre rebelde niega como una forma de vida y su negación es el negativo de la foto que hizo, la negación es la semilla de un derecho y pagar por ello es una maldita bula y 250.000 dólares son muy pocos dólares para pagar la dignidad. Quizá un millón, mil millones de dólares como recompensa, un billón de dólares, no sé, todo el dinero del mundo como recompensa a los que desobedecen y se sientan pacíficamente y hacen el gesto de la paz y antidisturbios y gas lacrimógeno y violencia y palos y luego 250.000 dólares. Así funciona el circo del mundo.

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