Un minuto de silencio

En su afán por deslegitimar la normalidad e impugnar la hegemonía cultural, Unidos Podemos se ausentó ayer del Parlamento cuando Ana Pastor pidió un minuto de silencio por la muerte de Rita Barberá. La ausencia fue poco elegante, la elegancia es lo último que uno debe perder, no en vano, en los tanatorios acicalan a los muertos para presentarlos a las visitas. Al gesto de Pablo Iglesias, Iñigo Errejón y Alberto Garzón le siguieron una lluvia de críticas furibundas: a la falta de elegancia se contesta con un traje de Armani, no con unos vaqueros rotos. La pena es que nadie describa los hechos: la decisión de guardar un minuto de silencio fue tomada por Ana Pastor sabiendo que tenía en contra al grupo de Iglesias y después de que la Mesa no lograra un acuerdo entre todas las fuerzas políticas. Ya dijo Onetti que no había forma más repugnante de mentir que decir solamente la verdad, ocultando el alma de los hechos.

En este país no sabemos relacionarnos con la muerte: escondemos los cementerios o sacamos imágenes ensangrentadas a pasear por la calle. La sangre es un motivo ornamental, si no hay sangre no hay belleza. La carencia de “humanidad” que tanto reprochan a la formación morada por negar ese minuto de silencio es una exageración muy carpetovetónica. Yo creo que al explicar la ausencia Pablo Iglesias comete un error, no tenía que haber explicado nada, los hechos hablan por si solos, un desplante puede quedar en mera anécdota si no hay explicación posterior.

Con muchos diputados twitteando las impresiones del gesto de Unidos Podemos, pensé que se les iba a ir de las manos e iban a terminar twitteando si estaban a favor o en contra de la muerte, una cuestión muy española y con la que tenemos experiencia; después del viva la muerte, muera la inteligencia, lo de ayer parece un capítulo más de aquella reyerta.

La pobre Rita, desterrada de su partido, juzgada por un crimen que no sabremos nunca si cometió, ha alcanzado muerta la canonización y el amparo que debió disfrutar viva, algo muy español también: reconocer en la muerte y no en la vida. En la indignación de algunos diputados está cifrado el leitmotiv de su moral: la hipocresía, una palabra que viene del griego hypócrisis que significa “representar un papel teatral”; un hipócrita es un actor, un fingidor. Quizá esa impostura, ese chovinismo repentino de los populares se deba precisamente a que no tienen la conciencia tranquila, a que creen que no hicieron lo suficiente por ayudar a la exalcaldesa caída en desgracia.

La unanimidad de la condena de la huída de los morados es tan monumental que hasta en su propio partido algunos decidieron quedarse en el escaño y respetar el minuto de silencio. El respeto, esa bandera que se agita para no confrontar ideas, es el argumento que todos esgrimen cuando tienen en frente algo distinto, pero toda protesta es una falta de respeto, la cuestión es hasta dónde se deja escandalizar el agraviado.

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