Desmelenada y salvaje

Esperanza Aguirre ha sido durante muchos años el buque insignia del populismo más desacomplejado del Partido Popular. Solo ella ha sido capaz de sobrevivir a un atentado terrorista y a un accidente de helicóptero, saliendo como la protagonista de una película de Almodóvar, con sandalias y calcetines blancos pero sin alterar un milímetro su peinado. En el 2012 anunció su retirada de la política por razones personales y en el 2015 volvió como candidata a la alcaldía de Madrid, sentándose en la calle en un sofá chéster para que la gente hablara con ella; parecía la lideresa una psicóloga que atendiera a los ciudadanos –todos enfermos de algo, de melancolía, de impuestos, de tristeza-. Esta nueva renuncia podría quedar como el cuento de Pedro y el lobo; las segundas partes en política nunca fueron buenas.

Cuando uno anuncia algo repetidas veces consigue que nadie le tome en serio. Tengo un amigo que siempre amenaza con escribir una novela, cualquier día nos comunica que por fin ha decidido dejar de intentarlo; tampoco le creeremos. El mundo está construido sobre reiteradas renuncias que nunca se llevan a cabo: dejar de fumar, dejar el porno, dejar el alcohol, dejar de gritar. Sin embargo hay que renunciar de vez en cuando, renunciando uno se da cuenta de que todo es tan sencillo que basta con pronunciarlo: soy esto, soy aquello, soy lo de más allá. Renunciar es ganarle por la mano a la derrota, anticiparse al hundimiento. Si Esperanza Aguirre dimite es porque ve claro que un final distinto la convertiría en un personaje indigno. Y la guardia civil anda cada vez más cerca.

La renuncia de Esperanza Aguirre sin embargo, no alcanza al acta de concejala del ayuntamiento de Madrid, donde continuará fatigando los plenos, allí tiene un reto inédito: hacerle la oposición a Carmena, que es el personaje en negativo de Esperanza Aguirre; una imagen perfectamente especular, cuando una sube la mano derecha la otra contesta con la izquierda.

A Esperanza Aguirre le han pillado off the record diciendo que la sanidad pública era para pobres, que ella era pobre de necesidad y que alguien era un hijoputa. Todas sus afirmaciones tienen algo desmelenado y salvaje, si todos los políticos fueran como ella no tendríamos un solo día de aburrimiento. Solo ella se atrevió a decir que era una anarquista liberal. La imagino haciendo los cuernos con una mano y con un brazalete de pinchos de acero en la otra, jaleando a una estrella millonaria del rock. Al final pasará a la historia como una diva política de la que no se recuerda ningún logro político.

A mi siempre me gusta escribir sobre Esperanza Aguirre porque al final veo en ella actitudes de niña traviesa, nada malvada, caprichosa y a veces incluso genial. El otro día un concejal de Podemos le decía en el pleno que tenía gracia, admito que usted tiene gracia, decía el de Podemos. Esperanza le miró con ternura. A veces los políticos se tratan con nobleza.

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