Títeres desde abajo

La simplificación es peligrosa y puede llevar a situaciones incómodas. El asunto de la compañía “Títeres desde abajo” despierta encendidas posiciones e interesados partidismos. Todo parece enormemente confuso: la obra no era para niños; la obra era para todos los públicos; el ayuntamiento lo sabía; el ayuntamiento no lo sabía; los titiriteros no sabían para quién actuaban; el programador que contrató a la compañía no conocía la obra; etcétera, etcétera.

La consecuencia inmediata de este lío ha dado con los dos titiriteros que representaban la obra en la cárcel, acusados de enaltecimiento del terrorismo. De esta manera se equipara a Arnaldo Otegui con una compañía de titiriteros. O sea, que es lo mismo realizar un acto de apoyo a personas que cumplen penas por terrorismo que escenificar con marionetas de trapo una estrambótica parodia.

Con la libertad de expresión sucede que hay demasiadas aristas e hipocresías en juego. Ya nadie se acuerda del Charlie Hebdo; cuando somos nosotros de quien se ríen la solidaridad no es tan fácil, con el orgullo herido la hipocresía coloniza cualquier pensamiento. Hemos pasado del Je suis Charlie a encarcelar a dos jóvenes que hacen marionetas en la calle. Todo muy proporcionado, muy español. Penalizar judicialmente las ideas es una herida silenciosa contra la que no se puede gritar: es delito negar el holocausto nazi, quemar la bandera nacional, o ensalzar el terrorismo. No me seduce ninguna de esas tres acciones y sin embargo creo que defender su negación es dar un ejemplo de tolerancia frente a aquellos que niegan el holocausto nazi, queman banderas o se enorgullecen de aquellos que ponen bombas.

Decía Michel Foucault en “Vigilar y castigar” que con la cárcel se trata de castigar otra cosa distinta del cuerpo: el alma; después de siglos de barbarie el espectáculo del patíbulo (el castigo) se va refinando hasta dejar el cuerpo escondido y a la plebe huérfana de espectáculo sangriento. Ocultar el delito parece ser el recorrido que sigue lo punitivo hasta llegar a las cárceles modernas. Así, que las personas que manejan los hilos de los títeres acaben en la cárcel demuestra que las ideas están penalizadas por la ley, y por lo tanto hay que ocultarlas.

La sátira ha sido siempre el arma del pueblo para combatir la frustración; todos los poderes fácticos están sujetos a la parodia y el escarnio, faltaría más. Cuando el Rey ve que la risa de sus súbditos no podrá nunca derrocarle la permite, incluso la promueve para que sus súbditos, a falta de algo mejor, tengan al menos la risa. Tratar de hacer gradaciones en el ámbito de lo cómico es inútil: no hay bromas moralmente aceptables, toda broma, toda parodia es una provocación insoportable.

Titiriteros desde abajo se equivocó de público. Pero esa ofensa no debería castigarse con la cárcel, en primer lugar porque el supuesto acto de enaltecimiento del terrorismo se produce en un contexto ficticio y bajo las leyes de la ficción. Que yo sepa un juez no tiene potestad para decidir qué está bien o que está mal dentro de una obra de teatro. Otra cuestión, igual de punzante, consiste en preguntarse por qué, si la obra no era apta para menores (tal y como aseguran los propios titiriteros) y visto que antes de que diera comienzo la función el público era mayoritariamente infantil, por qué, digo, no se negaron ellos mismos (los titiriteros) a llevar a cabo el espectáculo de marionetas.

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Un comentario en “Títeres desde abajo

  1. Creo entender este párrafo, pero me parece confuso:
    “No me seduce ninguna de esas tres acciones y sin embargo creo que defender su negación es dar un ejemplo de tolerancia frente a aquellos que niegan el holocausto nazi, queman banderas o se enorgullecen de aquellos que ponen bombas.”

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