El estreno

En la primavera del 2011 se gritaba en la plazas no nos representan mientras en la Moncloa ordenaba los papeles un partido que se pretendía cercano a la clase trabajadora. Rubalcaba era ministro del Interior y vió con ojos indulgentes la acampada de la Plaza del Sol y el movimiento nacional de los indignados. El partido socialista del siglo XXI fingía que estaba del lado de los débiles para seguir recaudando su cuota de poder, pero los gestos eran cada vez más difíciles de desentrañar y Zapatero no comprendió al final de su legislatura que el talante debe ir acompañado de un adjetivo: talante dialogador, talante autoritario, talante reformista. A Zapatero le sobraban los adjetivos. La herencia de Zapatero es esa falta de adjetivos y los adjetivos colocan a la realidad en uno u otro lado, hacen de la realidad algo más que una burocracia nominal, los adjetivos manchan o iluminan, los adjetivos nos posicionan frente a los hechos.

Cuatro años después aquellos que gritaban contra la falta de representación pueden verse ahora representados en el arco parlamentario por sesenta y nueve diputados (un número sugerente). Al coro de que si nos representan, un grupo de simpatizantes de Podemos esperaba a la salida del Congreso al equipo parlamentario de Pablo Iglesias, el vallecano volvió a emocionarse. La formación morada dio el espectáculo dentro y fuera de la cámara baja; dentro pasándose el hijo de Carolina Bescansa como el que se pasa el fuego Olímpico; Pablo Iglesias lo miró con carantoñas y parecía que le susurraba: algún día todo esto será tuyo. La política gestual que dominan los morados es un campo donde no tienen rival. Para regar más aún estos gestos, cada diputado de la formación de Iglesias prometió su cargo apostillando el juramento constitucional con una breve declaración de intenciones: prometo acatar esta constitución y trabajar para cambiarla. Uno a uno fueron desfilando con nuevas proclamas y en un momento pareció que alguno iba a saludar a sus padres, a sus amigos, a la gente del barrio, como si prometer el cargo fuera un acto heroico, como si dedicaran el primer toro de la tarde a un respetable imaginario.

La emoción nunca había sido una cualidad destacable en los plenos del Congreso, pero Podemos lo que quiere es meter la tele en el hemiciclo, porque la televisión siempre ha vendido emociones. Hacer de la política un espectáculo que epate con la gente y sea digno de ser televisado, esa parece la consigna, y de paso escandalizar a la vieja política, España es un país que se deja escandalizar con suma facilidad. La política siempre ha tenido un aire sectario, secreto, de conspiración, y la dimensión que le da Podemos al trabajo Parlamentario parece acercarse más a lo que vimos durante aquella primavera del 2011.

La democracia representativa responde a un principio: deber ser reflejo de las inquietudes mayoritarias. Si Podemos ha llegado a formar parte del juego político es porque refleja las aspiraciones de un sector con suficiente volumen como para hacerse escuchar. Nada de lo que sucede en el ámbito político es fruto de la improvisación o la falta de rumbo, como quieren hacer ver algunos, más bien al contrario: responde a una planificación meticulosa. El juego de Podemos consiste en hacer política sujetando a un bebé con un brazo y alzar con el otro el puño o la señal de la victoria.

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