Que les hagan cocinar, bailar y cantar

Comenzó el debate Manuel Campo Vidal con la pregunta cuál es su idea de España y a dónde quiere llevar al país, a lo que Pedro Sánchez contestaba con el primer ataque de la noche, recriminando a Rajoy su ausencia en los debates que se han ido produciendo con el resto de candidatos. Si bien la pregunta de Campo Vidal no hay por dónde agarrarla, la respuesta de Sánchez nos daba la clave de lo que estaba en juego: el honor. En ese primer minuto Sánchez pareció desorientado, como si alguien le hubiera dicho intenta pegar primero, y el primero en recibir el golpe por poco fue Campo Vidal, sin duda el peor del debate. Con esa primera intervención todos vimos lo que iba a suceder: una pelea contra un muñeco de paja. Ahora bien, no terminé de entender dónde demonios nos quiere llevar Sánchez. De Rajoy no recuerdo la respuesta, lo que si veo recuerdo claramente es que enseguida desplegó un ejército de papeles sobre la mesa, tan desordenados que intimidaban. Los datos, que bien pueden inventarse, ya no asustan a nadie, nadie quiere datos porque nadie cree en los datos, ni siquiera cuando son ciertos.

El debate fue aburrido, trabado y carente de interés. Rajoy dijo sin ningún signo de turbación que España no había sido rescatada, que no había recortado las prestaciones por desempleo y que tampoco había disminuido las ayudas a la dependencia. Por su parte Sánchez también mintió en el asunto de las pensiones y el paro, la deuda y el déficit. Pero ambos estaban de acuerdo en algo: debían ganar menos dinero que el otro. Les propongo algo, señorías: trabajen gratis. Esta búsqueda delirante de honorabilidad está llevando a los políticos a sentarse en los sofás de la casa de Bertín, a cantarle nanas a María Teresa Campos o a bailar en programas de humor. Nunca un político trató con tanta insistencia de hacerse pasar por una persona normal.

Cuando Sánchez atacó con la artillería pesada del mensaje a Bárcenas, Rajoy no se inmutó, acostumbrado como está a la indolencia, pero ante la acusación de falta de decencia al político gallego le tembló el ojo izquierdo y pronunció una maldición: lo que acaba usted de decir aquí le perseguirá el resto de su vida. Fue una aseveración terrible, quizá más terrible aún que la acusación de Sánchez porque toda la vida es demasiado tiempo y porque nadie está a salvo de sus propios fantasmas: ¿tendrá Pedro Sánchez pesadillas en la vejez que le recuerden que una vez acusó a alguien de ser indecente? La decencia parece ser una cuestión muy importante en el ámbito de la derecha española, de hecho, la gente decente, aquella a la que tan bien representa Rajoy, parecen los custodios de una orden misteriosa que protegieran los VALORES, así, en mayúscula.

Rivera e Iglesias charlaron amistosamente en el postdebate de la Sexta, dejando entrever que lo suyo es un tercer tiempo como el tercer tiempo del rugby donde todos juegan contra un mismo adversario: la cerveza. Se achucharon los nuevos sabedores de que el debate había causado la peor emoción en el espectador: aburrimiento. El aburrimiento es la amenaza que puede acabar con el bipartidismo. Visto que nadie está dispuesto a escuchar la verdad, al menos que pasemos un buen rato frente a la tele, que les hagan cocinar, bailar y cantar.

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Un comentario en “Que les hagan cocinar, bailar y cantar

  1. Me gustan lo que “nadie quiere datos porque nadie cree en los datos, ni siquiera cuando son ciertos” porque, en efecto, pueden ser amoldados a gusto del consumidor.
    “El aburrimiento es la amenaza que puede acabar con el bipartidismo.” (buen aforismo)

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