Pablo Iglesias es un perro

Como si fuera un perro, el discurso de Pablo Iglesias ha envejecido en un año el equivalente a diez o quince en la vida de un hombre. El madrileño de pelo largo ha sufrido la verdad de la política que nos enseñó el maestro Raul del Pozo: la política y el sexo son sucios cuando se hacen bien. Desde la candidez de las entrevistas de la Tuerka Pablo Iglesias nos gustaba porque aspiraba a cierta pureza, desde su escaño del Parlamento europeo todo se volvió lejano y difuso, demasiado limpio e inocente; la revolución y la igualdad forman parte de un ideario que aburre cuando trata de tocar la realidad, porque en la vida real todo es mucho más primitivo, más sucio, más violento. También como si fuera un perro Pablo Iglesias parece el mejor amigo del hombre: renta básica, subidas salariales, referéndums para todos, la democracia como una fiesta a la que por fin nos han invitado. Un perro que se deja acariciar porque está diseñado para recibir caricias a cambio de fidelidad. El palo que lanzamos para que el perro nos lo traiga es aquí la indignación de haber perdido el trabajo o de seguir trabajando por el mismo salario que nos pagaban hace 15 años.

A fuerza de repetir el mismo discurso Podemos se ha convertido en una caricatura de sí mismo y las encuestas les van sepultando poco a poco; la casta ya no les tiene miedo porque la casta (ese término que inventaron ellos sabiendo que no inventaban nada) no existe o somos todos, como hacienda. Noto un cansancio en el político vallecano que parece venir de una pelea antigua: la lucha por ostentar la razón y, de paso, el poder. Los viejos partidos conocen las reglas del juego, Podemos ha tenido que sufrirlas para aceptar la lógica de las encuestas y al año capitular como partido minoritario, la minoría es una extravagancia de las encuestas, una anomalía.

Si Albert Rivera ha tenido una exposición pública gradual y ha ido subiendo en popularidad con cierta mesura hasta alcanzar la cota deseada en las encuestas, Pablo Iglesias tuvo una explosión inicial que va diseminando ahora los restos de su onda expansiva con agónica persistencia; ya no basta con hablar en un tono de voz pedagógico, controlado, seguro y revanchista, Pablo Iglesias no ha variado su discurso ni cuando las encuestas le colocaban a escasos puntos de la presidencia. Lo que para Pablo Iglesias es coherencia para la lógica política es una nada absoluta. Al menos Rajoy sabe pasar desapercibido y ningunear al periodismo nacional concediendo entrevistas desde pantallas de plasma. Quizá le hubiera ido mejor a Iglesias desapareciendo de la escena pública y apareciendo ahora, como mártir o salvador o ambas cosas en una sola persona.

La izquierda siempre ha tenido dos grandes enemigos, uno a su derecha y otro a su izquierda, en su propia casa se esconde la espada de Damocles que consiste en llevar a cabo todo aquello que promete y además hacerlo con el consenso de su propio partido. Mientras que a la derecha le basta cierto despotismo pragmático (o sea, decir que algo no puede ser y punto) la izquierda tiene un deber moral para con sus votantes y para consigo misma: hacer la revolución, conseguir felizmente que todos seamos iguales. En sus primeros meses de vida política Pablo Iglesias nos convenció de que era posible pasar del diez por ciento y tratar de disputar el poder a los dos grandes partidos. La ilusión del votante de izquierdas se disparó en esa época lejana e inmediata al tiempo, parece que fue ayer porque efectivamente fue ayer. Ahora parece que aquella quimera revolucionaria volverá a su porción habitual de tarta, el diez por ciento, toda vez que no ha sabido seducir al otro gran partido minoritario: izquierda unida.

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