Yo soy la gente

La política española es ese rumor vergonzante que solo conviene airear desde el plano del cinismo o la indiferencia. Pareciera que todos somos expertos en economía o en procedimientos anticorrupción, y pasamos sobre los acontecimientos con vehemencia y sabiduría encubierta, tan encubierta que resulta sospechosa: ¿no será que en el fondo no tenemos ni idea?

Con nuestra joven democracia prematuramente cansada —como un adolescente que se desespera ante la imagen que le devuelve el espejo— los sondeos que van arrojando mes a mes la prensa desvelan un dato ahogado por la marea de Podemos: la participación desciende; a la gente le da igual que gobierne la derecha, la izquierda, un frente posibilista o Norma Duval. Ni siquiera es el hartazgo PP-PSOE (de todo nos cansamos demasiado pronto), yo diría que a la gente le empieza a cansar la democracia.

La gente, ¿quién demonios es la gente?; la gente es ese grupo vacío de contenido que se deja llenar por el primer encuestador que se le acerca. La gente está enfadada, la gente está aburrida, la gente está indignada, la gente esto, la gente lo otro. Yo soy la gente y vosotros sois sublimes, que leéis este blog maldito.

Las encuestas pues, nos arrojan siempre verdades incómodas, porque al final del día se cumplen con descarada precisión. Yo no conozco a nadie que responda encuestas, tampoco sabemos quién diablos tiene los medidores de audiencia de la tele, pero acabamos confesando en los descansos de los derbis que zapeando vimos a Belén Esteban gritarle al pueblo su discurso triste. Todos vemos de pasada Sálvame y votamos en silencio lo que confesamos al encuestador, aunque nunca nos pregunte a quién vamos a votar. Al final la gente hace España, una nación vergonzante, que se sonroja de su pasado porque se lo enseñaron en los bares, pero nadie está dispuesto a borrar la leyenda negra: nos hemos convertido en una nación desesperanzada, que mira con melancolía al exterior creyendo que ahí fuera las cosas se hacen mejor. Amigos: ahí fuera las cosas se hacen igual de mal que en España. Me atrevería a decir más: Prefiero España antes que Inglaterra o Francia o Portugal o Italia o Grecia. El primer compromiso de la gente debería ser restituir el valor de lo que hay aquí, borrar el rictus melancólico que impregna todo sentimiento nacional. Si es cierto que la derecha se ha adueñado de los símbolos hispánicos, no lo es tanto que España sea un país de paletos (como nos quieren hacer creer desde fuera, otra gente). Estoy por comenzar un monográfico de grandes aportaciones españolas al mundo del pensamiento, personajes olvidados que ni siquiera nos enseñan en el instituto, jesuitas (atención) que hablaron por primera vez del conjunto de los ciudadanos como depositarios del poder (Luis de Molina). ¿Alguien puede imaginar a un cura en el siglo XVI decir que el poder no emana de Dios? Lo hizo un español. Esto debería saberlo la gente. La gente también debería saber que la escuela de Salamanca exportó profesores a toda Europa durante el siglo de Oro, cuando España era el centro del universo. Muchas cosas que creemos inventos ingleses, franceses o alemanes resulta que surgieron aquí, son nuestros y es bueno decirlo alto y claro. No hay que avergonzarse, hay que abrir la ventana de par en par y gritar: Yo soy la gente.

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