CHARLIE HEBDO

Hemos llegado a tal grado de esquizofrenia que preguntarse por las razones que motivan la violencia le hace a uno sospechoso o susceptible de ser colocado entre los violentos. Así, plantear que ETA tiene una explicación política le acarrea a uno el consiguiente apelativo de etarra; nombrar a Hezbolá como grupo paramilitar le coloca a uno como heredero de Bin Laden. Podríamos seguir con numerosos ejemplos. Al final parece que solo el acto de nombrar (el acto del habla que diría el lingüista John Langshaw Austin) hace que se materialice lo que uno pronuncia, como si el lenguaje tuviera un poder de facto sobre la realidad. En el mundo salvaje de la opinión esta teoría gana cuerpo y lo que uno dice no es sólo lo que uno dice sino lo que uno es. Los autores de las portadas del Charlie Hebdo son por lo tanto enemigos del Islam, al menos enemigos de aquella facción del Islam que es capaz de matar por sus principios. He de decir antes de continuar que mis principios son idénticos a los principios de Marx (Groucho).

Las primeras víctimas del atentado que sufrió la publicación parisina “Charlie Hebdo” son los hermanos Kouachi, es decir, los autores de la masacre: dos argelinos que nacieron en París y que, después de ser abandonados por sus padres, fueron criados en un centro de menores de la ciudad de Rennes. La historia de los hermanos yihadistas no tiene desperdicio, pero lo realmente preocupante es pensar que la situación de estos dos marginados sociales no es una excepción, sino más bien una tónica que viene repitiéndose en las familias de inmigrantes que vienen al primer mundo a encontrarse con el progreso. La cuestión es pavorosa porque nos lleva a plantearnos la siguiente pregunta: ¿cómo es posible que este tipo de atentados no sucedan con más frecuencia? Los más optimistas y radicales responderán que gracias al esfuerzo de las fuerzas de seguridad, pero mi discurso no va por ahí.

Pintar la tragedia de París como el resultado de la dialéctica civilización-barbarie resulta simplista y cierra cualquier acercamiento crítico a la violencia: nosotros somos civilizados y ellos (los terroristas) son bárbaros asesinos. Aquí se acaba la historia y a ver quien tiene huevos de llevar la contraria. Plantear el problema desde esta perspectiva no admite discusión alguna, o eres un tipo civilizado o eres un bárbaro. Pero el problema no es un problema de posicionamiento. La exclusión social se puede resolver con un suicidio, un caso más de alcoholismo o drogadicción, o un asesinato doméstico (violencia de género dirían ahora); el problema del terrorismo es un problema social, los hermanos Kouachi fueron dos frutos de la exclusión social y el mundo es cada vez más un juego de relaciones donde las consecuencias del aleteo de la famosa mariposa china resuenan al otro lado del Planeta. Baste un breve repaso de los acontecimientos que se han producido a raíz del atentado del 7 de Enero para ilustrar esto: En Nigeria, a 5.880 Kilómetros de París, los altercados provocados por manifestaciones y atentados a Iglesias cristianas dejan 10 muertos como balance oficial del posicionamiento frente a los muertos del Charlie Hebdo. Vivimos una suerte de esquizofrenia empática, si insultan a mi hermano musulmán en París yo mato a tu hermano cristiano aquí, en Zinder. Qué grandiosas, qué fantásticas son las religiones, un verdadero motor para la civilización, como dice el mojigato de Juan Manuel de Prada.

Los terroristas fueron niños una vez, llora el dibujante Luz explicando la portada del número 1.178 del Charlie Hebdo, donde reinciden representando al profeta. Se equivoca el caricaturista, y ese es el problema, a los terroristas les robaron la infancia y buscan colocando bombas, apretando gatillos, inmolándose frente a la muchedumbre, acabar de una vez por todas con la frustración y el odio, y encontrarse por fin con Dios, sentirse por fin amados, refrendados por la santísima verdad de servir para algo realmente puro; una aspiración trascendental a través del Kalashnikov.

El humor es una anomalía, una ruptura de la lógica en la que nos movemos habitualmente. Todo lo gracioso funciona como un resorte que hace saltar por los aires el aburrido devenir del tiempo; ningún Dios está exento del placer de la distensión, al contrario, todos los dioses sonríen cuando ven al hombre agitarse ahí abajo. Nada es sagrado salvo la vida, y hasta donde sabemos ningún chiste, ninguna viñeta, ninguna caricatura provoca la muerte.

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