Izquierda extrema

Así como en la empresa privada los beneficios marcan el éxito, en la política el número de escaños escupe la verdad del discurso a la cara de los votantes —sobre todo de los que no te votan—. En ambos casos no importa la doctrina o lo que se fabrique, en ambos casos opera en la oscuridad un objetivo que nada tiene que ver con el negocio o la ideología. Se trata de ganar, en el primer caso dinero, en el segundo votos. Felipe González es un animal político que entiende las elecciones como una oportunidad para atosigar las vitrinas; pocos días antes de la consulta vio por el espejo retrovisor cómo avanzaba el morado de “Podemos” y, ante el pavor de la derrota, buscó la alianza de aquellos a los que siempre combatió. Proponer una coalición con tu mayor enemigo no supone una traición, sino que viene a demostrar aquello que tanto repite el eurodiputado Pablo Iglesias, a saber, que existe una casta política inidentificable ya en sus siglas o en su programa electoral. Felipe González les vio acelerar y predijo que esto podría convertirse en un país desgobernado por infinitas opciones. A mayor número de opciones más difícil lo tienen quienes siempre ganan. El Real Madrid también desea siempre ganarle la copa de Europa al Milan o al Liverpool; que lleguen equipos pequeños menosprecia la competición, sobre todo si terminan ganándola (los pequeños). El fútbol lo inventó el Real Madrid y no al revés, es muy fácil adivinar qué correspondencia sigue a continuación. Me vuelvo terriblemente previsible.

Los grupos mediáticos de la derecha han nombrado ya la opción del joven profesor de ciencias políticas, colocándola al lado de Maduro, Castro y todo lo que huele a izquierda institucional y sudamericana; Podemos es una formación de extrema izquierda, aseguran, como si colocando el adjetivo delante del nombre se le otorgara una categoría delictiva. Lo de poner extremo delante de algo da una idea de entrada beligerante e impresionista, sin complejos, da igual el nombre que venga detrás. En Francia gana la extrema derecha y en España despierta un prurito de extrema izquierda. Algún político del Partido Popular ya lo ha advertido: nos alarma mucho que gane la extrema derecha en Francia, pero nadie se queja de los diputados que ha conseguido la extrema izquierda en España. Algo así ha dicho Monago. Yo creo que la gran diferencia es que Podemos no ha conminado a la madre naturaleza en forma de epidemia a que termine con los africanos (u otro enemigo). Ya sabemos que para dirigir a la masa es necesario primero construir un enemigo: los judíos, los comunistas, los negros, los inmigrantes. A Le Pen le preocupa mucho que los inmigrantes les quiten a los franceses los trabajos; a mi, la verdad, me gustaría ver al grueso del pueblo francés trabajando en el campo, en la construcción o en el servicio doméstico, sin contrato y con sueldos que no permiten comer carne dos veces por semana. Sería realmente maravilloso contemplar cómo el pueblo francés se adueña de su destino.

El diagnóstico más delirante de lo que ha pasado con Podemos se lo oí primero a Federico Jiménez Losantos, luego lo han repetido otros (con un tono más moderado): la izquierda controla los medios de comunicación, se ha atrevido a decir el de Teruel. En un discurso absolutamente dadaísta, Jiménez Losantos asegura algo así como que Rajoy forma también parte de la izquierda. El locutor es ya una caricatura de sí mismo, su mirada inexpresiva tiene un punto de nostalgia, parece pedir ayuda, como si se hubiera adueñado de él otro y necesitara un exorcismo. La repetición de su discurso demuestra el agotamiento del mismo.

Mientras que el Partido Socialista va preparando su renovación después de ver más de dos millones de votos perdidos en comparación a las anteriores europeas, Mariano Rajoy y los suyos desgranan la realidad sujetándose a lo obvio: hemos ganado las elecciones, dicen. No hay nada por lo que preocuparse, dicen. Entre el PP y el PSOE acapararon más del 80% de los votos en los comicios de 2009, en este mayo de 2014 no han llegado al 50%. Perder casi la mitad de votos no merece mayor reflexión para el Presidente. La política de inercia que ejerce Mariano Rajoy parece darle siempre la razón, cuando ganan porque ganan, cuando pierdan porque habrán perdido, pero todo siempre acompañado de un inmovilismo que deja bien claro que hacer no se debe hacer nada, lo mejor es dejar las cosas como están, funcionen o no. Mientras el Planeta va poco a poco pidiendo más participación, el Partido Popular observa el bullicio entre cansado y menesteroso, esperando que pase algo para no tener que hacer nada.

Lo que ponen de manifiesto iniciativas como la de Podemos es el agotamiento del modelo de representación parlamentaria, donde la ciudadanía siente que el contrato social se ha roto o nunca se ha cumplido. El discurso de los morados es idéntico al de la vieja izquierda, solo les separa un márketing desplegado en las redes sociales y la televisión, y una apuesta por la participación. Esa será la clave del siglo XXI en política, el paso de la representación a la participación. La derecha no está dispuesta a dejar que nadie participe, porque nunca supo gestionar la diferencia, la cuestión es (será), ver hasta qué punto Podemos se conforma realmente como un movimiento ciudadano y no como otra superestructura política del Estado. En la medida en la que olviden las referencias manidas al sectarismo de izquierdas (Venezuela, Cuba, Corea del Norte) y escuchen con real interés a la ciudadanía, encontrarán un mayor acogimiento en la sociedad o un mayor rechazo. Habrá que ver si realmente se trata de un altavoz del pueblo o de otra marca registrada para ganar.

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