Las heridas

El Partido popular ha creado un monstruo que parece volverse en su contra; Frankenstein, recordemos, no quería derramar sangre gratuita, sólo llamar la atención de su creador, que pensó que la vida era un regalo y la libertad una fiesta sin invitación: no es así, todos somos algo monstruosos cuando nos pensamos inocentes o culpables. La manifestación del día 27 de octubre contra la anulación de la doctrinaParot”, a la que se fueron sumando numerosos dirigentes, terminó con abucheos a cierto sector de los populares. En este país, donde nos movemos siempre contra algo, ya nos parece normal que las víctimas del terrorismo le recriminen al partido que les ha venido apoyando su blandura respecto a Europa, su posición plebeya ante Estrasburgo. Los derechos humanos han de ir en una sola dirección: aquella que apueste contra los presos y no a favor de ellos. Lo sé: a mi padre no le mataron de un tiro en la cabeza mientras corregía exámenes en la Universidad. Si, desde la barrera los toros son un espectáculo, bajar a jugarse el pellejo, a ensuciarse con la sangre del morlaco, anula todo carácter objetivo de la fiesta. Ningún torero está por la abolición de los toros: son los otros los que pueden abrir ese debate.

Víctimas y terroristas no deberían entrar al ruedo de los asuntos jurídicos, porque ambos hablan desde sus heridas; el terrorista desde la herida de la patria enajenada, la víctima desde la pérdida. Ambos no reconocen la problemática del otro, y rechazan toda autoridad externa que regule su dolor. Se precisa del arbitraje de un tercero para que la razón ilumine aquellas zonas de sombra, creo que para eso existe la justicia.

Al igual que sucede en la representación del amor, la justicia es ciega, pero a diferencia del primero, la segunda no es ciega —digamos— de nacimiento: la justicia es ciega por imperativo legal (nunca mejor dicho). La justicia ha de ser ciega mientras imparte su orden. El amor es ciego porque la fuerza de su sentir arrasa con todo intento de objetivar el mundo, el mundo no puede ser nunca objetivable bajo el hechizo del enamorado. Romeo y Julieta no pueden detener el río de sus impulsos; hay una fatalidad en la ceguera del enamorado o del colérico (la cólera es una deformación del amor), hay sin embargo una aspiración de intachable pureza en la ceguera del que imparte justicia.

Desde el punto de vista legal existen numerosos argumentos a favor y en contra de la llamada doctrina “Parot”, pero firmar un tratado de orden Internacional supone no sólo estampar la rúbrica, además hay que cumplir lo que dice el texto. El texto en este caso habla de los derechos humanos. Para según qué cuestiones nos gusta mucho perfumarnos de europeos, pero si se trata de nuestros muertos no nos gusta que vengan de fuera a decirnos cómo debemos enterrarlos o cómo debemos recordarlos. El que habla desde la herida nunca sabe si lo que dice es en realidad un alegato, una elegía o un sepelio; hablar desde la herida es conjurar al dolor para que desaparezca, pero ningún dolor es capaz de mirar más allá y mientras se buscan causas colaterales o restituciones imposibles la sangre no deja de manar.

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