Topless en el Congreso

El cuerpo se ha convertido en un sofisticado tabú que debemos esconder pero sugerir para que los demás no lo vean pero sepan más o menos qué forma tiene. La moda nos tapa frente al espejo de lo socialmente aceptado, jugueteando con lo que se puede mostrar y lo que no. Siempre he pensado que deberíamos andar completamente desnudos y solo cuando las condiciones climatológicas no lo permiten tapados con sacos de cuerda. Toda convención social no hace sino contener al animal que nos habita, un animal que ya no conoce las reglas de su instinto, de ahí que todo sea complejo, confuso y lejano.

La desnudez provoca porque se revela contra todo. Acostumbrados como estamos a sugerir, cuando algo se nos presenta así, bajo una verdad que no admite interpretación, la tensión asciende y puede llegar a convertirse en insoportable. No porque deseemos el cuerpo, sino porque el cuerpo es radicalmente incomprensible.

Hoy, en el Congreso, varias integrantes de Femen han mostrado sus pechos al ministro de justicia. Mezclar en la misma frase pechos y ministro de justicia es una procacidad que me llena de orgullo. Alguien con un semblante tan serio como  Alberto Ruiz Gallardón merece al menos una vez en la vida ver su nombre mezclado entre los pechos turgentes de estas guerrilleras de topless. El Congreso era demasiado aburrido hasta que llegaron ellas. Hemos de felicitarnos, empezamos a parecer un país realmente serio. La revolución pendiente, la definitiva trasgresión será aquella que hagan los cuerpos hablando en su desnudez pulcra, ataviados de nada.

Basta con observar las imágenes del desalojo para entenderlo todo: los agentes de seguridad respetan aquello que habitualmente no se muestra, agarran a las activistas por los brazos, por las axilas, por las muñecas, por los tobillos, pero no pueden sujetarlas tocando directamente con sus manos los pechos. ¿Qué tienen los pechos de estas activistas que ningún agente del orden en el Congreso logra palparlos? Desde el momento en el que el cuerpo se muestra así, sagrado, la batalla está perdida.

Mostrando su cuerpo, las chicas de Femen reivindican una absoluta libertad para hacer con él lo que deseen. Para Gallardón el cuerpo no existe, solo existe un ente indeterminado, carente de corporeidad, una máquina abstracta que fabrica recién nacidos, la mujer reducida a su misión biológica: parir. A Gallardón no debería escandalizarle que unas muchachas en flor protesten enseñando sus pechos, son (los pechos), al fin y al cabo, glándulas que alimentarán a recién nacidos y no pequeños botones que accionan el placer. Para reivindicar la vida hay que pasar primero por reivindicar el cuerpo y, también quizá, por tener la valentía de entender la vida como un acto voluntario, un acto definitivo en el que la mujer tendrá siempre la última palabra, porque es ella la que porta dentro de su vientre esa promesa.

Mirad el gesto del ministro Wert en esta foto http://politica.elpais.com/politica/2013/10/09/album/1381305238_552804.html#1381305238_552804_1381310090. ¿Qué quiere decir ese dedo índice ligeramente mordido, esa mirada que parece devorar con sucinta ferocidad?

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