Las reformas de Wert

El polémico discurso de Wert tratando de explicar los recortes en las becas resulta insultante, pero explica a la perfección el ideario político del Partido Popular y a gran parte de los feligreses del liberalismo económico. La cosa es bien sencilla: si usted saca un 3 pero tiene un tejido social aquilatado de meriendas y fiestas de puesta de largo en el barrio de Salamanca y en La Moraleja no hay problema; si usted saca un 6,4 y se relaciona con expresidiarios, alcohólicos, parados, vagabundos, marginados, o incluso, en un alarde de extravagancia, usted se relaciona con gente normal, tendrá que dejar los estudios y dedicarse a poner copas en algún garito de moda; garito, por cierto, donde irán los niños de papá a gastar el dinero de papá.

El recorrido está muy claro y no admite dudas: se trata de encarecer la universidad para llenarla de gente pudiente. No hay mejor filtro que el filtro económico, visto que hemos gastado lo que no teníamos, que gasten ahora los que tienen. Nada como el dinero para que todo parezca que se ordena felizmente.

El ministro propone una trampa en la concesión de becas, y en lugar de atender a razones puramente económicas apunta a cuestiones curriculares: me parece muy bien, yo iría más allá. Si, por poner un ejemplo tonto, el hijo de Aznar o el hijo de Rajoy o el hijo de Wert, no superan una nota de corte (pongamos un 6,5) que dejen paso a quien si la supere. El problema es que los hijos de los prohombres no se atienen a las mismas reglas, de hecho pagan para que las reglas sean otras. La gran hipocresía del sistema consiste en establecer reglas para que otros jueguen. No quiero saber si el ministro Wert superaría una prueba objetiva que nos demostrara sus conocimientos en gestión educativa.

La obsesiva lucha por la libertad económica que se empeñan en abanderar los populares se está convirtiendo en un delirio muy parecido al descrito por Gibbon en La caída del imperio romano. Parece que no se trata de defender la libertad económica, más bien se trata de garantizar que aquellos que pueden responder sin el apoyo del estado queden excluídos de la responsabilidad de la crisis. La crisis, para quien todavía no se ha enterado, es un estado de las cosas, una química del alma, una cohartada.

Los Estados modernos, occidentales, democráticos y aburridos, proponen una utopía: que cualquier ciudadano pueda acceder de forma aparentemente gratuita a una educación y una sanidad de calidad. Este principio se apoya en un recurso indispensable: los impuestos. Sin impuestos no hay Estado. La gran pirueta consiste en comprender que, puesto que yo pago impuestos, yo soy el Estado. El Partido Popular, por boca de insignes dirigentes y exdirigentes, deja bien claro que su lucha es una lucha contra los impuestos y, por lo tanto, contra el Estado. El Estado es el conjunto de ciudadanos pero en la ceguera del liberalismo la entidad común no tiene peso, es un gas que a veces se inflama y hay que apagar. Lo único ponderable es el individuo. Teniendo presente esta idea, ningún ministro que abogue por la libertad económica apostará por una educación que pretenda eliminar las diferencias.

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