Cantan pájaros

He pasado cuatro semanas agazapado, esperando mi momento como el delantero bisoño espera en el banquillo, con una mezcla de deseo y miedo sin saber si realmente quiere salir a pelear o quedarse eternamente corriendo por la banda. Yo no tengo claro si estoy peleando o corriendo cuando escribo en este blog.

Me han animado a escribir los ingleses por un lado y los franceses por otro. Creíamos que la corrupción era un asunto oriundo de la península ibérica y resulta que los hombres más poderosos del planeta también saben hacer chapuzas a la española: los ingleses espiaron en el año 2009 a los delegados de las cumbres del G-20, lo hicieron construyendo un decorado de cartón piedra, cibercafés de palo donde las cosas electrónicas pasaban el visto bueno de la inteligencia británica, así cualquiera negocia. Los franceses, por su parte, se destapan como apasionados del amiguismo; me encanta ver cómo otros sucumben a las modas españolas. Estoy a tu lado para servirte. Utilízame: No es la frase de una película de Almodóvar, es Christine Lagarde dirigiéndose a Sarkozy.

El mundo parece en estado de ebullición y aunque no creo en los cambios repentinos si creo que algo va poco a poco moviéndose, poco a poco ensayando algo parecido a un bostezo. Brasil clama por unos servicios sociales equivalentes a los que disfrutamos en este lado del atlántico, cosa llamativa cuando vemos que el estado del bienestar es insostenible según algunos. Lo suyo es apostar por el bienestar del Estado: entonces sí.

Pienso mucho últimamente en el canto de ciertos pájaros, ignoro por completo de qué especie se trata, si golondrinas, palomas, gorriones o vencejos, lo cierto es que el sonido, al atardecer, cuando el Sol bascula a otras latitudes, me resulta especialmente grato. Oímos el canto de los pajaritos y nos parece que todo está en orden y es hermoso y que hay salvación y que el mundo tiene remedio, basta con escuchar esos silbidos caóticos y melodiosos. Pero resulta que la verdad es distinta: los pájaros no cantan para aquilatar la belleza, es otro su cometido: cantan porque pelean o porque se amenazan o porque tratan de cortejarse, no cantan para hacernos felices; lo extraño es que su canto represente cierta paz. En el mundo de los hombres sucede algo parecido: toda apariencia nos remite a ideas equivocadas. La seriedad que recubre la parafernalia del poder nos hace pensar que quien se monta en el coche oficial, quien se hace la foto que aparece en prensa, quien ostenta un cargo importante es siempre alguien preparado, alguien honrado, alguien que peleará por los más débiles y hará cumplir la ley en beneficio del desprotegido. A su modo, los poderosos cantan como algunas aves, su sonido es el protocolo de corbata que todos vemos, pero la realidad es otra: se espían entre ellos, se envían mensajes apasionados, se odian y se desean mientras se sonríen en un apretón de manos o en una firma que nunca se cumplirá.

Estos hechos, junto con el desorden social que ha provocado también en Francia e Inglaterra la legalización del matrimonio homosexual, me llevan a pensar que aquí, en España, somos muy dados a la autocrítica, nos gusta meternos mucho con nosotros mismos, no somos nada chovinistas. Me imagino qué clase de comentarios haríamos en los bares si a raíz de la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo hubiéramos salido a la calle para protestar por ello. Al final va a resultar que Europa termina en los Pirineos y empieza en el Peñón de Gibraltar.

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