Reforma educativa de Wert

España siempre se ha sentido en deuda con la Iglesia; desde Torquemada hasta Franco, los grandes líderes (mirad la grandeza de los que escriben la historia) han sentido que una de sus responsabilidades era cuidar a la Iglesia o tratar de tener cerca y contenta a la Iglesia, esa junta directiva que cuenta almas y pecados cuando planta el balance de resultados frente a sus accionistas.

El maridaje entre Estado y religión es una dupla que funciona muy bien en España, país solapadamente católico que nunca se atrevió a hacer su revolución religiosa; protestantes, luteranos y ortodoxos revisaron las bases o las prisas de la ceremonia para darle cierta personalidad, ahí los ingleses, los holandeses, los alemanes pusieron su impronta sobre la impronta de Dios. Pero aquí no, aquí hemos estado siempre dispuestos a darle la razón al cura para que nos deje bautizar al niño en paz. El sentimiento religioso español es acomodaticio y sumiso, cosa que encanta en el Vaticano, sin embargo la constitución (esos papeles que se van amarilleando peligrosamente rápido) dice que somos un Estado aconfesional. El ministro Wert viene a poner un poco más de pimienta al guiso y decide equiparar el avemaría a la lista de reyes godos; puestos a memorizar da lo mismo una cosa que otra.

Reformar la educación parece ser el primer hito de todo gobierno que se precie desde que entramos en este espejismo de libertades y riquezas que llamamos democracia. El ministro Wert retoma la medida de hace más de treinta años y equipara la religión con el resto de asignaturas; entrará en el currículum escolar y computará para la maldita nota media. También hay mucho barullo con el tema del catalán, pero en Cataluña todo suena a barullo cuando el gobierno del PP decide decidir qué se tiene que hablar en ese pequeño país de ahí arriba. En este juego de relaciones parentales, donde el padre de Catalunya es el Estado y el padre del Estado parece ser la Iglesia, vamos entendiendo la política y el mundo como una babushka eterna que no conoce padre ontológico.

La identidad española pasa por la desidia, la melancolía, el lamento y el arraigo, cualidades todas ellas que dan la medida de un poeta o un músico; nos gusta dar la razón a los estamentos como el que da la razón a un padre senil (si papá, claro papá, lo que tú digas papá) para luego, cuando no nos ve, hacer un corte de mangas con los amigos en el bar, el único sitio de España donde reina cierta garantía de honradez y seriedad. Todos queremos bautizar al niño para decir luego que lo hemos hecho por nuestra suegra, que va a misa los domingos.

La mejor forma de elidir el tabú de la muerte consiste en negarla. Así, la religión no pretende comprender la nada a la que todos estamos convocados como un último y definitivo partido, pretende hacernos creer que más allá hay otra vida. Para salvaguardar las garantías de encontrar cierta paz o cierta felicidad eterna debemos comportarnos como buenos cristianos, si no, no hay regalito. Este tipo de principios son los que, para el ministro Wert, necesitamos asimilar para obtener una educación exitosa.

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