Ingenuidad y demagogia

La ingenuidad y la demagogia juegan en la misma liga, pero la primera es hija de la inconsciencia y la segunda es hija de la temeridad; ambas son atrevidas. En el diccionario de la RAE aparecen dibujadas así:

Demagogia: Práctica política consistente en ganarse con halagos el favor popular.

Ingenuidad: Candor, falta de malicia.

 El problema de la demagogia es que al ejercerla le toman a uno por tonto, o por enterado; la ingenuidad, sin embargo, tiene cierto hálito de inocencia contenida: todos nacemos inocentes y nos vamos volviendo poco a poco y con mucha paciencia demagogos. Ser demagogo consiste en pedirle al millonario que rechace su fortuna; ser ingenuo es pedirle que deje su patrimonio en manos del Estado.

La derecha siempre ha acusado a la izquierda de tender a la demagogia, es decir, de buscar el aplauso inmediato para que luego el motor del aplauso se diluya sin que nadie se pregunte por qué aplaudió. Acusar a alguien de demagogo es deshabilitarle para que quede en un fuera de juego dialéctico y anular así su discurso: ya no hay posibilidad de réplica. Los políticos utilizan con maestría esta estrategia para no contestar preguntas molestas. Lo hemos visto ayer mismo en la Asamblea de Madrid, cuando Tomás Gómez acusó al ejecutivo de Ignacio González con estas palabras: “No son las necesidades de la economía, son las necesidades del negocio a lo que responden sus políticas”, y el presidente contestó: “Dígalo fuera para que les metamos una querella criminal”. El clásico dímelo en la calle que soltábamos de teenagers cuando no alcanzábamos a herir con palabras.

Entre la ingenuidad y la demagogia gambetea la ignorancia, que unas veces se alía con una y otras veces con otra, dependiendo de las (pocas) luces del interlocutor. Ser ignorante tiene cierto aire romanticista y feliz, entendiendo el romanticismo como juego floral de fin de semana, y no como lo entendió Delacroix. El ignorante es libre porque elige el no saber como camino; el ingenuo se engaña; el demagogo se emborracha.

En la acusación de demagogo hay un regate hosco, violento, como de juego sucio. El razonamiento no alcanza a sintetizar en una sola frase la réplica y entonces ¡zas!: Es usted un demagogo. Hablar de la paz frente a la guerra, la justicia frente a la injusticia, el reparto de la riqueza frente a la libertad económica, lo público frente a lo privado,  comporta el riesgo de recibir por respuesta una acusación. La acusación de que uno es intelectualmente insuficiente.

Pero también hay cierto sabor a victoria cuando frente a la propuesta salvaje del pacifismo se obtiene por respuesta un desplazamiento de la discusión: ya no está en juego la razón de la guerra. Frente al NO a la guerra nunca se confronta el SÌ a la guerra, sino la validez del discurso del NO. Digámoslo de una vez por todas: la cuestión no es si soy o no soy demagogo, la cuestión es si la guerra es el camino, la cuestión es si los consejeros de sanidad José Ignacio Echániz, Manuel Lamela y Juan José Güemes se beneficiaron de su posición política para obtener posiciones importantes en empresas privadas.

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