La infanta Cristina

La imputación de la infanta Cristina en el caso Nóos viene a poner un colofón colorista y descreído sobre la montaña de corrupción que nos va sepultando poco a poco; también es un aviso: la realidad tiende a reproducir la ficción. Acudimos al cine a ver cosas extrañas y poco creíbles, por ejemplo, un mafioso demasiado humano, por ejemplo, un tipo corrupto con una maldad inquebrantable; pero la vida real tiene los mismos mimbres que la ficción, y entendemos finalmente que la nobleza detesta al populacho y que el poder hace malo malísimo a quien lo detenta o lo pretende detentar. La infanta Cristina no puede ser inocente y su imputación responde a la insoportable presión de los hechos y la verdad. Así las cosas, lo interesante ya no es saber si terminarán en la cárcel ella y su marido, cosa que seguramente no suceda, lo interesante será ver cómo el Rey se hace cargo de la hija; ver cómo un padre abronca a su hija preferida. Todos los padres tiene un hijo predilecto hacia el que sienten el dolor de no ser equitativo con el resto. Ahora Juan Carlos I puede enmendar su propia conciencia descubriendo que la hija lista, la que estudió y trabajó y se independizó antes que nadie, salió demasiado lista.

La pareja modélica que nos escupía la prensa rosa constantemente con sus perfectas y bucólicas fotos de boda, fotos de bautizos, y fotos de vacaciones esquiando en la nieve, ahora resulta ser el prototipo de familia corrupta. Dile a tu padre que si esto es viable. La lucha de clases suele degenerar en odio a la clase dominadora. Una infanta no debería llevar una vida plebeya. Ni sus carreras ni sus trabajos convencen para absolverla.

Como la monarquía es una institución representativa o que oficia de mero símbolo, todo en ella debe responder a una arquitectura pulcrísima, esmerada en la puesta en escena, como las grandes estrellas del rock. La infanta Cristina ha errado en el vestuario de su moral, acomodando sus ropajes a los de su marido. La lealtad a la pareja pasa por decidir si uno está dispuesto a adoptar los valores de su partenaire o si acarrea con sus propios valores aunque le cueste el divorcio. Quizá la infanta Cristina ha esperado este momento para sacudirle una bofetada dulce al duque de Palma y veamos en pocos días un nuevo baile en los juzgados, esta vez con asuntos matrimoniales.

Que muchos diarios nacionales e internacionales vean todo este asunto como una gigantesca sacudida en el establishment de la España monárquica nos da la temperatura del sistema y viene a avalar la tesis de que todo es apariencia, todo es simulacro, como ya diagnosticara Braudillard. En algún sitio he leído que la justicia atravesaba, con la imputación de la infanta, una línea roja. Resulta sospechoso que gran número de noticias apunten en esa dirección y elidan el delito o pretendan dejar al delito en mera fanfarria abocada a la nada. La línea roja la cruzó la infanta hace años y, al igual que su marido, debe responder ante la ley por ello.

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