El delantero que se negó a celebrar sus goles

 

Siempre nos hemos dejado llevar por el entusiasmo, la cordura es una tibieza que marchita las grandes obras o la supuesta grandeza de algunas obras como marcar un gol o ganar unas elecciones. Aún no hemos visto que el astro del balompié se niegue a celebrar el gol (o si lo vimos, allá por los ochenta del siglo pasado, cuando Emilio Butragueño celebró aquella maravilla contra el Cádiz levantando un brazo y agachando la cabeza, como si dijera, si, yo soy el culpable, lo siento mucho). La celebración es un rito tribal y la tristeza una anomalía del individuo. Hay que festejarlo todo cueste lo que cueste. El político celebra también sus victorias con desatado entusiasmo, como si su victoria fuera realmente la victoria de todos los que le han votado. Mucho mejor estar de fiesta que guardar en casa el entusiasmo para una ocasión mejor, sobre todo porque esperando esa ocasión los cartuchos de la alegría se mojan inutilizando la pólvora de la felicidad.

Cuando entramos en la fiesta del euro predominó el entusiasmo sobre la prudencia, la irrefrenable fuerza de la euforia frente a la crueldad del sosiego. Muy pocos se preguntaron cuál era el precio y cuáles los peligros. Grecia, Chipre, Portugal, Italia y España quisieron participar de la fiesta del euro sin pensar que las burbujas del champán presagian la levedad de la embriaguez y la rotundidad de la resaca. Es fácil emborracharse y difícil deshacerse de los efectos de la deshidratación pos-etílica; lo mejor en estos casos es intentar alargar la borrachera para evitar la resaca. Yo lo intento desde hace años. El problema es que las copas hay que pagarlas y el barman no siempre fía, no siempre invita a la última ronda. Entrar en el club del euro, a cualquier precio, parece que ha sido una carrera ineludible en la que se debía correr sin saber muy bien hacia dónde, el caso era sumarse a ese pelotón de alemanes y aprender a correr de ellos, como ellos, contra ellos. La construcción del euro fue una invitación al entusiasmo, si no aceptabas te convertías en el amigo aburrido que no sabe relacionarse en las fiestas, el amigo coñazo que siempre te recuerda que luego hay que recogerlo todo, el que mira desde el rincón juzgando con mirada secreta el cáncer secreto de los demás. El amigo inglés.

Todos pensamos lo mismo: si Chipre lo hubiera sabido, si Portugal lo hubiera sabido, si lo hubiéramos sabido nosotros. Pero la unión monetaria parece un contrato vinculante de por vida, una condena en lugar de un tratado. Deshacer el euro parece más difícil y más catastrófico que mantenerlo, al menos ese parece el mensaje que llega desde Berlín y desde el BCE. Parece impensable llevarle la contraria a Merkel y a Dragi, como si otra Europa no fuera posible, una Europa sin euro, una Europa fría y tradicional, con el entusiasmo sujeto por las riendas de la cordura, con delanteros que no celebran goles y políticos que enmudecen cuando son elegidos.

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