La Bolsa de los dioses

Wall Street vuelve a ascender a los cielos de las estadísticas, esas líneas quebradas de la esquizofrenia bursátil. La bipolaridad de la bolsa nos recuerda que las bondades del capital están sujetas al capricho de la esquizofrenia: la avaricia y la locura barajan las mismas cartas, con idéntica monstruosidad, y reparten sus naipes usados a jugadores habituales. Siempre ganan los mismos: los que juegan.

La bolsa de Nueva York se acerca peligrosamente al máximo histórico que ya alcanzó meses antes del gran estallido, allá por el lejano 2008, lo cual nos lleva a pensar que todo ascenso lleva impreso en su código genético la virulencia de la caída. Si la ascensión es dura, el desplome será catastrófico.

Que no se haya aprendido nada parece ser una consecuencia irrelevante para los asuntos de los hombres: repetimos los mismos errores y nos explicamos mediante Sísifo, así que debemos entender que lo suyo es y será siempre tropezar infinitas veces con la misma piedra, perpetuar el equívoco para perpetuar la especie. La lógica de la bolsa tiene cierto misticismo que coquetea con lo mitológico. Merrill Lynch, Stándar and Poor`s, Dow Jones, Nasdaq, esos son los nombres del nuevo Olimpo.

Pero el relato mitológico siempre guardó grandes distancias con la realidad: en la vida real los héroes carecen de atributos divinos; el poder del héroe en la vida terrenal consiste en administrar su pobreza y su vulnerabilidad con la mayor dignidad posible. Ser un héroe es ser una persona normal, a ser posible honrada, a ser posible carente de todo exceso. Mientras los divinos indicadores de Wall Street ascienden al Olimpo del capital, los mortales vemos alargarse la distancia que media ente el vacío de la cuenta corriente y el día de cobro. Cada vez nos cuesta más llegar a fin de mes, no vemos relación alguna entre la fiesta de la bolsa y nuestro velatorio cotidiano.

Nos han obligado a mirar hacia las américas como si en ese gesto estuviera cifrado todo el entramado que puede explicar nuestra ruina, pero parece que ningún indicador va a venir a salvarnos, parece que la prima de riesgo sólo facilitaba una coartada para ejecutar órdenes de desahucio y primorosos recortes en los estamentos públicos, parece que las cifras sólo pueden disfrutarlas un puñado de dioses que apuestan en el Olimpo de los deseos jugándose un dinero que no tiene dueño.

Esperemos que la recuperación económica sea una cuestión paulatina, que este post esté equivocado (como casi siempre) y el repunte de las bolsas nos traiga finalmente y como una lluvia precisa y esperada los billetes. Los mortales acostumbramos a vivir de lo que les sobra a los dioses; lo que termina por alcanzarnos suelen ser las sobras de un banquete, el descarte de la peor jugada, la limosna de la mano invisible que reparte los excedentes con ecuanimidad y elegancia.

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