El desierto de la ciencia ficción

Muchas películas y novelas que dibujan el futuro coinciden en una idéntica atmósfera: los artefactos tecnológicos conviven con una regresión del paisaje, una desertización de la Tierra. En estas imágenes parece que asistimos a una mezcla entre la Edad de piedra y la era de la información. Todo parece haber alcanzado un punto álgido y haber caído luego, sobreviven los cacharros más sofisticados junto a las primeras ruinas más simbólicas del desarrollo humano; por ejemplo la estatua de la libertad sepultada por la arena de una playa, por ejemplo un rascacielos a medio derrumbar invadido por una creciente maleza ingobernable. La naturaleza se vuelve ingobernable pero aqueja una agonía que la debilita y la convierte no en una trampa, sino en un escenario vacío de sentido. Pienso en Mad Max,  en Tatooine (el Planeta de Luke Skywalker), en Dune.

tatooine1

Parece que el futuro pinta así de paradójico. Aunque los ejemplos que he citado no se desarrollan en la Tierra (excepto Mad Max), resulta sintomático que todos ellos recurran a un mismo paisaje: el desierto. José Ángel Valente escribió unos sugerentes versos que rezan:

Cruzo un desierto y su secreta

desolación sin nombre.

La secreta desolación del desierto y su carencia de nombre nos remite al enigma de habitar un espacio ajeno, hacia el que no podemos sentir apego alguno. La ciencia ficción hace de esta sensación su leitmotiv: no se trata de vaticinar el cuadro del futuro o el del fin del mundo, se trata siempre de encuadrar al hombre en un paisaje extraño, se trata de hacernos cruzar una secreta desolación sin nombre; no es otra cosa la vida.

Con el ejemplo paradigmático de Blade Runner sucede lo mismo; aunque aquí la Tierra se ha convertido en una gigantesca ciudad el símil es idéntico: el hombre está desubicado, el hombre habita un desierto y, por supuesto, su secreta desolación sin nombre. Para la ciencia ficción el futuro es un gigantesco error, una desviación del camino esencial que tampoco se conoce pero se intuye o se cree perdido hace mucho.

Además, en Blade Runner contamos con un problema añadido: los replicantes. El hombre debe enfrentarse a máquinas idénticas a él, máquinas de las que puede enamorarse. La desubicación ya no sólo es física y existencial, la desubicación aquí es afectiva.

Que el futuro tenga representaciones atormentas en el mundo de la cultura (cine, televisión y literatura) no es extraño ni novedoso. Los conflictos son el abono para que la representación de la humanidad florezca, sin conflicto no hay historia. Pero resulta muy curioso que el pasado sea siempre o casi siempre fuente de virtud y el futuro sea fuente de corrupción. La incertidumbre juega con la angustia y todo acontecimiento tamizado por el paso del tiempo queda reducido a la felicidad del recuerdo. Pensamos invariablemente que nos aguarda un futuro incierto, un futuro en el que conviven la tecnología y el apocalipsis por partes iguales, un futuro que cruzaremos como el que cruza un desierto y su secreta desolación sin nombre.

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