Iñaki Urdangarín, Ana Mato y la pirámide de Maslow

Iñaki Urdangarín tenía estatura de yerno perfecto. De planta vasca y nobles aspiraciones olímpicas, todas las madres casaron a sus hijas con aquel sordo que se libró de la mili; a mi me daba verdadera envidia porque yo nunca podría casarme con una princesa o una infanta o algo, yo nunca sería olímpico, nunca miraría con esa mirada directa, altiva, seria, de extraño cansancio, nunca sería admirado; hoy nadie se acuerda de aquella boda entre supuestos guapos que fotografió, como siempre, el HOLA, ese basurero de lo social; una boda que parecía congraciar a monárquicos e indiferentes gracias a las apariencias, gracias a la aparente normalidad que desprendían los novios. Ahora, todo este lío de facturas, fraudes fiscales y empresas fantasmas, nos está descubriendo la estatura real del duque, la belleza real de la Infanta, y la catadura moral de lo que en España está considerado como progreso: el Golf y la Vela. A consolidar el Golf y la Vela dice que ha destinado Urdangarín todos sus esfuerzos ilegales. El argumento del Golf y la Vela viene a juntarse con una especie de llamamiento de empatía a la opinión pública, parece que el duque hiciera un último esfuerzo para volver a conquistar el corazón de todas las madres españolas declarando que la fianza impuesta por el juez le aboca a un injusto empobrecimiento; estoy de acuerdo con él, la cárcel o la fianza no son suficientes, este es el castigo que debería cumplir: levantarse todos los días a las seis de la mañana para trabajar por un salario de 748,30 euros al mes, o sea, comprender qué pasa por la cabeza de los súbditos del reino de su suegro, mezclarse con ellos. El mismo camino debería seguir Ana Mato.

Cuando alguien se gasta más de un millón de pesetas en el cumpleaños de su hijo necesita ayuda de un especialista. Ana Mato debería —como dicen ahora— hacerse mirar lo suyo; la corrupción puede que sea finalmente (y felizmente) una patología susceptible de erradicarse con tratamiento médico. O con terapia. La terapia para la ministra de Sanidad podría ser idéntica a la del duque, esto es, que pase de admirar cómo otros visten a sus hijos, a no poder vestirlos ella misma por tener que trabajar como asistenta del hogar por 645,30 euros al mes. Pagaría una fortuna (la misma que paga el HOLA por la exclusiva de una boda) por las fotos de Ana Mato (con uniforme de chacha) vistiendo a los hijos de algún aristócrata belga, en la siguiente página quitando el polvo a una biblioteca de volúmenes vírgenes, con una pierna ligeramente doblada hacia atrás, mostrando sus encantos atemporales.

En su famosa pirámide, Maslow jerarquiza las necesidades humanas colocando en la cúspide lo que considera que culmina con éxito la personalidad del individuo: la autorrealización. Una vez satisfechas aquellas necesidades que hacen posible la supervivencia, el individuo debe construir un orden de preferencias que termine en un espejo en el que vea su propio rostro coronado por el orgullo y la satisfacción, si ve otra cosa está jodido. La corrupción se acerca cada vez más a un estado patológico, a una enfermedad psiquiátrica que necesita tratamiento. Quizá Ana Mato, Urdangarín, Bárcenas, y esa lista que cada día va engordando, necesiten revisar las prioridades de su vida, quizá nadie les quiso de pequeños, quizá no se quieran ellos a sí mismos y ahí está el problema; cuando uno no se acepta trata de aceptarse a través de las cosas: cumpleaños absurdamente fastuosos, cuentas en Suiza, coches de lujo, palacios cerrados.

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