7ª Sinfonía de Shostakóvich (Leningrado)

A todos nos fascina la segunda guerra mundial porque nos gusta revisar cómo se vestía entonces y cómo se luchaba, sobre todo cómo se luchaba. La segunda guerra mundial es el conflicto más fácil de entender de la historia reciente: buenos contra malos, ingleses contra alemanes, americanos contra japoneses, todos contra los judíos. La segunda guerra mundial es el acontecimiento histórico  más determinante de los últimos setenta años, visto que las guerras del Golfo y las africanas y las de Asia van pasando como un carrusel fantástico, como un espectáculo de fondo; el mundo es un ruido de fondo y la historia es el eco de ese ruido cuando se va apagando. Esa simpleza de la guerra, esa hombría, queda perfectamente explicada en los uniformes bien planchados de los alemanes y en el pretendido descuido en el vestir de los aliados, tal y como nos mostró y nos muestra aún Hollywood. Si apagamos la memoria y la televisión nos quedamos sin guerra y obtenemos el fatídico relato de la verdad, que es un ejercicio de crueldad sin reglas: Hamburgo, Iroshima, Auschwitz, Leningrado. En una guerra el enemigo no existe y se lucha siempre contra el incierto instinto de matar al otro, gana casi siempre el instinto.

W G Sebald dedicó un libro (Historia natural de la destrucción) a explicar cómo los buenos ejercieron también de malos cuando bombardearon innecesariamente, hacia el final de la guerra, algunas ciudades alemanas; el ejemplo más paradigmático: Hamburgo. El desconocido escritor alemán H E Nossack también dedicó un libro (El hundimiento) a pormenorizar los bombardeos de aquella ciudad, que era su ciudad, y en los que perdió gran parte de su producción literaria. Apoteósico final para un manuscrito: ser arrasado por un bombardeo de la USAF. Así, la trastienda de la historia, que es la crueldad de escupir la verdad sin mayor miramiento, nos acerca a lo que somos sin máscaras y con la duda de no saber si queremos saber, de preferir los trajes de Hollywood y las películas de Spilberg o de Kubrick para acercarnos a la guerra antes que la dolorosa verdad. La verdad que Jean Amery, Primo Levi y Kertesz desconfían de poder trasmitir mediante la palabra.

Sin embargo, también hay grandezas escondidas en el corazón del animal herido, también hay voluntad de héroe en el verdugo, no todo es depredación. De entre las innumerables historias ocultas bajo la montaña de las ruinas, rescato la que se vivió en Leningrado: el mayor asedio conocido de la historia, novecientos días en los que Hitler pretendió matar de hambre y frío a la totalidad de la población. El tópico consiste en afirmar que las cifras son escalofriantes, pero lo cierto es que ninguna cifra puede ya asombrarnos. Las cifras nos dejan siempre indiferentes, probemos: entre setecientos mil y dos millones de civiles muertos a causa del hambre y el frío durante los tres años que duró el asedio del ejército alemán. Probemos de nuevo: cincuenta grados bajo cero. Ahora con hechos en lugar de cifras: canibalismo, desaparición del transporte público debido a la falta de combustible, cierre de fábricas, quema de la biblioteca nacional (dos siglos de antigüedad).

La ciudad de Leningrado, el símbolo de la alta cultura rusa, devastada por la maquinaria alemana, y bajo este escenario el hecho insólito: los teatros persisten en su funcionamiento con representaciones cada vez más precarias pero con significativa afluencia de público. Que no puedas comer pero puedas ir al teatro no es una extravagancia, es el signo inequívoco de que todo producto cultural responde, o debe responder, a una necesidad imperiosa y angustiante, la necesidad de explicar el mundo.

También la música. Durante los primeros meses del asedio, Shostakóvich comenzó a escribir la partitura de la que habría de llamarse Sinfonía Leningrado, una obra de dimensiones desproporcionadas —para la que se necesitan ciento nueve músicos y  una hora y cuarto de interpretación— en la que el compositor trata de fijar el sentimiento trágico de responsabilidad heroica frente a la barbarie de la guerra. Su composición se estrena en el año 1942, en Samara, posteriormente en Nueva York. La sinfonía pronto se convierte en un slogan que Stalin explota y trata de enarbolar como banda sonora de la resistencia rusa, mientras, en Leningrado, los habitantes cocinan ratas y caldos con restos de humanos, los casos de canibalismo se multiplican e incluso algún desafortunado es juzgado por practicarlo; al igual que el asedio se recrudece, se recrudece también la represión del alto estamento ruso sobre sus conciudadanos.

En 1943, cuando el asedio cumple dos años y la 7ª Sinfonía de Shostakóvich ha alcanzado ya la categoría de símbolo, un avión ruso sobrevuela el cielo de la ciudad devastada y arroja pequeños montones de papeles anudados con una cuerda: se trata de la partitura de la sinfonía. Cuesta encontrar a ciento nueve músicos que puedan sostener su instrumento e interpretar con algo de dignidad la pieza, pero finalmente se consigue. Mientras la nieve cae, los hambrientos supervivientes del asedio tantean el allegro con cierta grandeza desolada.

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