Escribir

En literatura hay dos grandes clases de escritores: los que escriben como si estuvieran constantemente diciendo “mira qué bueno soy, mira lo que soy capaz de hacer”; y los que escriben como si estuvieran diciendo “mira qué terrible lo que acabo de encontrar”. Los primeros no ven más allá de la frase, la frase lo es todo y sin embargo detrás de la frase no hay nada; la frase es un bonito cenicero lleno de cenizas. Los segundos encuentran en la frase un vehículo de insospechadas resonancias: la frase remite siempre a otra cosa. Para el primer grupo el lector debe ser seducido, el lector es un agente pasivo, que se deja seducir; para el segundo grupo el lector debe completar el hallazgo, el texto sólo sirve si alguien lo interpreta, refrendándolo, impugnándolo, haciéndolo suyo. En el primer caso la autoría está por encima de la obra, en el segundo caso la obra resplandece por encima del nombre del autor; en el primer caso el nombre del autor equivale a la marca de un producto, en el segundo caso el producto escapa a su cosificación: no se trata de un libro, se trata de un relato, se trata de un montón de palabras que construyen algo inconmensurable o grotesco, en todo caso la construcción no está en la elegancia del texto, está en otra parte.

El gran estilo no es aquel que brilla por encima del argumento; al contrario, el gran estilo es aquel que es capaz de iluminar con mayor fuerza lo que se está contando. El gran estilo debe pasar desapercibido pero debe dejar el aliento de su impronta sobre todo el texto. Lo importante no es el adjetivo, lo importante es saber dónde debe ir o cuándo debe desaparecer. De esta forma, Nabovok no pudo escribir Lolita utilizando un registro distinto del utilizado; la sutileza de la escritura nabokoviana no sólo está mediatizada por las aspiraciones estéticas del ruso, está supeditada al discurso de su protagonista, el profesor Humbert; sin esa sutileza toda la estética de la novela se vendría abajo, porque sólo un profesor enfermo de literatura podría evocar, en clave poética, un suceso tan truculento y tan obsceno como el que se narra en el libro. Nabovok deja que su estilo respire por boca del protagonista. El gran estilo de Lolita no es gratuito, Nabokov no parece decirnos “mira qué bueno soy”, parece decirnos “mira qué tipo tan raro es este Humbert”. El estilo de Nabokov, ejemplificado siempre como gran estilo, no avasalla, empatiza, parece construido sobre sucesivos hallazgos que el lector recorriera junto al autor. Conseguir que la lectura de un libro se desarrolle con la misma perplejidad con la que fue escrito debería ser la máxima aspiración de todo buen escritor.

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