Es la información, idiota

Recuerdo que antes del desembarco de la liberalización de las televisiones sólo teníamos dos canales en este país. Tener dos canales de televisión equivale a tener un relato único de lo que pasa, un solo discurso. El relato único nos hacía más terrenales, más comprensibles y menos eclécticos; interpretar el mundo era mucho más fácil.

La explosión económica nos trajo muchas cosas en un dulce desorden, allá por los años noventa, que interpretamos como el signo inequívoco de la prosperidad. Yo no sé si tiendo, cada vez más, a la melancolía, y es por eso que tengo la impresión constante de vivir en un futuro equivocado; lo cierto es que prefiero el relato unívoco de aquellas dos televisiones públicas al relato múltiple de los miles de canales que disfrutamos hoy. No es una cuestión de contenidos, es una cuestión de orientación: antes era mucho más fácil orientarse en el maremágnum de lo político, lo social y lo económico, hoy resulta imposible, sobre todo porque ya no existe un relato único, una voz única que oriente con mayor o menor acierto.

Si algo hemos ganado en esta revolución tecnológica es el derecho a permanecer ajenos a todo mientras todo nos escupe su actualidad o su prosodia. La multiplicación del relato ha conseguido lo que ninguna revolución sangrienta pudo: acabar con la sacralización del discurso único. Desconfiamos de todos los discursos, de todas las opiniones, de todos los argumentos porque ninguno parece erigirse como oficial, ninguno parece verídico, todos gritan al mismo nivel su supuesta verdad.

Todas las sociedades necesitan escribir el relato común de lo que son, y este relato debe conseguir, sin pretenderlo, obtener el mayor acuerdo posible. En cuanto a esto resulta aleccionador el ejemplo de Alemania con su atormentada historia. También resulta aleccionador comprobar cómo en España, en los últimos cien años de historia, no hemos sido capaces de producir un discurso, un relato, que nos explique de forma total, equilibrada, real.

La avalancha informativa excluye a aquellos que no quieren formar parte de lo actual, aquellos que niegan la virtud de contar con cuatro canales autonómicos, una red de tren de alta velocidad o un aeropuerto en cada comunidad autónoma. Pero todo parece responder al mismo principio de multiplicidad enfermiza, todo parece estar invadido por la misma mecánica reproductiva. La cuestión antes era saber si la verdad se encontraba en el relato oficial, hoy consiste en saber cuál es el relato oficial para descubrir luego que tampoco engendra verdad. El acorralamiento es más explícito que nunca.

Decir que uno prefiere el relato único puede parecer conservador, anacrónico y peligrosamente reaccionario, pero es al menos un posicionamiento honesto, un punto de partida para impugnar la desorientación, la falta de anclajes en esta realidad carente de referencias. La información se ha convertido en un mar proceloso que todos debemos navegar, un incuestionable factor de conocimiento, pero lo cierto es que no somos más sabios ni estamos mejor documentados de lo que lo estuvimos allá por los lejanos noventa, cuando todo empezó a estallar por los aires.

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