De lo viejo

Cuando uno tiene algo que no funciona puede optar por dos opciones: tirarlo a la basura y comprar otro nuevo, o arreglarlo si cree que merece la pena. Pasa con los coches, los televisores, los ordenadores, los móviles, las lavadoras, pasa con todo el ejército de aparatos que nos observan impasibles mientras nos matamos o nos aburrimos, que al final tales actividades vienen a reproducir el mismo síntoma. Arreglar significa ser fiel al objeto y comprar significa ser fiel al consumo. Esta ontología de las cosas puede aplicarse también a los problemas a los que se enfrenta hoy la política.

Todos tenemos un amigo con síndrome de Diógenes y otro amigo con síndrome de Oniomanía. Ambos creen que el mundo se puede representar mediante todos los objetos que se fabrican (como el protagonista de la última novela de Houellebecq), pero uno cree en la utilidad de los objetos y otro cree en la utilidad de comprar objetos.

Con el Gobierno de una nación sucede exactamente lo mismo. Hay naciones que creen en lo que ya tienen y naciones que creen que deben siempre comprar cosas nuevas. Cuando algo no funciona, antes de tirarlo a la basura, conviene comprender qué le pasa y, sobre todo, conviene saber si tiene arreglo; acumular cosas inservibles es tan peligroso como tratar de sustituir siempre lo viejo por lo nuevo.

Ante la inoperatividad del Estado muchos creen que lo mejor es aspirar a su desaparición. Bajo este axioma se ataca todo lo que represente una acumulación desmedida de cosas anquilosadas y aparentemente disfuncionales. Se poda, como en un tratamiento de quimioterapia, las células cancerígenas y sus aledaños. Sanidad, educación y justicia, son las carteras más representativas de este proceso: no se trata de hacer que lo que no funciona funcione de forma óptima, se trata de acabar con ello o, al menos, se trata de hacer que lo que antes funcionaba con una gestión exclusivamente pública, pase a manos privadas. Es decir, ir poco a poco desentendiéndose de todo eso, ir poco a poco tirando a la basura las cosas viejas.

Las medidas de los tres ministerios antes citados no apuntan a un ahorro real a medio-largo plazo, apuntan, al contrario, a una fastuosa renovación, a un anhelo de novedad, compulsivo, opíparo, imparable. Antes de arreglar el viejo coche, mucho mejor que el vecino alemán vea cómo nos hemos comprado uno nuevo. Mercedes, claro.

Entiendo que es mucho más fácil eliminar lo público que atacar sus males, porque reformar la administración pública pasa por educar al ciudadano para que la respete tanto como se respeta una empresa privada. Si es verdad que sobran recursos (humanos) debería ser el trabajador el primero en denunciarse a sí mismo: oiga, que estoy aquí sin hacer nada, viendo pasar las horas, y me están pagando con un dinero que es de todos. La reforma del sistema no pasa por su eliminación, pasa por un ejercicio de honestidad a todos los niveles. Hacer que las cosas viejas funcionen debería ser la prioridad no sólo del Gobierno, también de cada uno de nosotros.

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