Gerardo Díaz Ferrán

Vamos entendiendo de qué hablan los liberales cuando hablan de libertad. Díaz Ferrán, el defensor de lo privado, el exrepresentante de los empresarios de este extraño país, pasa la noche en algún calabozo de la capital mientras nos vamos enterando de las cantidades de dinero que escondía en su casa o en la casa de algún amigo, o en la casa de algún pariente. Para Díaz Ferrán el ideal consiste o consistía (los tiempos verbales empiezan a confundirse cuando uno está en la cárcel) en la desaparición paulatina del Estado y lo público. Se entiende que alguien que estafa al resto (no otra cosa es el fraude fiscal) pretenda que los mecanismos que el Estado utiliza para garantizar que se cumpla la ley desaparezcan. A Díaz Ferrán no le gustaban las cosas públicas, ahora todo se entiende mucho mejor. Cuando tienes millones de euros en billetes no declarados lo mejor que te puede pasar es que las fronteras desaparezcan, que desaparezca la hacienda pública y que desaparezcan todos los inspectores. Esta lección que nos da el empresario viene muy al caso mientras se privatiza en la Comunidad de Madrid la Sanidad o la gestión de la Sanidad, o ciertos hospitales, o ciertos centros de salud, o lo que quiera que se vaya a privatizar de aquí a fin de año. La gestión privada es tan peligrosa como la gestión pública. Pero no la pagamos todos, dirán algunos: ese es el problema, que la gestión privada de la sanidad madrileña la seguiremos pagando tú y yo, que somos unos pringaos y no tenemos seguros médicos privados.

El que crea que los ricos no roban puede ir repensando sus principios. Díaz Ferrán es igual de peligroso, o más, que el Lute. Al menos Eleuterio no dejó de pagar sueldos aduciendo la falta de liquidez. Que un tipo que ha representado a los empresarios pueda acabar en la cárcel nos da una idea de qué clase de personas dirigen el cotarro. Llevamos acusando desde hace un año (sí, este blog ha pasado ya del añito de vida: felicidades) la incompetencia de los que ordenan. No es una cuestión ideológica, es una cuestión de competencia, y de ética no ya profesional, sino personal. Díaz Ferrán ejemplifica la insoportable insaciabilidad del ser. Nada es suficiente.

Mientras el personal de la cosa sanitaria pasa noches encerrado en los centros de salud como protesta contra la privatización que viene, mientras los trabajadores de telemadrid funden a negro la emisión de la cadena autonómica, mientras el número de parados no conoce techo, mientras las pensiones de los jubilados quedan congeladas miserablemente, mientras el país —en fin— va quedando reducido a un montón de migas, un tipo esconde su botín fuera de las garras del Estado. Debemos dar las gracias a Díaz Ferrán: el país marcha como marcha por personas como él. La corrupción no es una enfermedad del ámbito político, es una cuestión personal; todos estamos en mayor o menor medida expuestos a la posibilidad de una corrupción, la cuestión es saber cuál es el precio; me encanta volver a recordar que, según la escuela liberal de economía, algo cuesta lo que alguien esté dispuesto a pagar, ley de la oferta y la demanda.

Que todo el mundo tenga clara una cosa: Díaz Ferrán no ha estafado al fisco o al Estado o al Gobierno, Díaz Ferrán te ha estafado a ti, a mí, a todos los que cumplimos con puntualidad en los pagos, en los horarios, en el aburrimiento de la oficina. El fraude fiscal consiste en burlarte de tu vecino antes o después de pedirle un poco de sal.

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