Nuevos inmigrantes

El precio es la medida del deseo. Cuanto más alto es el precio más elevado es el anhelo de conseguir el objeto, la cosa, el estatus. Los objetos más deseados suelen ser los más caros. Todos deseamos caviar y Rolls-Royce, pero casi nadie desea hacer cola en el Mercadona. La simpleza es barata y la sofisticación cara. Esta ley absurda, que nos cosifica y nos domina desde —pongamos— el siglo XVIII, nos ha vuelto a todos estúpidos y nos ha puesto precio. Recuerda que tu vida vale lo que alguien esté dispuesto a pagar (ley de la oferta y la demanda).

El Gobierno pretende cobrar a los inmigrantes una tasa para conseguir el permiso de residencia. La tasa consiste en comprar una vivienda de unos 160.000 euros. De esta forma el ejecutivo de Rajoy mata dos pájaros de un solo tiro: el stock de viviendas y los inmigrantes ilegales. Tenemos un equipo de gobierno extremadamente brillante. Bastaba con colgar la etiquetita que marca el PVP, IVA incluido, para saber qué hacer con este embrollo de las fronteras.

Me pregunto qué clase de inmigrante puede hoy comprarse un piso de 160.000 euros en España. Imagino que la medida está destinada a los nuevos-inmigrantes, esto es, aquellos que no vienen a trabajar a nuestro país y que, por lo tanto, no les hace ninguna falta un permiso de residencia. El final del siglo pasado nos trajo ese nuevo escalón en la jerarquía de las clases: los nuevos ricos; asistimos ahora a la creación de una nueva casta: nuevos inmigrantes.

Que derechos básicos estén en pleno siglo XXI condicionados por el poder adquisitivo nos da una idea de hasta dónde puede llegar la esquizofrenia del mercado, ese pope al que todos miramos con extrañamiento y vaguedad. En esta carrera alocada hacia ninguna parte, dentro de muy poco tiempo no nos extrañará que todo aquello que consideramos gratuito y obtenido por derecho propio, tenga colgado un cartelito con el precio. Por ejemplo votar. Cuando los políticos pongan precio a las urnas, y cobren por depositar un voto, todo habrá terminado.

Los inmigrantes que vinieron en pleno boom no tuvieron las facilidades legales que hoy desarrolla el Gobierno, ¿alguien se imagina qué hubiera sucedido si, en pleno auge del ladrillo, el Gobierno de Zapatero hubiera propuesto una medida similar a la que hoy propone Rajoy?

Pagar por obtener un permiso de residencia es ponerle precio al tránsito de mujeres y hombres que pisan suelo español, pero es, además, prohibir por omisión la estadía de aquellos que no pueden pagar. Desde los círculos liberales se vende constantemente la supremacía de la libertad económica, pero resulta, amigos, que el liberalismo es la tendencia más elegante para ejercer la coacción: si no tienes dinero la libertad económica no sirve de nada.

Aquellos que levantaron colonias de apartamentos para los turistas rusos, alemanes, noruegos, etc. han tenido que volver a su país. Aquellos turistas que compren hoy un apartamento construido con mano de obra ilegal, obtendrán un permiso de residencia. La realidad supera siempre a la ficción.

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Un comentario en “Nuevos inmigrantes

  1. Nos resistimos, nos olvidamos, nos seguimos titulando emigrantes, pero en un momento dado nos llaman a la realidad y nos hacen ver que somos inmigrantes.

    -¿Pero por qué si yo salí emigrante de mi patria y emigrado crucé el mar?

    -Porque desde acá se le ve inmigrante… Hacia allá es usted lo otro, hacia aquí eso.

    -Pero si yo allí soy yo, fulano de tal, que se fue… A lo más alguien de por allá dirá “se fue de emigrante”.

    -Lo que usted quiera… A mí no me embrolle en palabras… Aquí se le ve a usted al revés y por eso es usted un inmigrante.

    Sin tornarlo ni mamarlo es uno inmigrante y figura en las estadísticas de tales caballeros y al fin se va resignando uno, aunque siempre dirá a los demás que es un emigrante y que tal año tomó el camino de la emigración.

    Quizás es más señor, más residencial, más de puertas adentro lo de inmigrante, pero lo romántico es ser emigrante, que quiere decir el que vino porque se fue y no como inmigrante, que parece ser el que se metió dentro y parece que no vino.

    (Ramón Gómez de la Serna, Automoribundia, 1948)

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