El espectáculo del mundo, 23-O

Pasamos gran parte de la niñez comiendo a regañadientes, mientras en el telediario, niños esqueléticos invadidos por moscas gigantescas, agonizaban ante las cámaras. Hemos recibido una educación anestesiante que ha logrado finalmente inmunizarnos frente al dolor ajeno. Nada nos conmueve, la información ha ganado la partida. Etiopía es a nuestra niñez lo que Vietnam a la niñez de aquella generación de norteamericanos: algo que sucede lejos y que tenemos que temer. Etiopía y Vietnam son el reflejo antagónico de nuestro barrio (mira qué suerte tienes de tener lo que tienes), son el palmarés de una educación programada para el hastío. Así, todo aprendizaje no ha sido más que una iniciación a la pavorosa quietud del televisor. Hemos aprendido a entretenernos con los dramas lejanos de las noticias. También hemos aprendido que todo lo malo le pasa siempre a otro.

Ver pasar las cosas, los acontecimientos, la historia, es la mejor forma de esconderse. A los gobernantes les interesa que seamos espectadores y pasemos largas tardes en el aburrimiento de lo que no llega, siempre esperando algo. Ahora bien, empezamos a sospechar que sin público no hay representación, es decir que, de una forma extraña, el observador también fabrica la realidad, es responsable de ella. Somos responsables de aquellos niños que morían de hambre en la Etiopía de los ochenta, o de aquel monje que se quemó a lo bonzo en Saigón, o de los cinco millones y medio de parados que engordan ya las estadísticas.

Quedarse en casa, como nos explicó Rajoy, es la actitud del ciudadano responsable, que aspira a aprender la lección del telediario, donde los violentos son siempre los que no se quedaron en casa viendo las noticias. Ahora que es delito tratar de juntar a más de dos personas para meterle miedo al corpus político, o lanzar desde Internet mensajes y convocatorias, quiero aprovechar este blog (uno de los más visitados del planeta) para animar al lector a que cruce al otro lado del espejo y se encuentre con aquello que lleva observando tanto tiempo. Pelear o correr, en lugar de quedarse quieto mientras la vida pasa como un huracán, o como un leve viento.

Puedes verlo mañana en la prensa u oírlo en el madrugón, por la radio, camino de la oficina, pero entonces admites que todo lo que sucede no es más que un ruido de fondo, un simulacro, una terca representación, otra ceremonia que ha perdido el sentido. Frente a la asepsia del espectador hay que figurar, aunque tengas un papel secundario; en las grandes producciones los extras son imprescindibles para reproducir un efecto de realidad. Hoy, a las 21:00, en el Congreso.

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