Fracaso escolar

La UNESCO hace de vez en cuando informes que fotografían la realidad del Planeta, haciendo retratos de cosas tan dispares y tan fundamentales como la educación, la información, la cultura y la historia. Como sucede en cualquier arte fotográfico, la lente modifica la imagen y, lo que vemos, es siempre una representación deformada por la máquina. Hace unos días los señores de la UNESCO publicaron el informe EPT (Educación para Todos), y España aparece en primer lugar en la modalidad “fracaso escolar”. Somos campeones de Europa en fracaso escolar y paro juvenil. Finlandia aparece como el paradigma (o uno de los paradigmas) a seguir.

La crisis de nuestro sistema educativo no es algo nuevo. Llevamos más reformas educativas que gobiernos democráticos. Para nuestros políticos, la educación es una herramienta de control y no un derecho, de ahí que resulte inalcanzable un consenso mínimo que haga intocables algunos principios.

Un amplio sector de la población culpabiliza al alumnado, creen que el deterioro de la educación gravita en torno a la pérdida de respeto de los alumnos hacia el profesor. Es muy fácil colegir cuál sería la solución en este caso: mayor disciplina. El alumno ha perdido el respeto al profesor porque se le ha dejado demasiada libertad. La libertad es peligrosa. Independientemente de la simpleza de tal diagnóstico, resulta aleccionador comprender en qué sentido se usa el término respeto. El respeto entendido como sinónimo de miedo o de sumisión. Respetar es temer.

Además de este análisis espurio, el énfasis se sitúa siempre en el contenido y la organización de las materias. Nunca en los procedimientos, nunca en el modelo. Oímos “reforma educativa” cuando lo único que se altera es la composición, el orden, el nombre de una estructura que nunca se pone en duda. Se elimina una asignatura o se cambia de nombre o de libro de texto; el procedimiento que utiliza el profesor para enseñar no se ha modificado en los últimos treinta años. Sin embargo, en los últimos treinta años, el mundo, el modelo productivo, las relaciones sociales y las relaciones de poder, se han visto drásticamente alteradas.

Se sigue considerando al alumno como una pieza que ha de encajar y no como un recipiente (único, e irrepetible) que se debe llenar poco a poco y con paciencia. En lugar de buscar el propio interés del alumno, se aspira a un conjunto de saberes que no terminan de cuajar en el intelecto de ningún niño o adolescente; nunca se les preguntó si querían saber quién fue Felipe II o Carlos III, siempre se ha dado por cierta la peligrosa consigna que reza: deben saber esto, lo otro, o lo de más allá. Deben aprender a leer y escribir, deben completar sus títulos académicos, deben trabajar.

Conviene recordar los inicios de la alfabetización: se instruyó al pueblo para que conociera las leyes, no para que fuera más libre, ni más instruido, ni más culto. Se le obligó a que aprendiera cuáles eran las reglas del juego, para legitimar la posibilidad del castigo, para ir atesorando una colección de deberes.

Resulta curioso constatar la doble paradoja: el mal de la educación española radica en la falta de respeto hacia el que aprende, pero además, en la desconexión absoluta entre la escuela y el mundo real. La escuela, las guarderías, la universidad, no están integradas en la vida cotidiana, forman una herramienta de apartamiento y contención para que los padres disfruten de horarios laborales kafkianos. No se trata de educar, se trata de mantener alejados a los pequeños para que sus padres puedan pasar muchas horas en la oficina; no se trata de preparar para el futuro mundo laboral, se trata de meter en la cabeza de los universitarios complejas teorías para dilatar el tiempo de estudio y evitar lo inevitable: la incorporación al trabajo, una incorporación traumática, no ya por el índice de paro, sino por la insalvable distancia entre lo que uno ve en la universidad y lo que uno encuentra luego en la oficina.

Cuando un niño finlandés empieza su jornada lectiva, lo primero que hace es quitarse los zapatos y dejarlos en la entrada, en una zona habilitada a tal efecto.; los niños se mueven descalzos por las aulas, igual que en sus casas. Esta costumbre, que puede parecer prosaica, desvela el espíritu de uno de los sistemas educativos más perfectos del planeta: los niños deben sentirse en la escuela como en su propia casa, la escuela no es algo distinto o ajeno a la realidad del país, o de la familia; la escuela está integrada y forma un todo junto con el resto de ámbitos.

Por todo esto os recomiendo leer el blog http://grupojuegonaturalezasaltamontes.blogspot.com.es/ y plantearos la posibilidad de una educación diferente a la propuesta desde las esferas políticas.

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