Felix Baumgartner, el gran salto

Resulta muy sintomático que el nuevo héroe del Planeta (Felix Baumgartner) nos deslumbre con un salto en caída libre; la humanidad ha pasado del sueño de volar a la pesadilla vertiginosa de una caída infinita. Observando al austríaco en su viaje al fondo de la tierra, he pensado que es mucho más fácil dejarse atrapar por la fuerza de gravedad que tratar de vencerla. Chillida decía que se revelaba contra Newton, este austríaco loco parece que quiere abrazar todo aquello que nos ata, o sea, quiere darle la razón al sistema newtoniano. Hablan de récords de velocidad, yo sólo veo un tipo cayendo a la Tierra.

Mientras la NASA y sus proyectos agonizan, una empresa privada ha tenido que venir a sacarnos del aburrimiento de la prima de riesgo y las hostias de los antidisturbios; al final todo dependerá del capricho de un millonario, así, cualquier avance, cualquier logro, cualquier hito,  no será más que el enmascaramiento de un beneficio privado. Los grandes avances sólo suceden en las cuentas anónimas de Suiza. Red Bull ha patrocinado el salto más grande de la historia, no sabemos aún si lo que persigue la empresa de bebidas energizantes es realizar la campaña publicitaria más espectacular y peligrosa de todos los tiempos, o contribuir a este desconcierto que llamamos historia contemporánea.

La publicidad, esa aberración, nos llevará a conquistar el cosmos; en las sondas que surcan el espacio con información terrícola, deberían haber adjuntado un folleto de Carrefour, o una fotografía de Oliviero Toscani, en lugar de esto. No sabemos hasta dónde podrá llegar el ser humano, pero sí sabemos cómo: con el único fín del beneficio privado y la única herramienta de la publicidad.

La cíada de Félix ha tenido una audiencia audiovisual espectacular, lo cual me lleva a pensar que el mundo entero está deseando ver cómo cae un héroe, o como se forja. Si la llegada del hombre a la Luna significó la culminación de toda una industria tecnológica, basada en los mismos principios que llevaron al hombre a cruzar el Atlántico, la caída del austriaco superando la velocidad del sonido es la culminación de una sociedad que básicamente produce velocidad, le fascina la velocidad y encuentra en la velocidad su ananké, su razón última. Todo debe ser rápido e inútil. La rapidez se ha convertido en un fin y no en una cualidad.

Es extraño ver caer a un hombre; mientras veo las imágenes de Félix aproximándose a la Tierra, pienso en la crisis y los caminos que ha llevado a la humanidad a tratar de volar para luego caer ordenadamente. ¿En qué pensaba el austríaco mientras caía a más de mil kilómetros por hora? Pensaba, según nos dicen los medios de comunicación, que iba a perder el conocimiento. Cuando alguien está a punto de modificar el rumbo de la historia o cuando está a punto de batir algún récord absurdo, piensa en cosas elementales, o se pierde para siempre en la bruma del sueño sin sueños, en la nada eterna.

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