Cristina Cifuentes

La política es esa cosa aburrida, procelosa y extraña, que sucede como telón de fondo, o como fondo inexplicable e inalcanzable, hasta que nos explica y nos alcanza con una carta de despido. Cuando nos despiden siempre miramos hacia los poderes políticos porque echar la culpa a lo intangible es más humano y más resultón: nos gusta golpear en la oscuridad, a fantasmas. La cosa política nunca ha resultado tan ineficaz, tan lejana, tan irritante, como resulta hoy. La política es una realidad ajena a nuestra realidad hasta que nos planta un antidisturbios su porra en nuestra espalda sagrada. Nosotros sólo pasábamos por allí, o estábamos allí gritándole al mundo nuestro enfado, un enfado ontológico.

Sólo sentimos la política mediante sus golpes, nunca mediante sus caricias; la corporeidad de la política consiste en castigar, pero sus escarmientos no los entendemos porque nadie nos ha explicado que el Estado es un padre malcarado que llega siempre cabreado de la oficina; nadie comprende por qué papá llega siempre cabreado de la oficina, por qué papá grita a la mínima. La política es un padre frustrado que no se sabe los nombres de sus numerosos hijos.

También está la madre; cuando la madre tiene que demostrar constantemente que goza de mayor autoridad que el padre, nos hemos quedado sin madre y sin padre: estamos abocados al espectáculo de ver a papá y mamá peleando por ver quién es el que manda. En Madrid, dimitida Esperanza Aguirre y encumbrado Ignacio González, contamos con una madre severa y apenas sexy: Cristina Cifuentes.

La sensualidad de Cristina Cifuentes es peligrosa: no sabemos si su rostro responde al patrón angelical de una niña o al irreductible de una dominadora, quizá todas las niñas aspiran a dominar el mundo. Cristina Cifuentes ha dicho más o menos que (cito del huffingtonpost.es) «la Ley es “muy permisiva y amplía” con el derecho de reunión y manifestación y ha apostado por “modularla” para “racionalizar el uso del espacio público”». Una madre severa. Una apasionada de la disciplina inglesa.

Cristina Cifuentes pretende restringir libertades para que la pataleta de los ciudadanos quede silenciada (ese mismo silencio que tanto alabó nuestro presidente la semana pasada). Lo mejor, para evitar que el niño le joda la tarde a los padres, es encerrarlo en su habitación; el niño es muy molesto y tener hijos debe responder a un principio de confortabilidad: enseñarlo a los amigos, a la familia, ponerle el chupete castrador y aplicarle el método Estivill que es perfecto para ir adentrando al retoño en las responsabilidades de la vida (la primera responsabilidad: no molestar).

La política está abriendo un acantilado entre las tierras inalcanzables de los políticos y el mar de la plebe, un mar que golpea las costas y no logra socavarlas. En esta puesta en escena, el poder resulta una autoridad familiar ausente, como aquel padre que siempre llegaba tarde del trabajo para reñirnos sin saber qué había pasado durante el día. Cuidado, el niño en muy poco tiempo, pasa de infantil puntilloso a adolescente contestatario; los niños temen a sus padres, los adolescentes les odian.

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