La carta del rey

Juan Carlos I representa la corana y su vida debería responder al mismo principio de representación, su vida debería ser un simulacro. Se equivoca el monarca cuando se arroga la clave de la unificación de España: él no fue elegido por todos los españoles, incluso Las Cortes, donde sí está representada la soberanía de este país triste, no contó en el 78 con el consenso de todas las autonomías. Nuestro acuerdo, que se vio corroborado en las urnas, consistía en relegar al monarca a un papel meramente simbólico. El monarca no gobierna, el monarca no puede tomar partido, el monarca debe asentir siempre, con su cabeza coronada, a lo que el pueblo decida. Ser monarca es correr el riesgo de una decapitación.

Nuestro rey nos ha escrito una carta donde apela a grandes ideas, grandes principios, grandes tonterías que no entiende nadie. Para despistar o para darse aires importantes basta con hablar acerca de cosas insustanciales: la unidad, la generosidad, el diálogo, el imperativo ético. Nadie sabe qué son esas cosas que huelen tan bien, o tan mal.

El padre, el entrenador, el maestro, el presidente —y así hasta llegar a la última o primera figura paternal de la jerarquía antropológica— nos tratan de recordar siempre que están por encima de nosotros; no lo hacen por nuestro bien, lo hacen para asegurarse su cuota de poder (qué expresión tan divertida). Cuando el padre nos regaña no está tutelando nuestros pasos, está corroborando su autoridad. El padre siempre regaña para tantear los límites de su reino.

Así, nuestro rey ha escrito una pequeña misiva en su web, sólo para ver quién está de su lado, sólo para tantear las lealtades de sus feudos. La respuesta ha sido la esperada. Para negar la autoridad no es necesario atacarla o enfrentarse a ella, la verdadera negación de la autoridad consiste en deslegitimizar su soberanía, esto es: hacer caso omiso de sus preceptos. No importa lo que diga porque no puede decir nada importante: esta parece la contestación de algunos grupos; otros, directamente, no se dan por aludidos; y por supuesto, otros, refrendan su escrito. El rey siempre tiene vasallos leales.

El rey debería comprender que siendo un símbolo, como es,  no puede acceder a la realidad, no puede modificarla, no puede incidir en ella. Los símbolos ofician desde su legado el magisterio del silencio, los símbolos nos observan desde la quietud de su verdad.

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