Diada

La identidad nacional es la primera inseguridad que debemos sortear para ser realmente libres. Nadie debe sentirse atado a la Tierra porque tarde o temprano volverá a ella. Polvo eres. Este lío de los sueños de separación catalán me recuerda que todas las separaciones son traumáticas. Escribo sin comas para que todo parezca chillable en una manifestación. Escribo eslóganes de manifestaciones imposibles. Catalunya quiere emanciparse. 2 millones de catalanes salieron ayer a la calle para chillarle al mundo su bandera.

Cuando nos fuimos de casa de papá y mamá, papá y mamá lloraron mucho, nos reprocharon algún desorden, nos recordaron que siempre estarían ahí si algún día no teníamos para pagar el alquiler, también, en secreto, apostaban entre ellos cuánto tiempo tardaríamos en volver; la vuelta a casa era el horizonte de sucesos donde papá y mamá se veían de nuevo responsables de nosotros. Porque lo que uno busca cuando se independiza es aprender en qué consiste eso de ser responsable.

Aquí, en pelearocorrer, nos movemos por intuiciones, intuimos que el tema es un tema de pasta, y no de banderas, símbolos, clubs de fútbol o canciones; el problema no es ideológico ni lingüístico, el problema es el canut, esto es, el canutillo donde antiguamente se guardaba el dinero.

Llevamos dos siglos y pico arrastrando la maldición del nacionalismo, esta condena ya aparece en la Biblia y el pueblo elegido es un pueblo que carece de tierra, que vaga a la deriva por los desiertos de lo que hoy conocemos por Oriente medio, los judíos son el arquetipo del nacionalismo en busca de su atadura, de su pedazo de tierra.

La sensación de pertenencia es una metáfora más del desencuentro del hombre con el hombre; no nos importa ganar, nos importa sentir que ganamos o sentir que gana nuestro equipo. La nacionalidad es una escusa más para desplazar la responsabilidad: no soy yo, es mi pueblo; no soy yo, son todos los que ganan por mí. Los catalanes creen tomar las riendas de su destino cuando aspiran a convertirse en nación, la euforia de las calles demuestra que vale cualquier excusa para salir a enarbolar una bandera, el caso es salir.

El caso de Cataluña ejemplifica el fracaso de un modelo: la España de las autonomías, ese experimento que nació de la constitución del 78. La crisis está sirviendo para que todos los males afloren. Frente a la mentira de un Estado para todos (el español) se opone ahora la realidad de un mapa fragmentado por lo único que importa: el dinero. Si al Parlamento catalán le salieran las cuentas en castellano, cambiaría su ley de normalización lingüística. Nos tratan de vender un nacionalismo romántico en el que sólo cuentan las razones sentimentales (de la tierra) para justificar la independencia, o las razones históricas (muy discutibles tanto para el nacionalismo catalán como para el nacionalismo español) para que todo quede muy legítimo.

Ya no se trata de la independencia de Cataluña, ayer no salieron dos millones de catalanes a la calle para reivindicar su autodeterminación: es todo el Estado español el que parece deshacerse, es todo un modelo de relaciones interestatales el que no funciona. Pero que nadie se preocupe, el hijo casi siempre sale de casa para prosperar, para construir su propia vida. Lo que les jode a los padres es que sólo se les visite para que nos planchen la ropa y nos hagan la comida de la semana.

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