Intermitencias 6

Utilidad de los parques

            El parque se va llenando poco a poco de familias. El parque parece un teatro en el que los roles de actores y público no estuvieran definidos: todos son actores, todos son público; van a ver y a ser vistos. Los niños sin embargo entran con miedo, no saben muy bien qué hacer, no saben qué se espera de ellos, si son público o parte activa de la obra; los mas cautos se agarran a las manos de sus padres y no se sueltan, los mas atrevidos corren ya por la mañana, deslumbrados por un Sol alto de Invierno, tomando posición en los columpios, el tobogán, poniendo en orden su territorio. Hay una depredación más antigua que la urbanística de los parques, y que sirve para llenar las mañanas del domingo, siempre iguales, chillonas, con un aburrimiento que es el augurio de una nueva semana.

            La mañana en el parque es de resaca y gafas de sol para el padre, sangre y arena para el niño, que va entendiendo la mecánica brutal de lo social, la salvaje confrontación con el otro, el otro como muro de lo infranqueable, la imposibilidad de encontrarse en el otro, la batalla del yo en la vorágine del nosotros. El padre lleva su periódico bajo el brazo, el niño un juego completo de cubo y pala, rastrillo, moldes. Las madres no están o están ausentes, suspendidas, observando lejanas en la luminosidad de la mañana a poca distancia entre el padre y el hijo como en medio de un paisaje, deslumbradas por el fragor de lo cotidiano, también con gafas de sol, ordenando con la voz alzada pero sin inmiscuirse.

            El domingo es la tregua de la semana donde se ordenan los ejércitos para la guerra del día a día, en esa calma el niño se desenvuelve con furia, como si supiera que el oasis del último día de la semana es en realidad un espejismo, porque luego las mañanas no son de parque y Sol alto, las mañanas son oscuras y ordenadas en el aula de la guardería, las mañanas tienen prisa y frío y bostezos pero nunca Sol, nunca parque, nunca papá y mamá mirándose o andando muy juntos cogidos de la mano.

            El parque es el ágora infantil donde hablan la violencia y el juego. El niño empieza a entender pronto que su espacio es el parque, un espacio que debe conquistar.

            El parque es el espacio limitado al aire libre donde encerramos al niño, porque el niño no es libre en el parque. Niño, bájate de ahí. El parque es una cárcel de Sol para abrasarse de domingo y libertad virtual. Niño, cuidado con la arena. Nos gusta ir al parque porque nos gusta que nos vean en el parque, vamos al parque a vernos cegados por la mañana inútil del domingo, así podemos taparnos los ojos y hacer como que respondemos a la felicidad de los demás con nuestra propia felicidad. El niño entiende esto y se enfada. El niño no quiere ser feliz, quiere luchar. Quiere arrebatarle la pala al otro niño. Quiere sobrevivir y no quemarse con el Sol. El niño no quiere gafas de Sol, quiere pegarse con el deslumbramiento porque el deslumbramiento le enfada, todo le enfada. Vamos al parque porque todos van al parque, si tienes un hijo debes ir al parque.

            Al niño no le gusta compartir y aquí tenemos el primer conflicto. Niño, déjale tu cubo a la niña. El niño no quiere dejar nada porque hay algo que sabe desde el instante de su nacimiento: las cosas han de pertenecerle porque a través de las cosas identifica su yo, él es la suma de las cosas que posee, que toca, que tiene, el niño es un capitalista furibundo que conoce las leyes del mercado sin saber sumar. El mercado manda. El mercado ordena. El niño es la suma de sus cosas. Su yo se deshace si alguien le arrebata algo. Hay que tratar de tenerlo siempre todo. En el parque lo que está en juego es el yo, es la integridad, el territorio. Niño, no le quites el camión a Juan. El niño aprende pronto que la expansión es uno de los principios del poder.

            Al niño basta con nombrarlo con su calificativo genérico, todos los niños son iguales en la contienda educada del parque. El niño no tiene nombre hasta que se hace adulto, responsable, director de un banco o político. Del niño basta con saber que es un niño y nos mira vacío y terrible desde su tiempo que es el tiempo inconsciente que no sabe que pasa. Luego a los niños les crece la estatura y el nombre, ya no es un niño, y mira las fotos de cuando era cani para jactarse de su altura, de lo que ha cambiado. Pero el niño era sublime porque no sabía nada ―ni su nombre― y el adulto no acierta con las teclas del conocimiento, cree saber cuando solo intuye, solo observa esa foto ajada que le devuelve una imagen que no reconoce como suya. Ese no soy yo.

            A través del juego el niño se transforma en demonio, se desdobla: juega a ser otro. A través del niño el juego conoce sus formas más perversas, nombra lo innombrable sin miedo. Dice: te mato. Dice: te odio. Dice: te quiero. Pero no sabe qué es lo que está diciendo, no sabe qué mundos convocan las palabras que está aprendiendo a decir.

            El niño conoce el terreno pero lo tantea para asegurarse de reconocer aquello que cree conocer, quizá porque lo recuerda. Toca el tobogán y acaso parece que piensa en la última tarde que bajó al parque, la última vez que le prohibieron intentar la pirueta. El padre empieza el periódico por el final. El niño termina el reconocimiento del terreno y se sienta en la arena.

            Primero corre por el rectángulo de arena, luego corre hacia los columpios, el tobogán, el barco laberíntico que tiene numerosas entradas y numerosas salidas; un barco que no parte nunca, que siempre espera, con cuerdas que se van deshilachando y nadie repara, un barco que es para el niño un fortín inestable donde no puede caminar solo, siempre hay que llamar a papá y papá apenas cabe entre los hierros cogido de la mano de su hijo, agachado, contorsionando su cuerpo para pasar por una puerta imaginaria o para mirar por una escotilla imaginaria o para virar en un mar imaginario la dirección del velero. El barco puede ser una fragata o un barco pirata o un portaviones o una goleta o un destructor, o puede no ser un barco, todo depende de la inventiva del padre, el niño ―quién lo diría― no atesora ninguna imaginación, repite la imaginación de los adultos, el niño no es puro, es un vacío, la pureza es siempre intencionada, el vacío es siempre un accidente. El niño es un accidente antes de empezar a llenarse de barcos imaginarios y mañanas iguales en los domingos del parque; el Sol siempre alto, siempre deslumbrante, ilumina la estrategia de los padres que llevan a los niños como el que saca al perro para que no se cague en casa. El perro (el niño) se va llenando del vacío dominical como nos llenamos nosotros de cosas innecesarias. Niño, no te eches la arena encima.

            El niño se entretiene con sus cosas poco tiempo, en seguida se deja arrastrar por la marea de los demás niños.

Así como trabajamos convencidos en oficinas agradables, al niño hay que convencerle de la utilidad del parque, de la utilidad del domingo, de la utilidad de los otros; llevamos al niño para que aprenda que hay «otros» niños furiosos y confundidos igual que él, cegados por la luminosidad del domingo igual que él, con heridas en las manos igual que él, sospechosos e inocentes igual que él, silenciosos y perplejos igual que él, abatidos por la menesterosidad de la vida. Igual que él. Todos son iguales y la diferencia es mejor soslayarla, es mejor no ser diferente, no ser el otro.

            El niño pisa la mano de la niña y la mantiene así, sometida, durante unos segundos; la niña mira al niño sin implorar pero interrogándolo; el niño no sabe de la crueldad, pero pisa con insistencia. El niño no sabe de la violencia, pero agrede. El niño es inocente, pero hace daño a la niña. El niño es pequeño y célibe, pero viola la calma de la niña. Los padres se acercan para resolver el conflicto, primero el padre de la niña (presto), luego el padre del niño (sosegado), a medida que se acercan hablan a sus pequeños para no tener que tocarlos. Tocarlos significa interferir. No quieren interferir. Tampoco hace falta: antes de que lleguen el niño ya afloja su presa y corre hacia los columpios. El padre del niño se preocupa por la niña, el padre de la niña le quita importancia. Son niños.

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