Apuntes para un proyecto de novela (1)

El edificio gris, rotundo, acristalado, carente de expresividad, cuadrangular y luminoso incluso los días apagados de poco sol o de lluvia. El edificio idéntico a otros edificios en los que trabajas y a los que te refieres secamente con el sustantivo de «oficina» aunque algunas plantas escondan apartamentos de lujo o lupanares caseros. El edificio sin fisuras que parece desde unas calles más abajo una caja alargada y fabulosa, una caja que escondiera algo monstruoso o algo inocentemente trágico; un asesino o un muerto. El edificio hecho por hombres no da, lo mires por donde lo mires, la medida de un hombre. La entrada del edificio es amplia y luminosa, con espejos que duplican el espacio hasta el infinito, en los que te puedes observar desde todas las perspectivas imaginables. Te gusta que al entrar, mires donde mires, encuentres tu figura. Este equívoco de verte multiplicado te ha fascinado desde pequeño. Siempre te ha gustado observarte por tratar de tener una idea de cómo te ven los otros. Siempre te ha preocupado lo que de ti se pueda pensar. Al fondo de la entrada aguardan los ascensores. Tres, con espejos en su interior que reproducen en miniatura la misma ilusión que la entrada. Los ascensores son la intimidad y la entrada es la vida pública. En los ascensores puedes arreglarte el flequillo y mirar el detalle que la mañana ha desordenado: tu cara. O puedes detenerte en el rostro de tu acompañante. Alguien con corbata, alguien vestido siempre impecablemente. Una mujer, un hombre que se detiene en otra planta. El edificio desde fuera también es un gigantesco espejo que devuelve la imagen de una ciudad rectilínea y acomplejada, una ciudad que solo parece existir en su duplicidad, como si la realidad fuera el reflejo y ya todo estuviera aniquilado en esa línea breve que separa lo cierto de lo ficticio. Lo real de lo reproducido. El edificio por dentro es laberíntico y ordenado, con numerosas indicaciones para desalojarlo en caso de incendio. Los pasillos están cubiertos de mármol, los suelos de moqueta. La gente suele hablar en voz baja y con un registro contenido, como si se tratara de una iglesia; a su modo, la oficina es un edificio de culto con su liturgia y sus horarios, también hay sacerdotes y monaguillos acomplejados. Tú eres ese monaguillo que hoy ha empezado a cuestionarse la naturaleza de la ceremonia. Hoy, por fín, te preguntas si Dios existe. El edificio da fe de ello, pero a ti te cuesta admitir cualquier realidad que venga impuesta por la implacable tenacidad del mundo. Para ti el mundo y el hombre son la misma cosa; el mundo no es nada sin la presencia del hombre, sin los inventos del hombre, sin el orden que se ha construido. El mundo podría ser otro planeta deshabitado y cuando lo piensas así, vacío, te asaltan dos ideas contradictorias: el desasosiego y la calma.

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